Alfaro desafió a una élite oligárquica terrateniente que evitaba las reformas políticas

Revolución Liberal, ideología y religión

- 28 de junio de 2015 - 00:00

Alfaro desafió a una élite oligárquica terrateniente que evitaba las reformas políticas

El pasado 25 de junio recordamos el natalicio del revolucionario manabita Eloy Alfaro Delgado (1842-1912). Ese día, en 1842, el cerro de Montecristi acunó a su hijo predilecto, un mestizo que en el transcurso de setenta años luchó sin descanso, hasta el final, por la consecución de una sociedad más justa y democrática, la cual vislumbró en la culminación de su más alto sueño, otro 25 de junio, pero de 1908, cuando su hija América Alfaro Paredes colocó el último clavo y la locomotora No. 8 llegó a la estación ‘Eloy Alfaro’ de Chimbacalle, al sur de Quito, culminando así su obra magna, la que tantos desvelos e incomprensiones le ocasionó: el Ferrocarril del Sur.

Se dice que el arzobispo de Quito, Mons. Federico González Suárez, su contrario ideológico, le envió un telegrama felicitándole por este considerable logro.

Pero, más allá de la materialidad y simbolismo de un ferrocarril que aún hoy alumbra nuestra memoria colectiva, habría que preguntarse si con la Revolución Liberal, el Ecuador cambió lo suficiente como para hablar de una verdadera transformación, sobre todo en lo económico y cultural.

Y hay que hacerlo desapasionadamente, en relación a los actores, las estructuras y los procesos desplegados en el tiempo.

En lo político, en cambio, no hay duda de que la presencia del ‘Viejo Luchador’, con su programa radical, marcó el fin de una extensa e intensa lucha entre liberales y conservadores que dominó la vida política ecuatoriana del siglo XIX y que llevó al país a una guerra civil que solo se resolvió con el ascenso de las huestes montoneras a la Sierra y la entrada triunfal a Quito, en septiembre de 1895.

Alfaro desafió a una élite oligárquica terrateniente que evitaba las reformas políticas, razón por la que su proyecto fue considerado ‘revolucionario’.

Fiel a las doctrinas transformadoras del liberalismo radical, desató una guerra de guerrillas contra los gobernantes de turno, a quienes acusó de ‘corruptos’, granjeándose una popularidad inédita en los campos y las ciudades del país, lo que le convirtió en el ‘masón’ e ‘indio Alfaro’ para sus enemigos y en el ‘salvador de la Patria’ para sus partidarios.

En el marco de una polarización ideológica que movilizó a todos los sectores de la sociedad, la problemática religiosa fue una de las principales razones de las luchas políticas e ideológicas entre liberales y conservadores.

El Ecuador siempre ha sido un país mayoritariamente católico, por lo que uno de los principales puntos de conflicto entre las fuerzas políticas fue el tema religioso.

Para políticos conservadores como Gabriel García Moreno, Juan León Mera, Vicente Piedrahíta o José María Plácido Caamaño, partidarios de la tradición y el orden, el catolicismo era una profesión de fe y representaba la quinta columna de la familia y la sociedad ecuatorianas.

Para ellos, las medidas propuestas por Eloy Alfaro y los radicales atentaban contra la moral cristiana, sobre todo para los miembros de un clero fanático que, desde el púlpito, condenaba a los ‘impíos’, ‘masones’ y ‘anticristos’, encarnados en Eloy Alfaro y sus seguidores.

Los liberales radicales, en cambio, simpatizantes del progreso, la modernidad y las libertades, esbozaron su programa político en el famoso ‘Decálogo Liberal’ que apareció publicado en el periódico quiteño El Pichincha, en 1895, donde Alfaro prometía lo siguiente:

Decreto de manos muertas. (1)
Supresión de conventos.
Supresión de monasterios.
Enseñanza laica y obligatoria.
Libertad de los indios.
Abolición del Concordato.
Secularización eclesiástica.
Expulsión del clero extranjero.
Ejército fuerte y bien remunerado.
Ferrocarriles al Pacífico.

Como vemos, el plan de gobierno del radicalismo se centraba en la separación del Estado y la Iglesia y la problemática del poder temporal, por la enorme influencia que ejercía el catolicismo en la sociedad ecuatoriana.

Si bien el establecimiento del Estado laico y la secularización de la educación arrebataron a la Iglesia Católica el control de la enseñanza, así como de otras instituciones que regentaba, estas medidas contribuyeron, a la postre, a la paulatina transformación ideológica de la sociedad.

Sin embargo, la Revolución Liberal no pudo eliminar el peso de la religión católica en la vida cotidiana de los ecuatorianos, quienes siguieron practicando sus ritos y observando sus creencias que, en el ámbito ideológico, de alguna manera refrendaban el legado colonial español.

[1] A través del decreto de ‘manos muertas’, el Estado expropió las propiedades agrícolas de la Iglesia que estaban abandonadas o no habían sido suficientemente trabajadas. (O)

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