Los pescadores genuinos de un lago artificial

22 de mayo de 2011 - 00:00

Son las 6:13 am. Pocos minutos después, el sol empieza a elevarse por entre el perfil de las montañas de la cordillera Chongón-Colonche, mientras Santiago Solórzano pliega sus redes para ver qué ha podido pescar esta mañana. De pie sobre su panga, bamboleándose de un lado a otro al vaivén de la corriente, retira peces de entre los orificios de su “paño” (red). Inspecciona el contenido: aunque no es temporada alta, ha sido una buena jornada de trabajo.

Santiago, de 28 años, es un pescador de langostas o camarones de agua dulce, como le llaman, sin tanto rigor taxonómico, sus compañeros de oficio a la especie de langostino de caparazón entre azul y turquesa, con el que comercializan a diario. Lleva ya 9 años ejerciendo la actividad, lo cual es claramente reconocible en su técnica y destreza para recoger sus herramientas, en su balance a prueba de vértigo y en su piel curtida por la luz solar.

22-5-11- pescadores-de-parque-lagosNo obstante, dado que Guayaquil es una ciudad atravesada por un río y un estero, su lugar de trabajo es bastante atípico y llamativo: ni el Guayas ni el Salado, sino la represa de agua de Parque El Lago, reserva ecológica ubicada en el kilómetro 26 de la vía a la Costa. Junto a Santiago, son 120 los pescadores que laboran en el embalse, agremiados en dos cooperativas: San Pedro de Chongón y Casas Viejas. La mayoría de ellos vive en la parroquia Chongón, apenas a 2 kilómetros  de distancia del parque en dirección hacia Guayaquil; pero otros pocos residen en las entrañas del lago, donde la infraestructura, los caminos y los servicios son mínimos; precarios. Se trata de una locación en la que los lugareños, a pesar de la cercanía con la ciudad y con la “vibración turística” del parque, continúan con una vida de austeridad radical, de campechanería sencilla, con toda la tranquilidad pero también las carencias que eso implica.

Parque El Lago fue creado hace aproximadamente 15 años, obedeciendo a dos objetivos primordiales: proveer de agua a la península de Santa Elena para usos de riego y consumo humano, y crear una gran reserva ecológica con áreas de recreación, esparcimiento y práctica de deportes para los habitantes del Guayas y turistas nacionales e internacionales.

La reserva posee un área de 40.600 hectáreas, 14.000 de las cuales forman el bosque protector, 24.000 pertenecen a las cuencas de los ríos Chongón y Bedén, y las 2.600 restantes corresponden al espejo de agua, según información de la administración del lugar. La riquísima biodiversidad animal y vegetal del parque es una de sus más atractivas características. Varias de las especies de mamíferos que lo pueblan son, entre otros, venados, monos, zarigüeyas, mapaches y ardillas. Entre las aves se cuentan el cormorán, las garzas blancas, los pelícanos, las tórtolas, los jilgueros, los gorriones, los gavilanes, los papagayos y los pericos. La flora es también muy variada, con árboles como ceibos, bálsamos, colorados, barbascos, algarrobos y guasmos.

Puesto el escenario y siendo las condiciones tan favorables, el hombre no tardó en tratar de aprovechar los recursos, principalmente los fluviales, y fue así como llegaron los primeros pescadores a la zona. La fundación de sus cooperativas se remonta a 9 años atrás, cuando tuvieron disputas con la entonces entidad administradora del lugar, la Cedegé. “Antes no estábamos así, agremiados. Pescábamos por nuestra cuenta… solos… máximo entre dos, tres, no más… y ya, pues, los de la Cedegé nos sacaban con todo… con guardias y eso… pero nosotros en nuevo nos metíamos, hasta que formamos las cooperativas y después de hablar con ellos un tiempo llegamos a un acuerdo  y ya nos dejaron pescar sin problema”, cuenta Luis Cedeño, integrante de la cooperativa Casas Viejas. Añade que son 60  en cada una y que cada pescador tiene asignado un sector del lago para realizar su trabajo, lo que conocen como zonificación.

22-5-11- pescadores-de-parque-lagos03Dada la abundante presencia de lechuguines (también conocidos como jacintos de agua) hay pescadores que no pueden laborar en ciertos períodos del año, algunos bastante prolongados, pues sus sectores están invadidos por esta planta acuática, lo que los obliga a ocuparse en otras actividades hasta que sus áreas se  despejen. Quienes se ven obligados a  dejar de pescar se dedican principalmente a trabajos agrícolas en las fincas aledañas a la zona.

Muy cerca del área de pesca asignada a Cedeño, laboran también Jorge Bravo y Luis Miguel Ruiloba, este último hijastro del hermano de Cedeño. Bravo, quien está faenando solo, pues su compañero no asistió este día, está de un humor espléndido y no para de contar anécdotas e historias mientras recorta varias “lechugas” que flotan en su sector.  Nos cuenta sobre  la utilidad de “podar” los lechuguines, del esfuerzo extra y significativo que conlleva pescar sin compañero, de los tipos y medidas de peces que se capturan y de los métodos que utilizan para hacerlo: un curso integral sobre el oficio de la pesca artesanal.

Nos habla de “tilapias de 8 libras, tucas… de entre 20 y 25 cm. Esos eran los pescados más grandes que cogíamos… ya de esos no existen”, confiesa, dejando traslucir una nostalgia que refrenda aquello de que todo tiempo pasado fue mejor. “De ahí es que recién empezamos a coger las viejas y los guanchiches”, explica, dos de las variedades que más pescan en la actualidad, junto con los barbudos, los bocachica y las dicas. “El ‘tacho’ (un balde con capacidad para 35 libras de pescado) de dica y de guanchiche lo vendemos a 15 dólares, el de vieja azul a 45 y la gaveta (con capacidad para 80 libras) de tilapia a 60 dólares”, agrega, entusiasta.

Luego, ante el pedido de que nos describa los métodos utilizados, se muestra más entusiasta aún. Comenta que hay tres tipos de pescadores: los trasmalleros, los redleros y los catangueros. Estos últimos son los que se dedican exclusivamente a atrapar langostinos. En cambio, los trasmalleros son aquellos que despliegan una red de unos 20 metros en línea recta durante cuatro horas y luego proceden a legarla (recogerla)sin mayores dificultades. Por último, el método que presenta mayores inconvenientes es el de los redleros o pescadores de “paño”. “Lo que haces con el paño es arrojar la red con orificios de 2 y medio centímetros para que no se salgan los peces, formando un círculo bien grande (de unos 30 metros de diámetro), que poco a poco, con el paso de las horas, vas achicando”, detalla. Este proceso hay que ir realizándolo despacio y paulatinamente, hasta que el círculo queda bien reducido. Ahí es cuando interviene el “cuchero” (derivado de darse un “cuchi”), cuya labor es controlar la “alzada” de la red hasta el bote. El “cuchero” debe poseer extraordinaria resistencia física, considerable fuerza y gran retención de aire, pues es quien va cerrando la red por debajo, procurando que no se enrede con los palos que hay en el fondo y que el plomo no se alce rápido y, consecuentemente, deje salir los peces al momento de elevarla. “Es un trabajo jodido, no es para cualquiera”, sentencia Bravo. “Hacer yo solo todo este trabajo me va a llevar rato. Hoy salgo a las 5 siquiera. Aquí me chupa la bruja”.

Luego de terminar sus labores, los pescadores se acercan a comer al negocio de Ana Sirino, quien llega diariamente a las 7:00 am. Ella les vende los desayunos desde hace ya 8 años. Los platos que con más frecuencia prepara son guatita, seco de pollo y sudado de pescado. Afirma vender entre unos 10 y 15 platos diarios, aproximadamente, a 1,25 dólares cada uno, además de vender a 25 centavos cada vaso de cola, lo que le deja una ganancia de   entre 20 y 30 dólares por día.

Luego de un viaje de varios kilómetros, arribamos a una remotísima comunidad donde habitan pocos pescadores: el recinto Cristo Rey, Junta Julio Moreno.

Allí nos recibe Francisco Guzmán, de 36 años, quien usualmente   pesca langostinos y está afiliado a la cooperativa San Pedro de Chongón. Trabaja durante estos meses como jornalero en una finca, pues el sector que le fue asignado durante la zonificación está invadido por los lechuguines.

En su hogar, una vivienda de caña elevada por gruesos pilotes de madera, típica de los paisajes rurales de la costa, convive junto con su señora, Andrea Villón, y sus dos hijos, Brayan y Byron, de 9 y  6 años, respectivamente. También poseen un gato y nueve perros que persiguen a Francisco por donde vaya. “Ha sido un mal año a falta de correntadas y de la ‘lechuga’ que no salió de las zonas de pesca como suele suceder todos los inviernos, por eso es que tengo que hacer trabajo agrícola hasta que se solucione eso”, expresa.

Añade que ha vivido allí toda su vida, que esa tierra la heredó de su padre y que  su abuelo fue el primero en llegar. Cuenta que presenció la construcción de la represa hace ya 15 años, y  que fue a partir de allí que se convirtió en pescador. A un costado de la entrada de su casa yace su panga, con patentes signos de deterioro. La falta de uso, el maltrato del invierno y uno que otro golpe la han inhabilitado para el trabajo en el agua.

“Aquí la vida es sencilla”, explica Francisco, “aunque quiero volver a pescar, pero tampoco tengo apuro. Mientras pueda ganar algo como jornalero para que comamos con mi familia, estará bien. Podrán invadirme las ‘lechugas’ o podrá llover mucho o poco, porque aquí llueve fuertísimo cuando el invierno es bravo. Pero lo importante es que he vivido aquí toda mi vida y lo haré hasta que me muera. Tengo el lago tan cerca de mi casa que no me preocupa. Esta ahí, a un paso, esperándome”.

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