El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

UNO

Escribo sobre fútbol por placer. Mientras el deporte más popular del mundo les sigue resultando a muchos un tema superficial o políticamente oscuro (nadie se atrevería a negar que la FIFA es una mafia más), yo sigo encontrando razones fascinantes para explorarlo. Lo que me interesa es aquello que legitima su naturaleza inicial: una pelota (hecha de cualquier material), una cancha (sobre cualquier superficie), un puñado de jugadores (da igual si son improvisados), un árbitro (la figura del mal necesario), y las pasiones que puede suscitar.

Me gusta la capacidad de generar hechos tan repetitivos, pero lo suficientemente gloriosos como para convertirse en memorables. Para el marcador un gol siempre será un gol, pero para un aficionado siempre significará algo más; basta ver el asombroso sistema de recuerdos que se activan cuando este escucha mencionar alguna anotación histórica; y cómo ese hecho puede producir —15, 30, 50 años después— emociones casi exactas a la de ese lejano día.

“En su biografía de Boca Juniors —cuenta el mexicano Juan Villoro en su libro Dios es Redondo— Martín Caparrós escribe con toda naturalidad: ‘En 1933 fuimos segundos’. El hincha de raza se incluye en la historia de su equipo. Caparrós narra algo que pasó hace 24 años antes de su nacimiento, pero que le compete con la intensidad espectral de la tradición  futbolística. Todos los tiempos del equipo son los tiempos del espectador”.

La memoria, en efecto, jamás se subestima; y ese es, precisamente, el factor más importante que los detractores del fútbol suelen olvidar.

 

DOS

No son pocos los intelectuales que desprecian el fútbol al considerarlo una droga social, un juego capaz de dopar a las masas, generar rivalidades y fomentar nacionalismos; y para quienes el término ‘arte’, aplicado a este deporte, resulta incompatible. Pero la realidad no siempre ha sido así. Son muchos los pensadores y artistas que han declarado su pasión por el fútbol. Albert Camus fue uno de ellos.

Antes de saltar a la escritura con obras como El extranjero, La Peste o La Caída, el Nobel de Literatura era portero profesional en el equipo de la Universidad de Argel. “Todo cuanto sé —afirmaba Camus— con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

El filósofo francés, Jean-Paul Sartre, también es parte de la lista. Hincha del París Saint Germain, aseguraba que el fútbol es una metáfora de la vida; por ello sus reflexiones, muchas veces, giran en torno al balompié.

En La Crítica de la Razón Dialéctica (1960), Sartre utilizó el ejemplo del equipo de fútbol para ilustrar su teoría sobre los grupos: “Es ejemplar el caso del fútbol con las relaciones entre los jugadores, esos pequeños grupos estrechos y rigurosos; la indiferenciación del derecho y del deber para cada jugador, así como el juego de las reciprocidades entre jugadores, grupo adverso y espectadores”.

Martin Heidegger, era otro apasionado por este deporte. Su biógrafo, Rüdiger Safranski, cuenta que el filósofo alemán solía ir a la casa de algún vecino del pueblo de Messkirch, cerca de Freiburg, en la Selva Negra alemana, para seguir por televisión los partidos de la Copa Europea. El autor de obras como Ser y tiempo, ¿Para qué poetas? y Arte y espacio, creía que el fútbol era una obra de arte total, en la medida en que el juego y el arte guardan similitudes como la creatividad, la autenticidad y la libertad.

Tanto Camus como Sartre y Heidegger mantienen una imagen profunda y comprometida con el pensamiento del siglo XX, sus representaciones —a menudo solitarias y sombrías— responden a ese patrón introspectivo, pero llegado el momento de gritar un gol, todos ellos lo hacían —no cabe duda— a todo pulmón, como verdaderos hinchas.

 

TRES

En su libro Historias insólitas de mundiales de fútbol, el argentino Luciano Wernicke (Buenos Aires, 1969) recorre cada una de las etapas mundialistas a través de los encuentros más representativos, revelando anécdotas poco habituales de encontrar. Desde el mundial de Uruguay 1930, Wernicke divide las historias bajo pequeñas leyendas. Abro el libro y mi mirada recae sobre la página 164. La historia se titula ‘Borrachines’ y corresponde al mundial de Argentina 1978, cuando los jugadores polacos llegaron a Buenos Aires con equipaje extra: 380 botellas de vodka.

Cuenta Wernicke que el técnico Jacek Gmoch les permitía a sus muchachos beber alcohol y fumar, “siempre dentro de los límites tolerables”. Como la delegación polaca estaba conformada por 35 personas, a cada jugador le correspondió algo más de 10 botellas de vodka para su estadía de un mes en Argentina. Otros que empinaron el codo fueron los escoceses. Según el autor, el personal del hotel de Alta Gracia, Córdoba, donde estuvo concentrada la delegación británica, debió realizar horas extras para recoger la cantidad de botellas vacías de whisky y otras bebidas espirituosas dejadas por los futbolistas al abandonar el lugar.

 

CUATRO

El fútbol es una fuente inagotable de pequeños milagros. Eso lo aprendí de Mijail, con quien cada reflexión futbolística es un laboratorio de sorpresas. A sus 25 años es un archivo viviente de insólitas historias. Ahora mismo me cuenta algunas mientras llenamos el álbum del Mundial Brasil 2014 con el entusiasmo de dos niños que, por primera vez, arman un rompecabezas. Algo que para mí es totalmente nuevo, para él es un ritual desde la infancia.

De pronto salta el nombre de Moacyr Barbosa, el arquero que murió dos veces. Una de las historias más tristes e injustas del fútbol hacia un héroe que —frente a un error decisivo— se convirtió en el enemigo de todo un pueblo. Era el 16 de julio de 1950. El flamante estadio Maracaná, en Río de Janeiro, reunió a 200 mil aficionados (cifra récord en la historia del fútbol) para la final de la Copa del Mundo entre Brasil y Uruguay. Al equipo anfitrión le bastaba apenas un empate para levantar el trofeo. Todo estaba listo para hacer volar globos y cintas verde-amarelo, pero la expectativa se tornó desilusión. A pesar de que Brasil iba ganando (con un gol de Friaça), Uruguay se terminó imponiendo con dos goles que burlaron la habilidad —hasta entonces infalible— de Barbosa. Más de medio siglo después, millones de brasileños recuerdan el partido. Hay hinchadas que, en efecto, no perdonan.

¿Hasta qué punto un hombre tiene la responsabilidad de no fallar?

Desde entonces, el primer portero negro de la selección quedó sepultado para el fútbol de su país. Sin embargo, fue el 8 de abril de 2000 que Barbosa murió por segunda vez. Un derrame cerebral lo sorprendió a los 79 años. Apenas 30 personas se acercaron a velar el ataúd, cubierto por la bandera del desaparecido equipo Ypiranga.

Hoy, 12 de junio de 2014, Brasil es nuevamente el dueño de casa. “Dieciséis mundiales han tenido que pasar para llegar a este día”, dice Mijail mientras pega un cromo de la selección chilena. El Estadio Maracaná será la sede para la gran final de la Copa. ¿Habrán sido suficientes estos 64 años para romper su karma? En ocasiones, revertir la suerte también es cuestión de suerte.  Mijail cierra finalmente el álbum y —con la mirada aún puesta sobre la portada— me pregunta: “¿Será que después de esta Copa, Barbosa logra descansar en paz?”.