Segarrita fue  un compañero incondicional para todos

- 26 de marzo de 2019 - 14:27
En el Cotopaxi, Efraín le dijo a Diego Pallero, fotógrafo: “Mijo déjame ver cómo se ve el volcán en la noche”.
Foto: cortesía de Diego Pallero

Lo conocí en 2006 cuando trabajaba como reportera de la sección Quito en diario El Comercio. A mis coberturas había ido en trole, en taxi o en bus, pero esa vez debía hacer un tema de la inseguridad en El Panecillo, en la noche, y por eso me asignaron el transporte de la empresa. Me dijeron: “Te toca con el señor Efraín Segarra, pero le puedes decir Segarrita”. 

Bajé y me esperaba con una sonrisa amplia. Me abrió la puerta de la camioneta como todo un caballero y nos fuimos. En el camino, desde San Bartolo hasta El Panecillo, conversamos. Era muy amable y respetuoso.

Me hablaba orgulloso de sus hijos: Patricio y Christian. Mientras estuvimos atascados en el tránsito me mostró sus fotos y me contó que el menor también quería ser periodista. 

Yo los vi y le dije: “Qué guapos sus hijos, señor Segarrita”. Él me miró muy contento. Se podía sentir que era un excelente padre. También hablamos del periodismo.

Le dije que ese oficio nos elige desde niños, que es una vocación, que es peligroso, pues tenía que ir todo el tiempo a las calles, pero es algo hermoso sentir que se revelan verdades y que se ayuda a la sociedad.

En ese tiempo, no sabíamos ni medíamos los verdaderos peligros de esta profesión. Tampoco los riesgos que viviría el propio Segarrita.

Recuerdo, hoy más que nunca, esa cobertura porque ahí lo conocí. Al llegar a nuestro destino, nos estacionamos y se bajó conmigo. Me acompañó a cada casa, a la UPC, y a todas las tiendas en las que entraba para buscar a ciudadanos que me contaran las necesidades de ese sector.

Le decía que se vaya porque mi papá iba a recogerme, pero él no me dejó sola ni un instante. Caminaba a mi lado, como cuidándome. Me dio mucha confianza y desde ahí le tomé un montón de cariño.

Seguramente, el día que los secuestraron, él también se bajó de su camioneta para cuidar a Paúl y a Javier mientras hacían su trabajo. No me cabe duda de que en los momentos más duros, él les habrá dado su apoyo como siempre lo hacía.

Era un señor culto que conversaba de todos los temas, era muy feliz y amaba su trabajo. Desde ahí, por 4 años, compartimos varios recorridos.

Aún después de que salí de El Comercio lo seguí viendo. Mi esposo, Vicente Costales, es fotógrafo de ese diario y era muy cercano a él. De hecho, Segarrita nos ayudó en la mudanza de casa en 2016.

Nuestro hijo, de 8 años, lo recuerda muy bien, ya que en varias ocasiones acompañó al papá. Por eso, ahora, mi pequeño lo nombra en sus oraciones de cada noche. Los nombra a los 3.

Mi esposo me contó que Segarrita, además, era un hombre sensible que al recordar su infancia o alguna pena de su vida lloraba. Era una persona transparente. Siempre tenía anécdotas para amenizar los trayectos. Cuando tomaba confianza hablaba de los errores y aciertos de su vida personal.

Las veces que yo iba a recoger a Vicente, de las oficinas de la redacción norte, Segarrita no me saludaba de lejos. Él se bajaba de su camioneta y se acercaba a mi auto con mucha dulzura para saludar como se debe, con beso y abrazo.

En las noches, o en los viajes, cuando mi esposo no estaba y me decía que le habían asignado a Segarrita, yo podía dormir tranquila. Sabía que estaba con un excelente conductor que, además, nos apreciaba.

Al leer algunas de sus semblanzas, me doy cuenta que Segarrita era así, él quería a todos quienes lo rodeaban y siempre los protegía. Los compañeros periodistas y  fotógrafos eran como sus hijos.

Segarrita ya estaba en trámites para su jubilación. A él le esperaba una vejez tranquila, junto a sus gatos, pero no fue así.  Estoy segura de que, después del infierno que vivió los últimos días de su vida, está feliz al ver que salió en todas las portadas de los periódicos. También que una parada del Corredor Central Norte, tal vez, lleve su nombre... Que su labor trascendió, finalmente, y que no murió en vano.

Aunque nunca leeremos la nota que Javier preparaba, con su secuestro y asesinato nos contaron la verdad de lo que ocurre en la frontera con Colombia.

Ellos revelaron uno de los problemas más grandes de la historia moderna del Ecuador. Estas noches antes de dormir pienso en los 3 que nos faltan, en Segarrita, y en que nunca más escucharemos su voz, ni sentiremos su amabilidad, ni nos contagiaremos de su sonrisa.

Nos queda solamente su recuerdo. (I)

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