El 12 de septiembre de 1859, el presidente Castilla dio un ultimátum al Ecuador y ordenó el bloqueo naval a Guayaquil

Cuando los peruanos ocuparon Guayaquil

- 04 de mayo de 2014 - 00:00

El 12 de septiembre de 1859, el presidente Castilla dio un ultimátum al Ecuador y ordenó el bloqueo naval a Guayaquil

En 1859 se produjo un incidente con Perú por la explotación de tierras amazónicas que los peruanos reclamaban como suyas. El presidente en funciones, general Francisco Robles, conocido como ‘el Gemelo’, pidió al Congreso facultades extraordinarias que le fueron negadas.

En el gobierno del liberal José María Urbina (1851-1856), el sector terrateniente serrano se vio golpeado por algunas decisiones de inspiración popular que afectaron las relaciones entre los grupos regionales de poder: la manumisión de los esclavos (1852) y la abolición del tributo indígena (1857).

En 1859 se produjo un incidente con Perú por la explotación de tierras amazónicas que los peruanos reclamaban como suyas. El presidente en funciones, general Francisco Robles, conocido como ‘el Gemelo’, pidió al Congreso facultades extraordinarias que le fueron negadas. Pasó a Guayaquil para instalar su gobierno, pero le sorprendieron las maniobras de sus opositores: el 1º de mayo de 1859 se nombró en Quito un triunvirato conformado por Gabriel García Moreno, Jerónimo Carrión y Pedro José Arteta.  

Robles envió a Urbina para someterlos por la fuerza y García Moreno huyó a Perú. Desde ahí, negoció con el presidente Ramón Castilla para derrocar al Gobierno ecuatoriano.  Frente a las costas de Guayaquil, García Moreno hizo un llamado al pueblo, indicando que los peruanos eran amigos de Ecuador. Al mismo tiempo, en Quito se volvió a desconocer el gobierno de Robles y en Guayaquil, el general Guillermo Franco se proclamó Jefe Supremo con el apoyo de Castilla.

En ese momento, el caos invadió todo el país: en Loja, el 18 de septiembre de 1859, se nombró un gobierno federal. En Cuenca se reconoció como Jefe Supremo a Jerónimo Carrión, mientras que la Sierra centro-norte se sometió al triunvirato y gran parte de la Costa, al gobierno títere de Franco.

El general peruano Ramón Castilla aprovechó la coyuntura para imponer su arbitrio a Ecuador y se nombraron delegados para revisar el tratado de límites entre los dos países, en el momento que bloqueaba la entrada al puerto de Guayaquil con sus fuerzas navales. El 12 de septiembre de 1859, el presidente Castilla dio un ultimátum a Ecuador y ordenó el bloqueo naval a Guayaquil. Al amanecer del nuevo año, 5.000 soldados peruanos invadieron el país y entraron a Guayaquil desde la hacienda Mapasingue, el 7 de enero de 1860.

Una de las primeras cosas que hicieron los peruanos fue acallar a la prensa guayaquileña y publicar un periódico que circuló con el título de ‘El Iris de los Andes’. De esta manera, ellos relataron este infausto suceso para nuestro país: “el 7 del actual, a las cuatro de la tarde, verificó su entrada a Guayaquil el ejército peruano, según el previo acuerdo celebrado por los generales en jefe. Su excelencia el general Castilla, que venía a su cabeza, se separó en el panteón, para pasar a ver a su excelencia el Jefe Supremo; y regresó, para ver desfilar las fuerzas, desde las posiciones de Santa Ana. Las fuerzas peruanas entraron por la calle de San Francisco, y se dirigieron al hospital militar, desocupado de antemano para alojarlas. En todo el extremo norte están sus cuarteles; es decir, que la defensa de Guayaquil está confiada a la lealtad y honor del Perú”.(1)

El 25 de enero de 1860 se firmó el írrito y bastardo ‘Tratado de Mapasingue’ y Guillermo Franco, dos días después, reconoció “a nombre del Ecuador”, la vigencia de la Cédula de 1802, “para acreditar los derechos del Perú a los  territorios de Quijos y Canelos”. La reacción de la mayoría de los ecuatorianos, como era de esperarse, fue de rechazo a esas espurias tratativas y los demás gobiernos regionales se unieron para enfrentarse  a Franco y Castilla.

La crisis política de 1859-1861 en la que casi desaparece Ecuador, se ha leído de distintas maneras. El historiador Patricio Ycaza sostiene que la desarticulación nacional de esos años se debió a “la respuesta de la reacción goda (conservadora) para desplazar del poder del Estado al proyecto liberal sustentado por el urbinismo” (2). Las reformas legales, sociales y económicas de la etapa urbinista habían minado el radio de influencia de la clase terrateniente serrana y, por ende, había que socavar a Francisco Robles.

La limitada capacidad política del sucesor de Urbina tampoco le posibilitó salir airoso de la crisis. García Moreno, por su parte, logró sostener una campaña militar victoriosa con el apoyo de otras fuerzas políticas que emprendieron la campaña antiperuana.  

Indudablemente, una de las lecciones de esta grave crisis fue la necesidad de superar la precariedad política, fortalecer la presencia del Estado y modernizar al ejército; en otras palabras, cohesionar a un país dividido y fragmentado por los intereses de los caudillos regionales, en un proyecto unitario de vocación nacional.

[1] El Iris de los Andes, 15 de enero de 1860.

[2] Patricio Ycaza, ‘Poder central y poder local en el primer período republicano’, en Jorge Núñez, Historia, FLACSO…, p. 289.

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