Viejos comercios que ‘se marcharon’ a la periferia

- 01 de junio de 2014 - 00:00
Segundo Zamora trabaja en el suburbio oeste. Su oficio de afilador de cuchillos y tijeras le deja una ganancia diaria que oscila entre $ 15 y $ 20. El recorrido de este hombre abarca más de 40 cuadras de distintos barrios de la ciudad. Foto: José Morán

La mañana del martes Guayaquil amaneció sombría con una llovizna. Pero a los vendedores ambulantes poco les importa el clima, ninguno se rezaga por las condiciones del tiempo. Son pregoneros que, por sus gritos característicos, son identificados por los habitantes de los sectores por donde transitan.  

Los afiladores de cuchillo, chatarrero a lomo de burro, el vendedor de guineo, entre otros, alargan las vocales de las palabras o las cortan... Así ‘posicionan’ los servicios que prestan o la mercadería que ofertan.

Algunos aún deambulan por las calles del sur y por las periferias del Puerto Principal. La presencia de esos comerciantes tradicionales actualmente se limita a zonas lejanas a la regeneración urbana, emprendida desde 1992 por el Partido Social Cristiano (PSC) por León Febres-Cordero y que continúa con su coideario y actual alcalde y Jaime Nebot.

Precisamente, la Ordenanza del Uso del Espacio y la Vía Pública    impide el comercio informal o en quioscos y carretillas a lo largo del Malecón Simón Bolívar, en la avenida Nueve de Octubre, desde el malecón hasta la calle Pedro Moncayo, en la avenida José Joaquín de Olmedo desde el malecón hasta la calle García Avilés, en el sector comercial del centro de la ciudad y en el Barrio del Centenario.

Pero ellos, igual a ‘grito pelado’, se ganan el pan del día. Los vendedores ambulantes nos son huéspedes nuevos de Guayaquil. En Baldomera, una de las novelas del escritor Alfredo Pareja Diezcanseco, la protagonista, en el Guayaquil de 1920, vendía empanadas calientes en el barrio de la Boca del Pozo y también muchines.

En el libro Estampas de Guayaquil el cronista Rodrigo Chávez da cuenta de los vendedores ambulantes de la urbe y asegura que a inicios de la década del cuarenta los comerciantes tenían gritos característicos y que incluso hasta utilizaban frases elegantes para cautivar a los compradores.

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El ‘psicólogo’ de amas de casa

‘¡Afiladoooorrrrr!’, ‘¡afilaaaaaaador!’. ‘¡Se afilan tijeras y cuchillos!’, pregona todas las mañana, en el sector de El Cisne 2, Segundo Zamora Cevallos. Este manabita de 57 años de edad utiliza un silbato para llamar la atención de sus clientes. Su trabajo -dice con nostalgia- está en vías de extinción, pues existen pocas personas dedicadas al oficio. Además, actualmente hay productos con los que se puede renovar el filo de las cuchillas. 

“Antes uno se encontraba con el soldador de ollas, que cargaba una cacerola pequeña con carbón, a manera de brasero, con la que se ayudaba a soldar. Pero este personaje ya desapareció, nadie quiere una olla soldada, si tiene un hueco se la bota”, lamenta.

Los tiempos han cambiado, añade Don Segundo. Su trabajo inicia a las 08:00. A esa hora sale de su casa, en la 16 y Francisco de Marcos. Desde allí camina más de 40 cuadras en busca de clientes. Empuja una carretilla de madera. En el vehículo soldó un aro de bicicleta que está atado con una polea con la que mueve la piedra que deja como nuevas las tijeras y cuchillos.
Al día, calcula, gana entre $ 14 y $ 20. Invierte, cada dos meses,

$ 14,64 en la piedra de afilar.  Él cobra $ 0,50 por afilar los anteriores utensilios, pero por un machete el precio sube a $ 1. “No me gusta afilar machetes porque gasta la piedra del esmeril muy rápido”. También, expandió su mercado a la colocación de cachas, por $ 1, a los utensilios de cocina.
Para Don Segundo su labor no es dura, aunque tiene que caminar mucho por el Suburbio oeste y hasta por sectores peligrosos; sin embargo, nunca han tratado de robarle. “Yo me encomiendo a Dios y salgo a trabajar”...

Con su carretilla sigue el trayecto, mientras en la esquina de la 24 y Francisco Segura, una ama de casa le grita desde su ventana: “¡Eeeehhh, afilador, venga!”.

Él no se hace esperar y casi corre al llamado. Hace su trabajo con paciencia y a su vez, en cada parada,   se entera del menú de las amas de casa “y hasta de sus problemas hogareños”. Pero él solo escucha.

El chatarrero y el burro

Si alguien anda desprevenido por las calles Febres Cordero y Leonidas Plaza, puede escuchar el grito: “¡Meeeeee Voooooyyyy!”. Se trata de Don Julio Jiménez, un hombre de 73 años, quien se dedica a comprar chatarra en todos los talleres que existen por la zona. “No solo chatarra -aclara Jiménez-, también baterías vieja (s). Ese es mi negocio”, expresa orgulloso. 

Su casa está en la 26 y Capitán Nájera y camina sin rumbo fijo junto a su ayudante y eterno compañero ‘Pancho’, un asno que lo acompaña desde hace una década.  
Julio lleva medio siglo en el oficio. Aquello le ha servido  para que en los barrios y talleres lo reconozcan como “El rey de la chatarra”. 

En sus 50 años de trayectoria,  solamente ha recibido llamados de atención de los Policías Metropolitanos cuando pasa cerca del centro,  pero no ingresa a la zona regenerada.
Él recuerda que en uno de sus recorridos fue impactado por un carro, pero el accidente no pasó a mayores. “No quise hacer escándalo, pero yo iba por mi carril. El conductor se fue tranquilo”, explica ‘El Rey de la Chatarra’, quien reconoce que se asustó.  

Cada día Jiménez gana entre $ 25 y $ 30. Esos ingresos los reparte en tres: para él, un ayudante y para el burro Pancho, al cual tiene que comprarle, antes de ir a casa, zanahoria y yerbas para que coma.
Gracias a la actividad de chatarrero Jiménez ha logrado mantener a sus 9 hijos. “La gente ya me conoce, los maestros, mecánicos, la ama de casa y todos  quienes viven por el sector en donde realizo mi recorrido. Simplemente voceando  “¡Meeeeee Voooooyyyy!”, los interesados salen en estampida a vender lo que ya nos les sirve. 

El camino es largo y la mañana entera Julio Jiménez se marcha en su carreta en busca de chatarra. Al fin y al cabo de eso ha vivido toda su vida... y de eso seguirán viviendo los años que le queden.

Marisco ‘express’

Hace décadas era común ver llegar al vendedor de pescado cargando su producto al hombro. La gente hacía pedidos y los comerciantes llevaban hasta la puerta de la casa lo solicitado. José Vargas, de 50 años de edad, es uno de los que subsisten. Todas las mañanas este hombre de mediana estatura acude a las 03:00 al mercado La Caraguay,  del sur, sitio en donde se puede comprar mariscos.
Vargas tiene 30 años dedicado a ese negocio. Invierte $ 75 y algunos días gana entre $ 30 y $ 40 sobre lo que invirtió. Su jornada de venta empieza a las 07:00. Empieza en la intersección de las calles 24 y la F y transita por gran parte del suburbio oeste. Camina más de 60 cuadras. “¡Pescadooooo y camaroneeeeesssss...!”, es el llamado  con el que las amas de casa salen de las viviendas. 

La libra de camarón está a $ 5 y las corvinas, según el tamaño de cada una, entre $ 5 y $ 7.  El comerciante de pescado ha logrado darle educación a sus 5 hijos con ese oficio. Su viaje por el cantón se extiende a las 13:00.

Aunque en la zona pululan los vendedores ambulantes, los comerciantes de pescado son tres. No obstante, la ventaja la tiene Vargas, porque él fía a sus clientes. Cobra los fines de semana. Algunos de los moradores de la 24 y García Goyena lo conocen como el amigo de los gatos, porque cada vez que él llega al barrio los felinos salen a recibirlo. “Yo no me hago problema, le doy a los gatos las cabezas de los pescados, por eso me persiguen”. El comerciante no se entretiene más y retoma su recorrido... pocas veces su jornada pasa de las 13:00. Un día llegó un señor y le compró todo lo que llevaba en su triciclo; a las 10:00 tenía el día ganado, pero eso es de vez en cuando, el resto de días tiene que caminar.

El vendedor de frutas

Un chiflido pone en alerta a la gente. Los niños corren en busca del triciclo de Don Enrique Cheme Mendoza, un vendedor de guineos,  de 59 años de edad. Este hombre,  padre de tres hijos y habitante de la  30 y la Q,  da tres bananos por $0,25 centavos.

Él sirve el producto utilizando una herramienta conocida como la curva, una especie de cuchillo en forma de U con la que corta el banano.

En estos días, de acuerdo con Cheme, el  negocio está flojo puesto que los chicos ya están en la escuela y no en las casas, por donde él pasa.
 Para llenar su triciclo de mercadería invierte $ 25 y,  si logra vender todo, puede obtener $25 por día.
Pero para eso, aclara, debe caminar  más de 70 cuadras. “Yo salgo a las 10:00 y trabajo hasta las 19:00. Este trabajo no es fácil, pero lo realizo desde hace 27 años. Jamás me ha pasado nada malo, aún cuando mi recorrido lo hago en zonas ‘complicadas’”.

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