El secuestro de Julia Chediak contado por ella misma

- 08 de enero de 2019 - 13:06
Foto: John Guevara / El Telégrafo

Julia Chediak tenía 8 años cuando fue secuestrada. En diciembre de 2018, a los 17 años, habló sobre esa experiencia a la periodista Carla Maldonado, de EL TELÉGRAFO. El 22 de enero de 2019 dará una conferencia en el Forum del Paseo San Francisco, de Cumbayá, en Quito.

“Siempre he sido muy abierta, no tengo miedo del tema. Creo que parte de mi recuperación es hablar sobre mi secuestro, que fue del 11 al 20 de enero de 2010. Si no fuera así, no lo hubiera superado. Los que me escuchan pueden aprender algo de esta dura experiencia.

Yo tenía ocho años. Llegaba a mi casa en un bus del colegio y vivía en un condominio de siete casas. Ese día, el guardia me llamó y me dijo que tenía unos papeles de mi mamá. Allí me tapó la boca y me metió al baño de la guardianía. Yo no entendía bien ni sabía que era un secuestro.

Me contó que las FARC estaban en mi casa, tenían a mi familia y que me querían como rehén. Él se ofreció a  ayudarme, me metió a un basurero grande y luego nos subimos a un carro. En el trayecto, me dijo que las FARC ya fueron a la casa de mis abuelos. Llegamos a un terreno, seco, con una quebrada. Allí me contó que debía esconderme por unos días y yo creí que me protegía.

Pero me advirtió que le obedeciera en todo, sacó una pistola y me amenazó: “si no obedeces, te mato”, dijo. Eso me confundió. ¿Por qué si me ayudaba tenía un arma apuntando a mi cabeza?

Caminamos hacia la quebrada y nos detuvimos en un árbol, que tenía una mochila colgada. Yo me extrañé, pensé que si no debía estar allí, ¿por qué había una mochila que me esperaba? No entendía, pero tampoco me atrevía a preguntar mucho.

En la mochila había tres latas de atún, jugo y un par de esposas. El secuestrador me sentó en el piso, me esposó los tobillos al árbol y se fue.

En ese sitio me quedé los primeros tres días y uno de mis miedos era que lloviera, subiera el río y me ahogara porque no podía moverme. Intentaba no llorar porque mi situación era muy extrema. Tenía que sobrevivir y no gastar energía ni el agua de mi cuerpo.

La segunda noche de mi secuestro, me acabé el jugo y me puse a llorar porque creía que me iba a morir. También pensé que el secuestrador no volvería. Intenté cortar las esposas con unas tijeras del colegio, pero no funcionó. Mientras más las movía más se ajustaban. Grité, pero nadie me escuchaba.

El tercer día quise dormir mucho para que el tiempo pasara rápido. Soñaba y me parecía mejor que la realidad.

El secuestrador regresó y me trajo agua y un poco de comida. Me quitó las esposas y cruzamos el río de la quebrada. Él siempre estaba con su pistola, me amenazaba y decía que debía caminar más rápido.   

Me explicó que debíamos cambiar de lugares porque me buscaban. Llegamos a otra parte del bosque, más seca, y esa noche se quedó conmigo y me puso las esposas.

Mi secuestrador, que se iba de día y volvía en las noches, tenía miedo de que yo escapara. Pero no pensé nunca en esa posibilidad porque habría sido fatal para mí. Yo estaba a punto de desnutrirme y deshidratarme porque no había comido mucho ni tomado agua.

El quinto día me desesperé con las esposas y las dañé. El secuestrador se dio cuenta y su única solución fue coger un palo grande, juntar mis brazos y piernas y acostarme en el suelo. Quedé crucificada y no podía moverme para nada. Si me picaba algo no podía ni rascarme la pierna. Me dolían los brazos y todo el cuerpo.

Eso fue lo peor, lo más fuerte que me había pasado durante el secuestro. Tuve que contener mucho la calma e intenté dormir. Me dije a mi misma que si me desesperaba no podría hacer nada.

De nuevo, nos cambiamos de lugar y llegamos a una cascada, con agua sucia y llena de botellas plásticas. Yo contaba los días que pasaban y ya no creía en el cuento de las FARC. El secuestrador me dijo que hablaría con mis padres por teléfono y me advirtió lo que debía decirles: que estaba enferma, desnutrida, con dolor del cuerpo, vómito y a punto de morir. Todo eso era verdad. Si yo no les contaba eso a mis padres, él me mataba y otra vez me puso la pistola en la sien.

Hablé con mi mamá y ella me preguntó cómo se llamaba mi profesor de piano. Le contesté que era Jeff, pero le decíamos Mister Tweed. En ese rato el secuestrador me arranchó el teléfono, no me hizo nada, pero me gritó porque dije algo que no estaba  planificado. Yo me quedé un poco angustiada porque hablé de mi profesor, pero mi mamá esperaba esa respuesta. Para ella eso significaba que había hablado conmigo y no con otra niña.

Pasaron los días, el secuestrador me dijo que mi mamá estaba enferma e internada en el hospital. Lloré un montón, pensé que era por mi culpa y el estrés de mi secuestro. Creí que ella se podía morir, sin embargo, era una mentira de él.

Yo estaba muy débil, ya no tenía energía, ni podía caminar tan rápido y me dolía todo el cuerpo. Entré en un estado de supervivencia, me dormía mucho, pero no profundamente porque quería estar lista para correr.

En los últimos días de mi secuestro empeoré. Yo me debilitaba más y él lanzó mi mochila porque yo ya no podía cargarla en mi espalda. Conversaba con el secuestrador, me hacía preguntas pero yo no quise decirle mucho sobre mi familia. Él también me hablaba de su esposa e hijos.

El día que cumplí 11 días de secuestrada me dijo que me iba a reunir con mi familia. Me emocioné mucho y lloré, quería ver a mis papás. Tuvimos que subir todas las quebradas que bajamos, pero yo tenía dificultades porque no podía caminar tanto ni rápido.

Llegamos a un terreno baldío, con tubos de construcción, y ya empezaba a caer la noche. El secuestrador me metió en uno de esos tubos, me ató las manos y los pies.

Me quedé acostada, lista para dormir y escuché que me llamaban Julia, Julia... yo no sabía si era él o no. Me di cuenta de que no era su voz y contesté. Llegaron integrantes del Grupo de Intervención y Rescate (GIR), de la Unidad Antisecuestros y Extorsión (Unase) y del Grupo de Operaciones Especiales de la Policía (GOE).

Me rescataron, pero no estaban con mis papás. No recuerdo que haya estado en un auto y que me llevaran junto a mi familia. Me emocioné mucho cuando los vi. Me trasladaron al hospital y le dije a mi madre que debía perdonarme porque me mordí las uñas durante el secuestro.

Mis papás me contaron que estaba en shock y que tenía los ojos cerrados. También me dijeron que parecía dormida, pero no era así. No me reintegré al colegio de inmediato, seguí terapia física diaria e iba al psicólogo. Tampoco podía moverme y comía con las manos.

Quise contar sobre mi secuestro porque me ayuda a curarme de esa experiencia. Si no hablas se acumulan todas esas emociones, no sales del trauma y te consumes.

Por eso, soy abierta a conversar sobre este tema. Tal vez, esto podría ayudar a otras personas en casos de secuestro. Aunque estos no son iguales, pero sí están en una situación difícil, mi experiencia puede servir de algo. Yo transformé esa vivencia muy  negativa en positiva.

Tuve una oportunidad, ahora valoro todo lo que está a mi alrededor. Crecí como ser humano y decidí dejar el trauma atrás. Hoy pienso que la libertad y estar en mi casa con mi familia son lo más importante de mi vida. Eso es la libertad porque si estás atada al árbol o crucificada entiendes el significado de esa palabra. Si no hubiera sido secuestrada, no valoraría todo esto que tengo.

Tuve que ir a psicólogos y sufrí de estrés postraumático. El sonido de las ruedas del basurero se quedó grabado en la cabeza. Pero ser abierta me ayuda mucho; si no converso con los demás y no hago público mi secuestro, eso sigue siendo solo mío. Si deja de ser un secreto significa que ya superé ese episodio. Fue muy difícil y largo, pero estoy orgullosa de mí.

Hace unos años, incluso le dije a mi mamá que perdono a mi secuestrador y a sus cómplices. Ellos me quitaron mucho, me hicieron sufrir a mí y a mi familia, y me dejaron traumas. Pero perdonar a los secuestradores es decirles: aquí se acaba lo tuyo, yo sigo adelante”. (I)

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