Juan F. Aguinaga: “El apellido pesa, pero debe pesar para bien”

- 10 de marzo de 2019 - 00:00
Juan Francisco Aguinaga Garzón. Exjugador ecuatoriano.
Foto: Carina Acosta / El Telégrafo

El jugador quiteño, menor de los Aguinaga, hizo un recuento de su carrera, desde sus primeros años en Deportivo Quito, su paso por Espoli, Deportivo Cuenca y Barcelona. También recordó la Eliminatoria al Mundial 2002, a la que no asistió por una lesión y otras causas.

Juan Francisco es el menor de la dinastía de los Aguinaga y mostró su talento en ocho clubes de primera categoría del fútbol ecuatoriano. Siempre fue reconocido por las ganas que ponía para jugar y él asegura que su mal genio lo potenciaba para retarse a sí mismo a hacerlo mejor.

Al igual que todos sus hermanos, formó parte del Deportivo Quito, pero no alcanzó a debutar profesionalmente con los “chullas”. Lo hizo con Espoli, en una fecha que recuerda muy bien: el 10 de agosto de 1997, justamente contra Deportivo Quito.

Después recorrió Deportivo Cuenca, Barcelona, Macará, El Nacional —donde logró su único título—, Aucas y Universidad Católica, donde terminó su carrera. Después jugó un par de años más en la segunda categoría.

Su retiro no fue planeado, pero a la par descubrió un camino relacionado a la docencia y está vinculado a la Universidad de las Américas. Sin embargo, tiene su título de entrenador y espera ejercer en algún momento.

En su carrera fue polifuncional. Solo le faltó jugar como arquero, pues ocupó todas las posiciones e incluso lo hizo de centrodelantero. Esa versatilidad lo llevó a la selección y fue parte de la plantilla que clasificó al Mundial de Corea-Japón 2002.

Una lesión y la demora en arreglar su contrato con Espoli lo dejaron fuera de la lista que llevó Hernán Darío Gómez a la Copa del Mundo.

¿A qué se dedica en la actualidad?
Me desempeño como coordinador de actividades extracurriculares en la Universidad de las Américas (UDLA), que comprenden actividades deportivas, culturales y de responsabilidad social. No tienen peso académico y, como yo digo, es la parte más divertida de la universidad. Los chicos se desestresan y aprenden otro tipo de actividades. Además soy facilitador de coach, en una academia de coaching. Espero en algún momento ejercer como director técnico porque tengo el título para hacerlo.

¿Cómo se vinculó a la universidad?
Arrancó en marzo de 2012, cuando necesitaban un entrenador para el equipo de mujeres. Ya venía trabajando con mujeres en un barrial y un compañero mío me llevó. Le gustó el trabajo a su jefe y estuve dos años. En 2014 salí del colegio Británico, donde era profesor de Educación Física, y me integré como coordinador de actividades extracurriculares.

Entonces está un poco alejado del fútbol en sí pero no en lo global del deporte
Sí. Tenemos el equipo de fútbol semiprofesional, ahí me he vinculado y he hecho la parte dirigencial. Me ha permitido ejercer lo que aprendí en la academia Johan Cruyff.

Cuando dejó el fútbol profesional, ¿se enfocó en estudiar y prepararse?
En 2009 salió la oportunidad de estudiar en la academia Johan Cruyff. Era presencial jueves, viernes y sábado. Por lo general jugábamos los sábados y nos concentrábamos los viernes. Estaba en la serie B con Universidad Católica y el DT Renato Salas me permitió ir más tarde a la concentración y de pronto uno que otro día salir rápido del estadio. Eso fue muy bueno de parte de los entrenadores.

¿Dejó el fútbol de un rato para el otro?
Mi salida del fútbol fue muy brusca. Nunca lo pensé, ni lo había planeado. En ese momento que se da, pensaba “¿y ahora qué hago?”. Tenía una maestría, pero no tenía dónde ejercerla. Necesitaba un equipo y los equipos no requerían de mis servicios. No me querían jugando fútbol, peor dirigiendo (risas). Se da la posibilidad de dirigir equipos barriales, colegios y no me estaba preparando.

¿Cómo fue esa parte de su vida, en la que estaba jugando y estudiando?
Estaba en Universidad Católica. En la segunda entramos Edwin Tenorio y yo, entre los jugadores. Estuvo muy bonito porque tuvimos oportunidad de crecer. Las tareas no complicaron, porque el fútbol te da mucho tiempo. Cuando no estaba jugando, estudiaba.

¿Qué sintió al dejar el fútbol de forma repentina?
Después de jugar en Católica en 2010 fui a Manta para ver si me recibían allá. Estaba el profesor Armando Osma y me hizo probar con todos los jugadores. No había ningún problema, pero sufrí una lesión y regresé a Quito; decía “ya no es para mí”. Ya no me gustaba concentrar, ya no disfrutaba los entrenamientos.

Durante 15 años me dediqué a entrenar todos los días, concentrar cada semana y llegó un punto en que dije que ya no quería eso para mi vida. Salía de un divorcio en ese momento y quería algo diferente. El fútbol no me había traído buenas cosas, entre comillas, por la parte de concentraciones y entrenamientos. No el fútbol como deporte, como algo lúdico.

Al final de su carrera jugó en segunda categoría, con el equipo Real Sociedad. ¿Qué condiciones puso para jugar?
Me salió una oportunidad de jugar en segunda categoría, pero con condiciones. Les pedí no concentrar, ni entrenar (risas), pero que sí llegaba a los partidos. Lo aceptaron y ahí estuve dos años. Yo tenía buen estado físico y decía que lo que tenía que hacer era mantenerme, entrenaba por otros lados, pero era otro el nivel de preparación. En los partidos me ponían de delantero, sin serlo, pero hacía goles y se quedaban tranquilos.

¿No le costó dejar el fútbol?
Francamente no. Lo que sí me costó fue el mal genio que tenía. Ya no tenía en qué desahogarme. Cuando jugaba o entrenaba me descargaba toda la energía. Dejé de jugar y tenía mucha energía acumulada, me peleaba mucho con mis parejas en ese momento, buscaba cualquier pero. Lo analicé y pensé que debía hacer alguna actividad física, que me demandara golpes para sacar ese estrés.

¿Ese mal genio en un partido o entrenamiento le costó alguna pelea o situación similar?
Por la ira que tenía me enojaba mucho, pero sacaba lo mejor. Lo llevaba al punto de ser mejor, de correr más, de enojarme conmigo y querer demostrar que estaba mejor preparado que el rival. Nunca fue para algo negativo, de ir a agredir a alguien; por el contrario, tratar de que el equipo saliera y lo hiciera mejor.

Inicia en el Deportivo Quito igual que tus hermanos. ¿Qué recuerda de esos años?
En 1989 llegué a la Sub-14. Me acuerdo muy poco de cómo sucedió. Álex ya jugaba en el club y a mí me gustaba el equipo. Comencé a hacerlo algo propio.

¿Cómo fue cuando Álex se fue a México, al Necaxa?
Tenía 11 años cuando él se fue. Había una gran emoción al saber que salió, pero no era tanto como el saber que lo iba a perder como hermano en ese momento. La alegría que teníamos todos y lo que queríamos era que le fuera muy bien. Era el mejor en ese momento.

¿Cómo fue esa relación a distancia?
Fue complicado porque no teníamos los medios tecnológicos de hoy. Teníamos que hacer una llamada por cobrar. Nos llamaba esporádicamente, nosotros muy poco. Sabíamos que estaba bien porque veíamos las noticias y cuando venía lo íbamos a recibir dos horas antes. Siempre estuvimos muy pendientes de él en todo sentido, pero la distancia y la poca comunicación que teníamos nos fue alejando mucho de él, de María Sol (su esposa), de mis sobrinos.

Mientras tanto usted empieza a crecer como futbolista en Deportivo Quito.
En el Quito me quedé hasta 1994. Salí porque a mi hermano Marcelo lo despidieron y se quedaba en nada. Yo no quería quedarme así y salí. En 1997 aparece una oportunidad para jugar, mientras yo estaba estudiando en la universidad, pero en aquel momento no tenía intenciones de jugar.

El profesor (Carlos) Sevilla era coordinador de El Nacional y un amigo me llevó al club a probarme, cuando estaba Wilson Armas de entrenador. Él da el visto bueno y el gerente deportivo era el capitán Vinicio Luna, quienes aprueban que me quede. Pero no se pudo dar porque no querían que la opción de compra fuera tan alta. Después me sale una opción en Aucas, pero se da el mismo tema.

Sin embargo, Carlos Sevilla llega a Espoli y lo quería tener sí o sí en la plantilla.
Yo me negaba porque me faltaba poco para terminar el segundo año de universidad. Mi mamá decía que insistía y yo me hacía negar. Después fue incluso a mi casa a convencerme. Me preguntó que cuándo acababa las clases y le dije que el 17 de julio. “El 18 de julio estás entrenando”, me dijo. Así se dieron las cosas y empecé a entrenar. Arreglé todo rápido y el 10 de agosto de 1997 debuté en primera categoría contra Deportivo Quito, pero perdimos 4-1.

¿Cómo fue ese partido?
Fui titular y tenía una alegría inmensa de jugar. El nivel de estrés que tuve hizo que mis pantorrillas se me contracturaran. Además me ajusté muy fuerte las canilleras, pero todo eso no me importó. Jugué. Compartí con Gabriel Yépez, que era una de las figuras y lo vi desde muy chiquito. Jugué con él en su último año de su carrera. Desde ahí me mantuve e incluso pude llegar a la selección, jugando para Espoli.

¿Por qué Sevilla insistió tanto por tenerlo en su equipo?
Él tenía una relación de amistad con mi papá y mi mamá, obviamente porque hizo debutar a Álex y a Marcelo en Deportivo Quito. Mi hermano Fernando no pudo hacerlo. Él quería llevarme después de verme en El Nacional, pero conocía cómo yo jugaba desde pequeño porque tenía un seguimiento al ver a mis hermanos.

¿En qué posiciones jugó? Siempre fue polifuncional.
Jugué en todas, solo me faltó ser arquero. Lateral derecho, izquierdo, central, volante por derecha, izquierda, de 5, de 8, de delantero, de 10. En todos los puestos. Hasta de 9 en Deportivo Cuenca y marqué un gol. En ese equipo jugué en todos los lugares con el profesor Ramiro Blacut.

¿Cómo fue ese gol?
Había jugado de titular los dos primeros partidos y al tercer partido, contra Liga, fui a la banca. Estábamos perdiendo 2-0 antes de los 30 minutos del primer tiempo y me manda a calentar. Yo lo hice de mala gana. Cuando voy a entrar, me dice que voy en lugar de Walter Calderón y yo  pensaba que cómo me va a poner a mí, si soy más pequeño que “Mamita”.

Blacut me dice: “Cuando te traje acá, lo hice porque tu juegas en cualquier posición. Así que vas a ir de centro delantero”. Me tocaba enfrentarme a Carlos Espínola y Geovanny Espinoza y el otro delantero nuestro era Cristian Bottero, pero tampoco era muy alto. (Cristian) Zermatten lanza un centro y Jacinto Espinoza sale, pero se corta. Se le pasa el balón a la “Sombra” y de cabeza remato por encima del “Chinto”. Lo celebré con el “profe”. Perdimos 3-2.

¿Cuál fue la mejor temporada en su carrera?
Con Deportivo Cuenca en 2003. No me lesioné casi nunca y las veces que estaba (lesionado), Blacut no me creía y me ponía a entrenar. Creo que eso me marcó mucho porque, aunque estuviera lesionado, me ponía a jugar. Cualquiera podría pensar que mi mejor año fue con Espoli en 2001; sin  embargo, para mí lo mejor fue en Cuenca porque pude jugar mucho y demostrar que juego en cualquier posición.

En 2001 recibe la convocatoria para jugar por la selección. ¿Qué representó llegar?
El “Bolillo” me llama en ese año. Se habían jugado ocho fechas del campeonato nacional y yo llevaba seis goles; era el goleador del campeonato con Raúl Duarte (con Aucas). Llego justamente para el partido del 28 de marzo contra Brasil y durante todo 2001 me mantuve en los llamados. También jugué la Copa América y puedo decir que jugué contra todas las selecciones de Sudamérica.

¿Qué recuerda de esa eliminatoria?
Siempre el último gol (de Iván Kaviedes contra Uruguay), que nos dio la clasificación. A pesar de todo lo que padecimos, creo que fue el momento más emocionante que se tuvo. También recuerdo cuando choqué con Ulises De la Cruz en un entrenamiento y me lesioné; pensé que ya no me llamarían.

En ese instante solo pensé en levantarme porque pensaba que si quedaba herido, no me llamarían más. Chocar con Ulises es como dar contra una pared y me dolió mucho la rodilla. Mi puesto estaba en juego y mi puesto era la banca (risas), porque ahí se peleaba hasta eso. Me levanté y seguí jugando con la rodilla hinchada. Son aspectos que marcan.

A pesar de todo no va al Mundial de Corea-Japón 2002.
Yo culpo a la lesión. Desde enero, cuando la selección va a Estados Unidos, ya no estoy. Pensé que iba a probar a otros jugadores. Yo no arreglo mi contrato con Espoli porque ganaba $ 350 y pedía $ 1.000, pero no me querían pagar. Hablé con el “Bolillo” sobre la situación y solo me dijo: “ahí vea usted, mijo, qué es lo que hace”.

Pensé que me iba a respaldar. Arreglo más tarde mi contrato con Espoli por $ 900 porque mi idea era ya jugar pronto. Subo mi nivel, hago goles. Tal vez fue por mi rebeldía de no aceptar, de alguna forma gané, pero también perdí.  

¿Cuál fue la lesión?
En un entrenamiento, en una jugada pendeja, me lesiono. La cancha estaba mojada y a mí me gustaba barrerme, lo aprendí de (Carlos) “Cocoa” Pazmiño. En una pelota larga me barro, pero veo que no alcanzaba a llegar y lo que hago es poner el pie para detenerme, como siempre se hace.

Pero escucho un “crack” en el tobillo porque mi pie no logra sostenerse. Carlos Morán, que estaba en el arco, corre a verme. Él había escuchado cómo sonó. Ese rato mi pie se hizo una pelota, tuve una distensión de ligamentos del tobillo muy fuerte y era en marzo, ya muy cerca del Mundial.

Pasé dos o tres meses sin hacer actividad. Llegó el profesor Víctor Riggio con Alejandro Moreno, preparador físico. Me hice muy amigo de él y me dice que tengo que empezar a entrenar porque me querían botar. Él me empieza a recuperar y el cuerpo técnico me aguanta. El primer entrenamiento que hago ya fuerte, fue el 3 de junio, el día en el que Ecuador jugó contra Italia.

¿Nunca más regresó a la “Tri”?
Ya no. Ni cuando estuve en el Cuenca, que fue mi mejor año. En la posición en la que jugaba estaba Néicer Reasco que volaba y también Ulises De la Cruz.

¿Qué representa ser hermano de Álex, por todo lo que él es para el fútbol ecuatoriano?
Siempre he estado muy orgulloso de él. Es alguien que demostró un nivel de profesionalismo, un nivel de persona durante toda su carrera. Hablar de él en el país no significa mucho, porque no lo quieren tanto.

Hay mucha gente que lo critica. Pero hablar de él en México, son palabras mayores y esa es la diferencia. Él empieza a dirigir un equipo y le dan duro. A un extranjero lo alaban y le dan miles de oportunidades. En México lo adoran. Aquí no lo valoran de la forma que deberían.

¿El apellido pesa?
Al principio me costaba porque cuando comencé a jugar fútbol decían: “juega porque es hermano de Álex Aguinaga”. No lo voy a negar, porque es verdad.

El “profe” Sevilla me llevó por ser su hermano. El apellido pesa, pero debe pesar para bien y a mí me pesaba para mal. Todo el tiempo eran comparaciones con él. Recuerdo la primera nota de prensa en que aparezco. Pusieron: “Me parezco a Álex en la joroba”. Yo no quería parecerme a él en nada.

Él hizo su fútbol y en un gran nivel. Yo me decía “yo soy mejor”, pero había que demostrarlo. Pero era algo muy difícil, tanto que él mismo decía que era muy complicado de superar. Lo que hizo es impresionantemente difícil de igualar.

¿Cómo fue jugar en Barcelona?
Llegué contento y optimista de poder ser uno de los serranos en la Costa que marque una diferencia. Hubo muchas cosas y no pude jugar de entrada, por una carta de la FIFA diciendo que era jugador libre. Barcelona la presenta en la FEF para arreglar conmigo y no con Espoli.

Tengo problemas con la Federación y aparece el famoso “pacto de caballeros” de los presidentes: que ningún jugador considerado libre pueda ser inscrito por cualquier equipo. Se logra hacer un acuerdo, pero ya habían pasado nueve fechas.

Pero el DT colombiano, Víctor Luna, no lo consideraba.
No sé si fue aleccionado o qué paso, pero no jugué casi nunca. Estuve en cuatro partidos apenas y para el siguiente año querían que me quedara. Yo les dije: “para qué me quedo. Si quiero vacaciones pagadas, yo mismo me las pago”.

Decidí salir a aventurarme y ahí se dio lo de Macará gracias a mi primo (Christian Castro), que se rompió tibia y peroné y me recomienda, porque además dirigía Sevilla. Fue todo un año de vacaciones y las cosas se olvidan, tenemos la memoria a corto plazo. Se olvidaron de que jugué fútbol, de que estuve en la selección.

Su único título llega con El Nacional en 2005. ¿Cómo fue esa temporada?
Ese año fue anecdótico. Álex fue campeón con Liga en el Apertura y yo campeón con El Nacional en el Clausura. Fue una temporada muy corta, pero de muchas emociones. En El Nacional estaba Ever Hugo Almeida y llego recomendado por el profesor César Benalcázar.

Se sienta conmigo Almeida, antes de inscribirme y me dice: “Acá me han dicho cosas feas de ti, pero no les creo nada. Yo fui un líder en mis equipos, peleaba por mis compañeros y si tú eres de esos, bienvenido. Si me demostrás que no, yo mismo te boto”. Yo nunca he quedado mal cuando me dan una oportunidad.

Él tenía una forma medio rara de dirigir, porque cambiaba hasta los arqueros, pero tenía a siete fijos y rotaba a cuatro: el arquero, el volante por derecha, por izquierda y un delantero. Había que pelear, pero jugué mucho. Me lesioné y no pude estar en el último partido, pero cojeando fui a celebrar. (I)

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