Poder, dinero y muerte, la lógica de la violencia en las cárceles

- 10 de agosto de 2020 - 00:00
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Archivo / EL TELÉGRAFO

“La crueldad es esencial para conservar el poder”. Lo dice Roberto Saviano, el periodista italiano que se ha metido en las entrañas del narcotráfico para entenderlo y escribir sobre él.

La crueldad es natural en el mundo de las drogas, a toda escala y en cualquier lugar. Para comprobarlo, no hace falta ir a México, Venezuela o Colombia. Es suficiente con mirar lo que ocurre en las cárceles ecuatorianas para entender que las dimensiones de este perverso negocio son inimaginables.

La crueldad es necesaria para ejercer el poder, y ese poder es el que pretende poner límites y reglas a los miembros de la banda y a sus contrarios. De ahí se entienden porqué a mediados del año pasado, un hombre fue acribillado, decapitado, arrastrado y lanzado desde el tercer piso de la prisión al patio, para que los presos jugaran fútbol con su cabeza.

Ocurrió en la cárcel de varones de Guayaquil y el asesinado fue el “Cubano” o William Humberto Poveda Salazar, líder de la banda de “Los Cubanos”. Ese tipo de crimen es, en sí mismo, un mensaje que envían sus asesinos: “el poder, ahora, está en nuestras manos”.

Para tener poder no basta con producir la droga, es indispensable controlar los territorios y las rutas por donde sale la mercancía. Ello también explica, en gran medida, las matanzas en las cárceles, porque se trata de una disputa de territorios. El control adentro implica protección, porque tienen sus grupos armados, dispuestos a todo por mantener el control.

La Policía Nacional tiene identificadas a las bandas, los líderes y los cárteles a los que se presume pertenecen. De un lado, estaría el cártel del Golfo, representado por los Lagartos, que es una banda delictiva conformada por los famosos Gorras y Los Cubanos.

Del otro lado, estaría el cártel de Sinaloa, personificado por Los Choneros. Estos dos grupos se enfrentan y provocan esas muertes que espeluznan al país.

2005 es el año de partida. Los Cubanos tenían el control de las cárceles bajo el liderazgo de los hermanos Poveda Salazar, el más conocido es el “Cubano”, cuya cabeza, como ya se dijo, rodó por un patio de la Penitenciaría de Guayaquil. Antes que el “Cubano” fueron asesinados sus dos hermanos: Metralla y Caimán, en 2009 y 2012.

Del lado de Los Choneros, aunque más que Choneros, se presume que eran miembros del cártel de Sinaloa, están Telmo Castro y Óscar Caranqui.

Ambos asesinados en prisión, el primero en Guayaquil y el segundo en Portoviejo. Es curioso. La Policía los detiene, el sistema de justicia les envía a la cárcel y ellos se matan.

A Telmo Castro lo encontraron desnudo y amarrado sobre un enorme charco de sangre en su celda, en la cárcel Regional de Guayaquil; recibió 15 puñaladas, era diciembre de 2019. El “Capi”, como le decían porque fue miembro del Ejército, transportaba la droga de Colombia hacia México, pero pasaba por Ecuador. Lo hizo cuando estaba en servicio activo, y después, también.

Óscar Caranqui era un mega narcotraficante hasta 2004 cuando recibió dos condenas por tráfico de drogas y una por el ser el autor intelectual del asesinato de la secretaria de una jueza; se dice que el sicario falló, el blanco era la jueza que llevaba su caso.

Del expenal García Moreno pasó a la cárcel de máxima seguridad en Portoviejo, allí escribió ‘La Roca, cementerio de hombres vivos’, un libro que se supone contenía denuncias contra políticos de alto rango en el Gobierno.

El 30 de enero de 2013 fue decomisado el libro de la imprenta, por orden de una jueza; cinco meses después, Caranqui fue asesinado a tiros en el patio de la cárcel que supuestamente era la más segura del Ecuador.

Dos bajas sensibles para el siniestro cártel de Sinaloa, pero no ha significado el fin. Se presume que también es parte de este negocio ilegal el famoso “Rasquiña”, quien para sorpresa de muchos, salió de prisión hace pocos días, luego de que un juez redujera su condena de 20 años a ocho, y de que una jueza le diera prelibertad por cumplir el 95 por ciento de la pena.

Rasquiña es ahora el líder de Los Choneros, fue despedido de prisión con aplausos y gritos de apoyo por sus fanáticos privados de libertad, como si se tratara de un héroe, sin embargo, la Policía lo tiene identificado como un peligroso delincuente. Un dato importante: el Cubano entregó información a la Policía para detener a Rasquiña; hoy, el Cubano está muerto y Rasquiña está libre.

Y en esta red, también muy cercano a Los Choneros, estuvo el Pablo Escobar ecuatoriano: Édison Prado Álava, detenido en Colombia y extraditado a Estados Unidos por llevar un aproximado de 250 toneladas de cocaína a ese país, por la ruta del Pacífico.

El último enfrentamiento entre Los Choneros y Lagartos ocurrió este lunes 3 de agosto pasado, en la centro de varones de Guayaquil. Once presos, integrantes de los Lagartos, murieron a tiros, dos de ellos, además, fueron quemados para que no faltara la dosis de crueldad.

Los Choneros se proclamaron victoriosos, y dadas las muertes desde 2006, se puede considerar que ahora son los únicos jefes de las prisiones ecuatorianas. Desde allí controlan el tráfico de drogas, el negocio del que solo se sale muerto.

Las mafias procuran contactos con la política

Los brutales crímenes y las detenciones no terminan aquí. El narcotráfico llena muy rápido los espacios y su negocio sigue y escala. Una enorme preocupación para el Gobierno y la Policía es la capacidad de hacer conexiones con la política, porque ello les significa protección.

Gustavo Duncan, en el libro “Más que plata y plomo”, dice que “el valor agregado de la droga se origina no solo en la producción de la droga como una empresa económica, sino en la producción de poder como una empresa política, y la forma como se produce poder para proteger el capital de quienes producen drogas”.

El narcotráfico compra jueces, fiscales, policías, militares, gobiernos. Para infiltrar y tener poder dentro del Estado aplica su fórmula exitosa: corrupción, intimidación y violencia. Primero, intenta comprar al funcionario, sino da resultados, lo intimida, es decir, lo amenaza, le provoca miedo; y si fallan las dos anteriores, usa la violencia.

En resumen: por las buenas, se recibe una suma de dinero; por las malas, plomo. Así, el narcotráfico garantiza la producción, procesamiento, rutas, distribución y venta de las drogas.

La violencia en las cárceles tiene más hilo para tejer, porque el narcotráfico no lo es todo. También están las mafias de la corrupción con fuertes vínculos políticos capaces de controlar jueces y fiscales.

Un ejemplo evidente son los diálogos que ayer empezaron a circular sobre una conversación entre Shy Dahan, uno de los israelíes que se presume tuvo negocios con Jacobo Bucaram sobre insumos médicos, nada más y nada menos que con el expresidente Abdalá Bucaram y con el propio Jacobo. Días antes, Abdalá Bucaram decía que era un perseguido político, qué él y su familia eran víctimas de un estado terrorista.

Lo más aterrador de este caso, es que Dahan fue asesinado la madrugada del sábado en su celda de la Penitenciaría, días después de la conversación. ¿Cómo se explica su muerte? Sheinman Orem, también un ciudadano israelí que se presume es parte del negocio ilegal de los insumos médicos y que estaba detenido con Dahan, está hospitalizado por tener varios cortes en su cuerpo.

Un negocio multimillonario

Con este panorama, es evidente que no se trata de que el gobierno, este o cualquier gobierno, no intervengan lo suficiente o evada el control de las cárceles.

Se trata de entender que, sobre todo, el narcotráfico tiene un poder que puede superar al Estado, porque es multimillonario, transnacional, maneja armas y compra a la gente, y sobre esto último, se sirve de los más pobres.

Es la segunda economía criminal del planeta después de la falsificación y según la organización Global Financial Integrity (GFI), representa unos 650 000 millones de dólares al año, una cifra tan grande que significa unas 19,1 veces el presupuesto general del Estado ecuatoriano.

Suena a consuelo, pero la situación de Ecuador no es única en la región ni la más grave, tanto no es, si se compara con sus vecinos y si se asimila que las Américas están consideradas como la región más violenta del mundo.

Aquí suceden el 37% de los homicidios intencionales, a pesar de que solo representa el 8% de la población. Parecería que las Américas están en guerra permanente y no es así, se trata del crimen organizado, en cuya cabeza está el narcotráfico.

En toda la región hay un incremento de la violencia, precisamente por la presión que ejercen las economías ilegales.

Sin embargo, Ecuador está entre los países menos violentos con 6.7 homicidios intencionales por cada cien mil habitantes, a pesar de que se ubica entre Colombia y Perú, dos mega productores de droga y con cifras mayores sobre crímenes: los cafeteros tienen una estadística de 25 muertes violentas por cada cien mil habitantes, mientras que Perú, 8.6, según la revista de análisis Insithe Crime.

Sin embargo, no es suficiente, porque la brutalidad de la violencia sorprende y atemoriza a la población. La inseguridad siempre figura entre los temas de mayor preocupación de los ecuatorianos, no obstante, este problema no se resolverá con más policías y armas.

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