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Intelectuales de Guayaquil (I Parte)

30 de octubre de 2012 00:00

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El nacimiento del siglo XX significó para las principales ciudades del país (Quito y Guayaquil) el advenimiento de cambios materiales que incidieron en la subjetividad de sus habitantes. La bonanza económica que experimentó el país durante el “segundo boom cacaotero” (1880-1920), propició la aparición de diversos espacios letrados (revistas, periódicos, clubes literarios, ateneos, bibliotecas públicas). Aquí se cimentó una modernidad cultural que se concretó en los gestos, discursos y ejecutorias de artistas e intelectuales que veían en Europa el modelo a seguir.

Fue el tiempo de los modernistas, “artistas” en todo el sentido de la palabra, quienes escandalizaron a una sociedad envuelta en la mojigatería, con su culto a la bohemia y los “paraísos artificiales”. Estos incomprendidos actores de la primera modernidad han sido estigmatizados por una crítica que no siempre revisó las fuentes y se dejó llevar por los prejuicios. Fueron llamados, de manera imprecisa, “raros”, “morfinómanos”, “decapitados”, “malditos”, sin entender el rol social que jugaron en el proceso de urbanización y modernización de las ciudades latinoamericanas.

Los modernistas fueron, sin duda, los primeros inconformes de una modernidad capitalista que empezaba a mostrar sus desigualdades sociales. En el caso de los guayaquileños, particularmente de Medardo Ángel Silva, se evidencia las contradicciones que vive el intelectual en su adaptación a la sociedad capitalista, con la tensión que implica la aceptación o negación de sus valores (antivalores, muchos de ellos, para su particular sensibilidad).

Nada más alejado de la realidad pensar que los modernistas se encerraron en “torres de marfil” y de allí no salieron. Por el contrario, publicaron libros, crearon revistas ilustradas, participaron en informales talleres literarios y abrieron espacios de crítica, debate y creación intelectual, pioneros en la historia de la literatura ecuatoriana. Por ello, hay que estudiar y comprender mejor a los modernistas. Además de fundar la literatura y el arte modernos, fueron los primeros en reflexionar sobre el ser urbano, con sus poemas, relatos y crónicas.

El legado de los modernistas va más allá de los poemas de la “generación decapitada”. Se inscribe en la subjetividad colectiva de varias generaciones que, aún hoy, identifican a Medardo Ángel Silva, abanderado de este movimiento literario, como el poeta más representativo y popular de este país. Y es que la difusión de la lírica modernista en las letras de los pasillos contribuyó, indudablemente, al afianzamiento de este referente cultural.

En la década del veinte, junto al auge de la poesía modernista y el pasillo ecuatoriano, constatamos la presencia de dos tipos de intelectuales en Guayaquil, quienes movilizarán el pensamiento sociocultural del puerto: los liberales modernizantes, donde destacan publicistas y fotógrafos, proclives al imaginario de “ciudad moderna” que se construye en las guías, álbumes y almanaques publicados por instituciones de Guayaquil como el Municipio, la Sociedad Filantrópica del Guayas y la prensa. Frente a ellos, aparece un grupo de artistas, historiadores, cronistas y folcloristas que hacen representaciones nostálgicas del “Guayaquil colonial” como tradición inventada y estrategia de recuperación del legado español, a través del criollismo.

A esta última vertiente de tradicionistas pertenece el artista español José María Roura Oxandaberro, quien publicó una serie de plumillas bajo el título de Del Guayaquil romántico (1927 y organizó exposiciones de “arte vernacular” con la Sociedad de Amigos del Arte, órgano bajo su dirección. También están Modesto Chávez Franco con su libro Crónicas del Guayaquil antiguo y Gabriel Pino Roca con Leyendas, tradiciones y páginas de historia de Guayaquil, ambos publicados en 1930. Estos títulos promueven un imaginario de pasado que se inscribe en el horizonte ideológico de la “guayaquileñidad”, entendida como la versión ensalzadora de la historia, la cultura y la identidad guayaquileñas que realizan las elites, donde el papel de Guayaquil en la formación de la nación ecuatoriana aparece magnificado.

Asimismo, sectores intelectuales y empresariales de Guayaquil reivindicaron, en los veinte, el ancestro español, a través del criollismo y la recuperación de la “fiesta de la raza”, convirtiendo al montubio en el símbolo central de la identidad costeña. En 1926, el folclorista Rodrigo Chávez González (Rodrigo de Triana) consiguió el apoyo de la Federación de Ganaderos del Guayas para organizar la “Fiesta del Montubio”, celebración que coincidió con el aniversario del descubrimiento de América.

En esos actos intervinieron campesinos de haciendas cercanas a Guayaquil, quienes realizaron curiosos “shows” para los urbanos, como el reto, la doma y el caracoleo. Se celebró afirmativamente lo costeño frente al “otro” (serrano), en un triple sentido de contraste y distanciamiento: regional, étnico y cultural. Esta atmósfera cultural de referentes locales se avivó por un discurso regionalista que se exacerbó a partir de la Revolución Juliana (1925), cuando los sectores agro exportadores del puerto se sintieron afectados por las medidas sociales que implementaron los gobiernos “julianos”.

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