Indisciplina, el resultado de una noche de control sanitario en el centro de Quito

- 10 de julio de 2020 - 14:32
El Telégrafo/Lautaro Andrade

La empinada y larga calle estaba vacía. El silencio era rotundo, a excepción del ruido que producía el motor de un patrullero. El frío en el exterior congelaba los huesos. Dos hombres, calentados por beber guanchaca, caminaban juntos por la angosta vereda. Uno llevaba un sombrero de fiesta, rojo con rayas blancas, que ponía color en el ambiente gris. El otro, con saco verde y gorra blanca, le seguía el paso, mientras agarraba fuertemente una botella camuflada dentro de una funda de papel. Ambos sin mascarilla. Ambos sancionados por la Policía.

Las titilantes luces roja y azul se estrellaron contra las paredes blancas, en el barrio de La Marín, en el centro de Quito. De golpe, las puertas del patrullero se abrieron y bajó la capitana Andrea de la Torre, una mujer de baja estatura, pero fuerte voz. Atrás venían dos motorizados que cercaron a la pareja de libadores. “¡Están sin mascarilla!”, fue lo primero que dijo la oficial. La botella se evidenció por la sospechas que generó el dulce aliento a licor de uno de los hombres. Cuando los policías se dieron cuenta del envase de vidrio, su propietario, rápido de manos, la dejó caer. El líquido se esparció en el pavimento y el olor a caña de azúcar empezó a rodear el entorno, a traspasar las mascarillas de los agentes del orden.

Desde que el Ecuador entró en estado de excepción por la emergencia sanitaria, las autoridades de control de la capital realizan operativos diarios para verificar que se cumplan las disposiciones sanitarias emitidas por el Comité de Operaciones de Emergencia y las ordenanzas dictaminadas por el Municipio de Quito. Estas diligencias se efectúan en todos los distritos de la ciudad y a diferentes horas del día.

A las 19:45 del jueves 9 de julio de 2020 se ejecutó un operativo interinstitucional preventivo y de control en la Zona Manuela Saenz, que comprende el centro de Quito y llega hasta Lomas de Puengasí, en el oriente de la urbe. La Policía Nacional, la Agencia Metropolitana de Tránsito (AMT) y la Agencia Metropolitana de Control (AMC) se unieron para trabajar coordinadamente y sancionar a los que pusieran a la seguridad comunitaria en segundo plano.

La caravana de instituciones de control, encabezada por cuatro motos, y seguida por dos patrulleros y dos camionetas municipales; recorría distintos sectores del distrito. De La Marín subieron a San Juan y luego a Toctiuco.

La consigna era clara. Las autoridades debían recorrer las estrechas calles del casco colonial, alumbrado por las luces de las iglesias, para encontrar personas que no portaran correctamente las  mascarillas de bioseguridad. La multa por este incumplimiento es de 100 dólares en primera instancia, 200 dólares si se reincide y detención en la tercera.

En un operativo de este tipo, las circunstancias cambian. Inicia con una  búsqueda de rostros descubiertos y termina con el hallazgo de libadores, microtraficantes y apuñalados. Es parte de la vida nocturna que, pese a estar prohibida por el toque de queda, no todos respetan.

Los hombres de la guanchaca recibieron una notificación que les otorga un plazo de hasta 10 días para acercarse a la oficina de la AMC, en el centro, y justificar su falta. Si argumentan que no tienen dinero para cancelar la infracción se dispondrá que realicen trabajo comunitario.

La campaña del Gobierno Nacional para crear conciencia de los peligros del covid-19 no causa su efecto en todos los ciudadanos. Indisciplinados caminan por la calle, sin proteger su cara, y se enojan al ser enfrentados por las autoridades.

-“No estamos robando”, decía una joven de tez morena, saco blanco, cola de caballo y una niña de 4 años en sus brazos.

-“No es por eso señora, no está utilizando la mascarilla”, le explicaba la Policía. Una funcionaria de la AMC le comentaba sobre el riesgo de estar sin mascarilla, tanto para ellos como para su hija pequeña. Mientras tanto, la niña tosía, ojalá, por el frío.

Llegaron las 21:00 y el toque de queda entró en vigencia. Ya no había excusa para estar en la vía pública. Al parecer eso no era comprendido por dos jóvenes, uno de 22 y una de 17, que pretendían ir a la tienda. La capitana de la Torre los envió, con firmeza, de regreso a su hogar, bajo la amenaza de una multa y peores consecuencias por la minoría de edad de la chica.

Panaderías, tiendas de abarrotes, mecánicas y licorerías mantenían sus puertas abiertas. Sus clientes, sorprendidos por las citaciones, se molestaban con la presencia policial. Siempre alegaron excusas, pocas veces se aceptó el error.

El Centro Histórico de Quito es una de las zonas con más contagios por coronavirus en la capital. Los efectivos de las instituciones de control ponen en riesgo su salud en cada patrullaje. En ellos no falta el gel desinfectante o alcohol para las manos. Quienes son encontrados en las calles también llevan alcohol, pero el de otro estilo; el que quita el frío y crea sonrisas.

A los libadores de Toctiuco los atraparon sentados fuera de sus viviendas, a la intemperie y en la helada acera. Otros golpeando insistentemente las ventanas de licorerías “cerradas” para conseguir una botella. Algunos reclamaron que la delincuencia y las drogas se tomaron el barrio, antes de cuestionar la falta de respaldo de la Policía, de la que no perciben seguridad. Quedará la duda si sus palabras tienen algo de verdad, o es la excusa para defenderse contra las notificaciones por beber en vía pública, no usar mascarilla y estar fuera de casa en toque de queda.

A las 23:00 la noche se hace más espesa, el frío no perdona y las multas rebasan la libreta de anotaciones. 38 procesos, entre citaciones, sanciones  y actos de inicio por incumplimiento de las normas; durante casi cinco horas de control.

El operativo finalizó y los abrazos entre los participantes quedaron postergados por el virus. El choque de codos se replicó entre los asistentes, que luego de una foto culminaron su extenuante jornada.

El sueño y el hambre se hicieron presentes. En medio de una desolada calle, amarilla por la mortecina luz del alumbrado, la noche acaba para unos; mientras inicia para otros. La capitana de la Torre emprende un largo viaje de ida y vuelta hacia el norte de Quito. Las 06:00, hora del fin de su turno, está todavía distante. (I)

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