Reparar “las ventanas rotas”, una teoría con enfoque antidelictivo

29 de mayo de 2013 - 00:00

¿Es el crimen el resultado inevitable del desorden? ¿Puede un simple cambio de actitud, por ejemplo entre el aseo y el desaseo, influir de manera directa en el comportamiento delictivo de una sociedad? Algunos sociólogos piensan que sí y para ello ponen como ejemplo la teoría de “las ventanas rotas”, de la cual hay un amplio debate entre especialistas.

Aunque la teoría como tal la presentaron James Q. Wilson y George L. Kelling en los años 90, fue en 1969 que Phillip Zimbardo, de la Universidad de Stanford, realizó un experimento de psicología social.

Dejó dos autos idénticos, de la misma marca, modelo y color, abandonados en la calle. Uno en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York, y otro en Palo Alto, zona rica y tranquila de California.

Dos carros abandonados, dos barrios con poblaciones muy diferentes y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente.

DATOS

George L. Kelling y Catherine Coles escribieron en 1996 el libro de criminología y sociología urbana “Arreglando Ventanas Rotas”, que habla acerca del crimen y las estrategias para contenerlo o eliminarlo de vecindarios urbanos.

Una buena
estrategia para prevenir el vandalismo, dicen los autores del libro, es arreglar los problemas cuando aún son pequeños, evitando que el deterioro siga en aumento.

En los buses urbanos es común encontrar a chicos con marcadores listos para rayar y dejar su “sello” de “yo estuve aquí”, afectando la imagen de un servicio público. Cuando alguien frena esa intencionalidad y  no permite que se raye el asiento, recién reaccionan otros. Un ejemplo de cómo la acción de una persona puede conllevar reacciones posteriores de gente que quiere, pero no se atreve a actuar.
A los pocos minutos el auto del Bronx comenzó a ser vandalizado, se robaron  lo que servía y destruyeron el resto. El de Palo Alto, intacto. Sin embargo, la suerte cambió cuando los investigadores le rompieron una ventana. Quizá era la señal que los ciudadanos de Palo Alto esperaban, porque se desató el mismo proceso que en el primero: robo, violencia y vandalismo.

¿Por qué un vidrio roto en el coche del barrio supuestamente seguro desata un proceso delictivo?

La conclusión es clara: un auto con una ventana rota que permanece sin atención a nadie importa y, por tanto, se lo puede saquear. Lo mismo ocurre con todas las cosas (su casa, su ciudad, su vida) en el día a día. Es evidente, entonces, que el problema no es la pobreza, sino que tiene que ver con la psicología humana y con las relaciones sociales.

Bajo esa premisa y estudios posteriores, James Wilson y George L. Kelling desarrollaron la teoría de “las ventanas rotas”, que desde un punto de vista criminológico concluye que el delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores.

Si se rompe el vidrio de una ventana de un edificio y nadie lo repara, pronto estarán rotos  los demás. Si una comunidad exhibe signos de deterioro y esto parece no importar a nadie, entonces allí se generará el delito, porque “un vidrio roto” transmite una idea de deterioro, desinterés, que va rompiendo los códigos de convivencia. Es como una sensación de ausencia de ley, de normas, de reglas...

Si se cometen pequeñas faltas (estacionar en lugar prohibido, exceso de velocidad o no respetar la luz roja) y  no son sancionadas, entonces comenzarán faltas mayores y luego delitos cada vez más graves.

Igual ocurre con los parques, buses, negocios y hasta los domicilios. Pruebe dejar una bolsa de basura abandonada fuera de su casa y pronto aparecerán más, la convertirán en urinario o en rincón de vagos. Y luego reparar eso será difícil.

Un ejemplo de eso se vivió a mediados de la década del 80 en el Metro de Nueva York, en aquellos años el sitio más inseguro de EE.UU. Se comenzó de lo pequeño a lo más grande: grafitis, suciedad, ebriedad, evasiones del pago de pasajes, pequeños robos y desórdenes. Los resultados fueron evidentes,  convirtiendo a este en un lugar inseguro.

En los 90, el alcalde Rudolph Giuliani impulsó una teoría de tolerancia cero. Hizo que la Policía fuera más estricta con las evasiones de pasaje, detuvo a los que bebían y orinaban en la vía pública. Las tasas de crímenes, menores y mayores, se redujeron, y siguieron así durante los siguientes 10 años.

La estrategia consistía en crear comunidades limpias y ordenadas, no permitiendo transgresiones a la ley y a las normas de convivencia urbana. El resultado práctico fue una enorme reducción de todos los índices criminales en Nueva York.

Cabe aclarar que la expresión “tolerancia cero” si bien podría sonar a una solución autoritaria y represiva, su concepto principal radica en la prevención y promoción de condiciones sociales de seguridad. No se trata de linchar al delincuente.

Claro está, hay quienes criticaron esa teoría realizando comparaciones y encontrando que el impacto de estas políticas no era consistente entre diferentes tipos de crímenes. Sin embargo, en el día a día la teoría de “las ventanas rotas” deja una lección simple: repare las cosas a tiempo y evitará más daños.

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