Las boticas antiguas aún sobreviven en Guayaquil

- 05 de mayo de 2018 - 00:00
En las droguerías tradicionales aún se aprecian compuestos preparados. Quienes gustan de esta opción son por lo general adultos mayores.
Foto: cortesía de Gabriela Samaniego

En la farmacia Forestal, ubicada frente al parque del mismo nombre, se acudía con receta en mano. Los boticarios hacían su trabajo con precisión.

En pleno auge de la tecnología y los avances científicos, en Guayaquil es común escuchar la típica frase de los abuelos:  “Mijito pero vaya a la botica, que allá encuentra de todo”.

En un recorrido por la urbe encontramos tres de las boticas antiguas que aún perduran a lo largo del tiempo.

Para embarcarnos en un viaje hacia su pasado y las costumbres que giraban en su torno, lo mejor es conversar con Cristóbal Loor Macías, presidente de la Asociación de Farmacias, Boticas y Droguerías del Guayas.

Él recuerda cuando se preparaba lo que el médico prescribía con fórmulas ya diseñadas. Pero en los últimos 50 años, esos establecimientos tradicionales desaparecieron.

En dichos lugares, el mortero servía para machacar y triturar.

Botica Barcia, desde 1947, ubicada en Lorenzo de Garaycoa y Alcedo, es una de las más recordadas.

Su propietario, Hermógenes Barcia, dice que el éxito es mantener la reputación.

“Este negocio es una empresa familiar”.

Cuenta que el mortero era el símbolo de las boticas. Era de cerámica, mármol, piedra o vidrio y servía para machacar y triturar. Tenía que resistir la presión de disolver polvo y piedras.

Se trabajaba la dosis en función de lo que necesitaba el paciente. Todo eso era evaluado por el médico. 

Algunos medicamentos  eran en polvo, líquidos, cocciones o infusiones porque la base era la herbolaria (hierbas y raíces). Entonces se necesitaba hervirlas, transformarlas, macerarlas.

Ese trabajo estaba a cargo del farmacéutico y sus ayudantes. “El médico farmacéutico no podía fallar. De hacerlo el paciente iba directo al cementerio”, dice Barcia.

Beatriz Arias, de 55 años, recuerda cuando acompañaba a su padre a comprar sus infusiones y muchas veces tardaban más de cuatro horas.

“Decían los adultos que mientras más tiempo tardaba el preparado este sería más efectivo”.

Este tipo de droguerías estaban provistas de bancos para que la gente esperara.

La botica Imperial, ubicada en Chimborazo y Capitán Nájera, fue inaugurada el 3 de septiembre de 1953.

Andrés Maruri Miranda, su propietario, recalca que ahí  no solo se hacen infusiones sino también se brinda una atención personalizada.

“Se dan consultas gratuitas; son fórmulas magistrales. Trabajamos con mucha ética, pero sobre todo damos un servicio de primera. (I)

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