Juan Pablo II afianzó la fe guayaquileña

01 de mayo de 2011 00:00

El 31 de enero de 1985 fue un día de intenso sol, pero a Mónica Alvarado eso no le interesaba. Tenía un propósito y lo cumpliría a pesar de las inclemencias del clima. Con 19 años a cuestas podía soportar sin problemas el calor, el hambre, el cansancio y la larga espera. Se encontraba en la que hoy se denomina Av. Rodolfo Baquerizo Nazur, en la ciudadela La Alborada, en el norte de la ciudad,  en compañía de compañeros de la universidad, vestidos todos de blanco. Aguardó por cerca de 5 horas y al final, de lejos, logró ver la solemne figura de Juan Pablo II.

En varios puntos de la ciudad, donde estuvo de visita, miles de personas se congregaron para recibirlo. Se trataba de Karol  Wojtyla, el “Papa Peregrino”, el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica desde 1978 hasta el 2005 y que hoy será declarado Beato por Benedicto XVI.

El padre Paulino Toral, actual director de la Casa de la Vida, era el párroco de la iglesia Nuestra Señora de la Alborada. Este fue el segundo lugar que el Santo Padre visitó mientras estuvo en Guayaquil.

Según recuerda, aquel año se conmemoraban dos milenios del nacimiento de María, la madre de Jesús, y escoger a la iglesia de La Alborada como uno de los puntos de visita de Juan Pablo II era un hecho cargado de simbolismo.
“Era un Papa muy mariano, admirador de María Santísima... Y ella representa el amanecer en la vida de la Iglesia, por haber traído la luz de Jesucristo al mundo”, explica el padre Paulino.

Menciona que tanto las autoridades locales como los comités encargados de la organización del evento colaboraron para que todo se desarrollara de forma eficiente. “En esa parroquia se realizó un encuentro con la juventud, con un discurso dirigido a ellos, al que acudieron masivamente más de 120 mil personas”.

Y una de esas jóvenes era Mónica Alvarado. Hoy, esta madre de familia de 45 años, rememora emocionada: "Daba la impresión de ser un hombre muy carismático, que atraía multitudes. Además, nunca antes un papa había visitado el país. Era un hecho único".

Al respecto, el sacerdote Toral recuerda que esa fue una gran motivación que generó entusiasmo y cuyos efectos trascendieron con el pasar de los meses y años: “Su visita motivó a muchos a adherirse y fortalecer la fe católica. Inclusive muchos de los que se habían alejado, volvieron”.

Con ese criterio coincide el teólogo Ángel Aldaz Manzaba, graduado en la Universidad Cristiana Latinoamericana y pastor evangélico con 27 años de experiencia, quien afirma que el Papa Juan Pablo II dejó un mensaje de apego a las buenas costumbres en los más jóvenes.

Para él, la trascendencia de la visita del Papa a nuestro país hace 26 años deja un legado importante desde el punto de vista ético y social en la religión católica, más aún en estas épocas donde -según sus palabras- “mundo, demonio y carne dominan al hombre y lo mantienen preso del pecado”.

El obispo auxiliar de Guayaquil, Guido Minda, opina que su herencia va más allá; que llega, incluso, a influenciar en algunos jóvenes vocaciones religiosas que se despertaron por aquella época. De hecho, el sacerdote reconoce que tiene varios amigos a los que la visita de Juan Pablo II inspiró para llevar una vida de servicio a su religión y a su comunidad.

El crecimiento y apogeo de grupos apostólicos de catequesis y animación en diferentes parroquias, así como la cercanía de las familias a la Iglesia Católica, de acuerdo con el  padre Minda, son frutos de la visita del Papa a la ciudad.

Según dice, las características de viajero, políglota y gran personalidad de este Vicario de Cristo -que permaneció en el pontificado por 26 años, uno de los periodos más extensos de la historia de la religión- determinó un crecimiento de la fe cristiana.

Y algo de esto recuerda Mónica, con gran impresión: “Cuando estuvo aquí y se dirigió a la gente, lo hizo en un español muy claro. A todos nos sorprendió que supiera nuestro idioma también”. Ella misma reconoce la influencia de Juan Pablo II en su vida, pues ahora se dedica a catequizar jóvenes y enseñar el evangelio, en parte por el ejemplo del Papa.

Sin embargo, este inicial crecimiento de la fe, a raíz de su visita, se vio detenido en los últimos tiempos por escándalos en los que han estado involucrados miembros de la Iglesia Católica.

Si bien son hechos criticables, el teólogo Ángel Aldaz afirma que cada persona es responsable de sus actos y que no se puede inculpar a otros por actos ajenos. Al respecto, Monseñor Roberto Pazmiño destaca el pedido de perdón que realizó el Papa Juan Pablo II por todos los pecados pasados y presentes de la Iglesia en el año 2000.

“Es un hombre que tuvo la suficiente humildad para reconocer los errores y saber disculparse por ellos. Deja como ejemplo la importancia de saber pedir perdón”, expresa el padre Pazmiño.

Al referirse a temas delicados, como los delitos de pedofilia en los que se ha involucrado el actual Pontificado de Joseph Ratzinger, quien ejerció funciones de Cardenal en el periodo de Juan Pablo II, el padre Paulino Toral afirma que “la prensa ha magnificado el tema”, ya pecados de ese tipo e incluso peores -asegura- se han cometido desde siempre.

“Actualmente existe una crisis de fe en la Iglesia Católica”, sostiene el padre Toral; no obstante afirma que cuando se trata de cristianos con una verdadera convicción, las personas se mantienen en su fe.

El Obispo Auxiliar, Guido Minda, sostiene que estos hechos pueden haber sido de influencia para que varias religiones como la evangélica, los Testigos de Jehová, entre otras, aprovecharan para captar fieles que, de alguna manera, se sienten defraudados de la creencia católica.

Sin embargo, hechos similares han ocurrido también dentro de tendencias evangélicas. Minda, por su parte, afirma que definitivamente a la tarea de la Iglesia le hacen falta manos. “Está desbordada”, sostiene y recalca que son necesarias más ordenes sacerdotales para atender a toda la comunidad católica, que en varios casos se siente descuidada, lo que la empuja a migrar hacia otras doctrinas.

El padre Minda resalta que la beatificación de Juan Pablo II ayuda a reavivar las creencias y la fe, pues vuelve permanente en el tiempo a un personaje importante, concretando un mayor deseo de participación en la vida de la Iglesia en todos los fieles.

De su parte, el padre Paulino destaca el corto tiempo en el que se llevó a cabo la beatificación del “Papa Viajero”, como también se lo conocía. Explica que el paso previo fue su declaración como “Siervo de Dios” y que la palabra “beato” significa que la Iglesia reconoce que “su alma está en el cielo, gozando de la presencia del Señor”. Sin embargo, esto no significa ni lo convierte en santo, pues para alcanzar ese nivel será necesario un nuevo milagro que se analice desde el Vaticano y que no debe tener explicación de parte de la ciencia.

Toral indica que el desde hoy Beato Juan Pablo II puede permanecer en esa condición, sin llegar necesariamente a ser santo, según las normas de la Iglesia Católica.

Monseñor Roberto Pazmiño destaca otro de los que a su criterio es un importante legado de Juan Pablo II para el mundo. “La intervención del Santo Padre y sus denuncias constantes fueron vitales  en la desintegración de la Unión Soviética”.

El director de la Casa de la Vida, que se especializa en brindar apoyo a jóvenes embarazadas, recalca que el trabajo de Juan Pablo II por la familia y por el rescate de la moral fue también muy significativo.

“Encíclicas como Veritatis Splendor, Familiaris Consorcio y varios documentos sobre el sacerdocio, son un vivo testimonio de su trabajo”, explica el padre Paulino.

El Obispo Minda espera que el mensaje de “comunión y entrega sin temor a Jesucristo”, que dejó Juan Pablo II, reviva hoy con su beatificación y sirva de motivación para futuras consagraciones a la vida cristiana, como vocaciones a la vida sacerdotal o religiosa.

“De lo que conozco, en las provincias de Loja e Imbabura existe un crecimiento sostenido de jóvenes que ofrecen su vida y se deciden a seguir los caminos de Dios”, indica.

El teólogo Ángel Aldaz, en cambio, afirma que aunque a los ojos de la Iglesia Católica se trata de un evento muy importante, este “carece de relevancia y no tiene cabida a nivel bíblico, pues Jesucristo abrió la oportunidad a todos los cristianos de alcanzar la santidad”.

En palabras del Padre Paulino Toral la “fe, esperanza y amor son necesarios para la purificación del espíritu”... y esa es una de las enseñanzas de Juan Pablo II, que Mónica intenta poner en practica en sus encuentros con los jóvenes, teniendo siempre en mente la figura de quien la inspiró a seguir ese camino de solidaridad con el prójimo.

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