La policía halló en su casa fotos de 160 mujeres

El 'asesino durmiente' violaba a sus víctimas

- 01 de julio de 2016 - 00:00

Lonnie Franklin Jr. está en el corredor de la muerte. Se trata de la cuarta condena de este tipo emitida en California.

Asesinos seriales es posible encontrarlos en todas las épocas y dentro de sus macabros procederes. Muchos de ellos tienen una ‘especialidad’, dado que algunos matan a personas enfermas, otros en sus acciones tienen un sesgo racista o de corte religioso; hay los que se enfocan en no dejar evidencias tras asaltos o robos, y también están aquellos cuyas víctimas son mujeres. Entre estos últimos está el caso del ‘Nefasto Dormilón’ o ‘Asesino durmiente’.

Su nombre es Lonnie David Franklin Junior, un recolector de basura nacido el 30 de agosto de 1952 y que fue criado en el sur de Los Ángeles, su ciudad natal. En 1975 fue dado de baja del Ejército norteamericano; posteriormente se casó con una nativa de Belice y es padre de dos hijos. También se desempeñó como mecánico de la Policía californiana.

La comunidad reacciona

En la década del ochenta se cometieron algunos asesinatos de mujeres en Los Ángeles, California, por lo que la comunidad reaccionó al integrar lo que se llamó la ‘Coalición Negra’ para defenderse del o los presuntos asesinos. Una de las tareas en las que se enfocaron fue la de ejercer presión sobre la Policía local para que integre un grupo élite, a fin de que atrape al responsable de estas muertes violentas y que legalmente se reconozca a estos crímenes como de asesino en serie, para que las penas sean las mayores en su aplicación.

También establecieron una recompensa monetaria para favorecer las denuncias. El modo de actuar en cada caso determinó fehacientemente que se trataba de un mismo asesino, al que inicialmente se lo conoció como el “criminal de Southside”, justamente en el barrio de nacimiento de Franklin, pero ninguna detención importante pudo concretarse.

Un aviso, cero resultados

Una de las primeras víctimas de Franklin Junior fue Debra Jackson, de 29 años, asesinada el 10 de agosto de 1985. Corría 1987, cuando una llamada anónima movilizó a un cuerpo policial, porque se reportó que un hombre había arrojado un cuerpo desde una camioneta azul con blanco.

Los policías hallaron el cadáver de una mujer que fue identificada como Bárbara Ware, de 23 años, y que vivía de lo que ganaba como prostituta. La camioneta fue localizada después y los agentes verificaron que las placas tenían como propietaria una iglesia local. Cerca de este lugar se encontró el automotor.

En ese año se cometieron otros dos crímenes de mujeres: Bernita Sparks y Mary Lowe, de 26 años. Estos casos casi pasaron al olvido, pero un año después -en 1988- hubo una nueva alerta similar en Los Ángeles: las muertes violentas de Lachrica Jefferson, de 22 años, y Alicia Alexander, de 18. Las indagaciones no lograron arresto alguno. Después de ello sobrevino un largo silencio. El asesino contuvo su acción y los casos se refugiaron en los archivos.

El despertar del instinto asesino

Luego de 13 años, Franklin volvió a sus andanzas criminales con el mismo patrón de conducta: violaba a sus víctimas y después las abandonaba en callejones y basureros de Los Ángeles. Una de las más jóvenes asesinadas fue Princess Berthomieux, de 15 años. Por la para de crímenes se lo llamó el ‘Grimm Sleeper’ traducido como el ‘Nefasto Dormilón’ o el ‘Nefasto Durmiente’.

Así, desde el 2002, comenzó Franklin una nueva ronda delictiva de homicidios que se frenaron aparentemente en 2007, aunque existe la presunción de que estos continuaron hasta julio de 2010 cuando fue arrestado en un operativo policial en su vivienda.

Detención de asesino

La Policía descubrió que guardaba unas cajas con los tesoros y recuerdos de sus macabros asesinatos: fotos de todas sus víctimas. Había 160 mujeres retratadas, y solo fueron localizados los cuerpos de una decena de ellas. Una vez que se detuvo a Franklin Jr. era imposible vincularlo con las víctimas hasta que se logró ligar su ADN con el que fue hallado en las múltiples escenas de los crímenes.

El detective Dennis Kilcoyne decidió acudir a las prisiones de Los Ángeles y recoger saliva de los reos para ver si alguno era familiar del asesino desconocido. Esta técnica ofreció un resultado sorprendente. Christopher John Franklin, un preso de 31 años, dio positivo. Era demasiado joven para ser el asesino, pero una vez que estudiaron su árbol genealógico dieron con Franklin Jr., un hombre negro de 50 o 60 años. El principal sospechoso resultó ser el padre de Franklin.

De su basura rescataron un trozo de pizza, de la que obtuvieron una ínfima muestra de saliva. El análisis de ADN fue positivo. Un exfiscal, Steve Cooley, declaró que la técnica que se utilizó para comparar las muestras de ADN fue usada por primera vez en este caso de manera exitosa y sentó un precedente en las indagaciones criminales.

Una mujer, que fue atacada por el ‘asesino durmiente’, de raza negra, logró salvarse. Ella, Enietra Washington, fue testigo principal en el juicio contra Franklin Jr., que pese a las pruebas se declaró inocente de los cargos.

Culpable y condenado a muerte

El veredicto del jurado fue declararlo culpable de haber asesinado en Los Ángeles a 10 mujeres y un varón entre 1985 y 2007, cuyos cuerpos fueron hallados en carreteras, basureros y sitios abandonados.

El jurado mantuvo una decisión unánime de condena tras cinco horas de deliberaciones en un tribunal de Los Ángeles. Esto no provocó la menor reacción del acusado, aunque los familiares de las víctimas suspiraron aliviados. Sin embargo, durante el juicio ligaron al criminal con otros 5 asesinatos y los investigadores creen que es responsable de la muerte de 25 mujeres, quienes en su mayoría eran adictas a las drogas o trabajaban como prostitutas, a las que les disparaba o estrangulaba y, en algunos casos, mezcló su modo de operar.

La Policía de California especula que Thomas Steele, quien recibió un disparo fatal en 1987, era amigo del ‘Nefasto durmiente’, o que descubrió la identidad de quien a la postre fue su verdugo. Es posible que el asesino serial tuviera un lugar exclusivo para sus rituales macabros con sus víctimas. (I)

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