Publicidad
El anfiteatro guarda historias de dolor, tragedia y abandono
La morgue es de esos lugares tétricos. Y visitarla no es muy placentero, dice Jorge Zambrano, uno de los encargados del anfiteatro del Hospital Luis Vernaza. Durante las 24 horas del día los cuerpos entran y salen en camillas. El sitio cuenta con 8 cámaras frigoríficas.
Al recorrer los pasillos del hospital se pueden escuchar historias de dolor y tragedia. Cerca del lugar se puede percibir un olor a formol.
En los mesones descansan cuerpos inertes cubiertos por sábanas. En el sitio permanecen muy ordenados los expedientes con información documentada de los fallecidos.
Zambrano cuenta que desde el momento en que la persona fallece hasta que llega al anfiteatro se realiza un proceso. “Aquí se registra el historial médico de los difuntos. En el lugar no se realizan necropsias porque casi siempre se sabe la causa de la muerte del paciente. La autopsia es necesaria cuando se desea saber las causas del fallecimiento, solicitud que hacen las autoridades cuando la muerte es violenta”.
Las autopsias se realizan en el Departamento de Medicina Legal y Ciencias Forenses, que está ubicado junto al puente Portete, al suroeste de la ciudad.
Los cuerpos de los pacientes que fallecen en el hospital son retirados por los familiares a las pocas horas del deceso, luego de realizar los trámites legales.
Pero han existido casos, dice Zambrano, de cadáveres que han ingresado a la morgue sin una identificación. “Nunca se ha presentado un caso en el que nadie haya reclamado al difunto. Lo máximo que ha estado un cadáver sin ser retirado son 10 días”.
En el anfiteatro del hospital un cuerpo puede permanecer 30 días. Si ninguna persona lo reclama es declarado como “NN” y trasladado a centros forenses con sus respectivas fichas para ser comparadas con los perfiles de personas desaparecidas.
Si el difunto no coincide con ningún registro, el cuerpo pasa a ser propiedad del Estado y, por tanto, donado a centros de estudios médicos para que los estudiantes realicen sus prácticas profesionales.
Los pacientes que han fallecido en este hospital son ingresados a estas lúgubres instalaciones.
José Rosales aguarda en una banca cerca del anfiteatro; su papá ha fallecido y está a la espera de que lo trasladen al sitio.
Cuenta, con mucha tristeza, que su padre ingresó al hospital a mediados de febrero y que el cáncer de páncreas lo mató.
“Ahora solo espero que me entreguen el cuerpo para llevármelo”. (I)