Carlos Torres: “Kaviedes fue el jugador más difícil con el que lidié”

- 03 de marzo de 2019 - 00:00
Foto: José Morán / EL TELÉGRAFO

El “Palillo” destapa secretos de su relación con el “Nine” cuando lo dirigió en Emelec. Además, cuenta por qué invitó a pelear a Marcelo Elizaga durante un entrenamiento y cuál fue la razón por la que intentó pegarle a Armando Paredes con una silla.

Carlos Torres Garcés era solo Carlos Garcés cuando empezó a jugar fútbol profesional en 1970. El hábil volante de creación esmeraldeño utilizaba únicamente su apellido materno como una suerte de homenaje y agradecimiento a su progenitora, quien lo crió sola, sin una figura paterna.

El “Palillo” nunca conoció a su padre porque abandonó el hogar cuando él nació. No sabe si está vivo o muerto. Nunca sintió la necesidad de buscarlo. Lo único que sabe de él es que perteneció a una importante familia cuencana y que llegó a Esmeraldas para trabajar en la reparación de  motores de los barcos que atracaban en el puerto.  

Torres Garcés creció jugando fútbol en la playa Las Palmas, su barrio de infancia. Allí, en la arena del mítico balneario esmeraldeño, forjó el talento que lo llevó a El Nacional, Toluca, Emelec, Barcelona, Nueve de Octubre y a la selección ecuatoriana.

Su inteligencia y visión para el fútbol hicieron que se convirtiera en estratega. Dice que es director técnico por convicción y no por necesidad, aunque ahora está alejado de los terrenos de juego.

Hace dos años regresó a Ecuador después de servir 7 años como cónsul en Alicante (España). No dirige a un equipo de fútbol desde 2008, cuando estuvo al mando del Deportivo Azogues. Desde entonces no ha recibido propuestas para volver, pero esta abierto a escucharlas.

Después de su paso fugaz por el Azogues usted desapareció del radar futbolístico para dedicarse a la diplomacia. Ahora no sabemos si encasillarlo en el grupo de los directores técnicos activos o en el de los retirados.

Yo sigo estudiando fútbol todos los días, más que antes  incluso. Estoy abierto a escuchar nuevas propuestas. Yo no he anunciado aún mi retiro, sigo activo. Y me siento bien en esta etapa de mi vida porque este tiempo lejos de la dirección técnica me ha permitido desarrollar otras habilidades.       

¿Cuáles?

Me he dedicado a investigar cómo funciona la inteligencia emocional de las personas. Últimamente me he interesado en las relaciones interpersonales, en la convivencia, en las empatías. Podría decirse que soy un coaching, me dedico a motivar grupos en instituciones junto con una empresa a la que me asocié. Ahora me siento un director técnico más completo. Durante mi etapa de jugador era muy explosivo y no podía controlar mi temperamento.        

¿Como aquella vez que invitó a pelear a Marcelo Elizaga en la concentración de Emelec en el complejo de Samanes?

Marcelo no creía en mí ni en mi equipo de trabajo cuando asumimos la dirección técnica de Emelec. Cuando asumí el cargo decidí que los arqueros debían jugar también con los pies. Así que dispuse que todos los guardametas del equipo debían entrenar con el resto del grupo, no aparte. Yo quería que Elizaga sea un jugador más porque eso nos ayudaba a tener superioridad numérica frente al rival; la idea era que se convirtiera en un defensa más. Pero él no estaba de acuerdo, me miraba mal y pasaba aislado del resto del grupo. 

Una mañana estaba lloviendo fuerte en Guayaquil y la cancha del complejo se había inundado, así que decidimos trabajar en el comedor de la concentración. La idea era hacer trabajo de fuerza y Marcelo no acató las órdenes que le dimos. Yo me irrité inmediatamente, él me insultó, yo le respondí el insulto y lo invité a pelear.            

¿Y pelearon?

Duffer Alman, que era el preparador físico, me tranquilizó. Los jugadores hicieron lo mismo con Marcelo. No pasó a mayores, pero yo estaba decidido a tirar puñete. Después hablamos con la dirigencia, pedimos disculpas mutuamente y Elizaga se convirtió en nuestro mejor aliado, se comprometió con nuestro proyecto. Siempre pedíamos su punto de vista antes de tomar alguna decisión. Si eso hubiera pasado hoy, mi reacción habría sido otra.           

Un episodio similar ocurrió con Armando Paredes también en la concentración. Tenemos entendido que usted lo persiguió tratando de golpearlo con una silla. ¿Es cierto eso? 

Es verdad, él no se concentraba plenamente en los partidos, sino en lo que iba a hacer después, en las fiestas. Nosotros teníamos la costumbre de quedarnos concentrados después de los cotejos, pero una noche mientras estábamos cenando, Paredes se me acercó para pedirme permiso para abandonar la concentración porque su mamá estaba enferma. Yo sabía que era mentira porque nosotros le hacíamos inteligencia. En ese entonces estaba casado con una hija del “Che” Pérez y su suegra era nuestra aliada. Ella nos contaba todo lo que hacía Armando, dónde iba, con quién andaba, a qué hora se dormía. Nos contaba todo. Así que ese día le dije que no podía salir.

Mi respuesta lo desquició por completo, empezó a gritarme e insultarme, mientras yo le pedía que se calmara. Pero no lo hizo y me colmó la paciencia. Por eso me levanté de la mesa, lo perseguí por todo el comedor de la concentración, le lancé la silla una, dos, tres veces, pero no alcancé a pegarle.  Paredes tenía una patología extraña y necesitaba ser tratado; molestaba y solo se quedaba tranquilo cuando le pegaban. Era masoquista.                

¿Es Armando Paredes el jugador más difícil con el que le tocó lidiar durante su carrera como director técnico?  

Jaime Iván Kaviedes fue el jugador más difícil que me tocó lidiar. Yo lo dirigí en Emelec en 1997 y estaba frustrado porque no tenía espacio en el equipo titular. Pero cómo iba a jugar si en la delantera teníamos dos monstruos: Ariel Graziani y Carlos Alberto Juárez.

Kaviedes era rebelde. Mientras el grupo realizaba un trabajo específico, el prefería quedarse solo disparando al arco.  

Un día se enojó porque seguía sin ser titular.  Desapareció tres meses. Pese a que sabíamos que tenía problemas emocionales por el  fallecimiento de sus padres, no supimos ayudarlo.

Era un extraordinario jugador, pero impredecible en su forma de ser.

Después me pidió disculpas y regresó al equipo gracias al pedido que me hizo Omar Quintana, quien era el presidente de la comisión de fútbol y tenía mucha esperanza en él.                 

Y usted conocía bien a Kaviedes, puesto que fue quien lo recibió en la Sub-16 de Emelec cuando usted era director de las divisiones formativas en 1992...  

Jaime Iván pudo haber decidido jugar en El Nacional, en Liga o en cualquier equipo de Quito, pero llegó a Emelec porque su tío era mi amigo; nos conocimos en Santo Domingo de los Tsáchilas, donde yo empecé a jugar fútbol. Un día me llamó y me dijo que su sobrino quería jugar en Emelec y que lo probara. Yo acepté y nos deslumbró con su talento. Tenía 16 años, luego vino el proyecto de Los Extraterrestres.           

Después de convertirse en uno de los goleadores históricos de Emelec y de pasar por Italia, España, México, Portugal, Inglaterra y Argentina, Kaviedes volvió a Emelec en 2007, pero nunca fue inscrito. ¿Qué pasó?  

Jaime Iván nos engañó. Me dijo que quería volver a Emelec y yo le abrí las puertas sin pensarlo dos veces. Le preparamos una planificación especial de entrenamiento, lo mimamos para que se sintiera cómodo en el grupo, pero un día volvió a desaparecer. Él ya tenía un acuerdo para jugar en El Nacional.   

Hablemos ahora del Emelec de 2006. Usted dijo en algún momento que nunca fue tan feliz en el fútbol como en esa temporada, ni siquiera cuando quedó campeón en 1994...       

Y no estaba exagerando. Ese año demostramos que no siempre el dinero es importante en el fútbol. Nos llenamos de convicción, pero lo que más rescato es que le devolvimos a la hinchada la alegría y los deseos de ir al estadio por la forma como jugaba el equipo. El presupuesto del equipo era de $ 80.000 mensuales; con eso nos las arreglamos para armar un equipo competitivo.          

Un equipo que se armó con remiendos. Recuerdo que usted tuvo que organizar entrenamientos de pruebas para observar a nuevos jugadores. ¿Cómo hizo?  

El presidente de ese entonces, Ferdinand Hidalgo, me dijo: “Esto es lo que hay, haga lo que pueda”. Y fue un gran desafío para todos. Regresó José Luis Quiñónez, a quien la dirigencia había casi que regalado a Liga de Portoviejo. Vinieron Peter Mercado y Marcos Quiñónez, ambos habían sido desechados. Michael Arroyo estaba relegado a las reservas y de Christian Noboa se decía que solo servía para jugar al cambio. Contábamos también con José Aguirre, quien no sabía si era 10 o lateral. De Carlos Andrés Quiñónez se decía que si jugaba un partido completo debía descansar tres. Ese equipo rompió muchos mitos.

Marcos Mondaíni y Luis Miguel Escalada llegaron como caídos del cielo entonces.  

Llegaron por una recomendación de un amigo argentino cercano a la dirigencia de Boca Juniors. En ese equipo eran la cuarta o quinta opción en la delantera, no iban a jugar nunca. Ambos vinieron a prueba, los vi y en solo 10 minutos me convencieron y ordené que se los contratara.         

Y le jugó el número.    

Para nuestra fortuna. Eran chicos muy jóvenes, con muchas ganas de triunfar en el fútbol. Cuando llegaron organizamos un partido amistoso y llenaron la retina del cuerpo técnico. De Mondaíni sabía que era puntero por derecha, pero Escalada era 10 en Boca Juniors. Como él sabía que Armando Paredes era el volante de creación del equipo, me dijo que jugaba de 9. Yo sabía que me estaba mintiendo, pero no le dije nada y lo dejé que jugara porque necesitábamos delanteros. Y nos resultó. Ese año fuimos felices todos porque nadie jugaba para ganar plata.           

¿Eran bajos los sueldos?

Mondaíni y Escalada empezaron ganando $ 1.500 y a mitad de año les subieron a $ 3.000 por sus buenos desempeños. Algunos ganaban entre 600 y $ 800. Peter Mercado no superaba los $ 300 mensuales.     

Pero esa convicción nos les alcanzó para ser campeones. El Nacional terminó la liguilla final con 19 puntos, dos más que Emelec. ¿Por qué?

Hubo algunos partidos que pudimos haber ganado, pero no lo hicimos por razones que no tienen nada que ver con el fútbol.   

¿A qué se refiere? 

Conspiraron contra nosotros, pero no quiero entrar en detalles. Me quedo con el hecho de que fuimos el equipo que mejor jugó al fútbol. Era un juego alegre. Muy dinámico en la delantera y fuerte en defensa.      

Marco Quiñónez estaba relegado en Panamá y terminó convirtiéndose en el mejor defensa del equipo...

Una mañana estábamos haciendo fútbol en el complejo Samanes y la pelota le llegó a los pies. Yo estaba sentado en una piedra debajo de un árbol. Marco recibió la pelota y de un puntazo la devolvió al área contraria pese a que tenía un amplio panorama para pasarle la pelota a otro compañero. Me acerqué a él por detrás del arco y le pregunté por qué hacía eso. Me respondió que el anterior director técnico del equipo le había dicho que cada vez que recibiera la pelota la despejara lo más lejos posible porque no tenía condiciones para salir jugando. Yo le dije que si lo seguía haciendo no iba a tener espacio en el equipo. Corrigió, se convirtió en un gran defensa y unos años después quedó campeón con Deportivo Quito.     

Christian Noboa no era titular cuando usted asumió la dirección técnica de Emelec pero después fue clave para el funcionamiento del equipo. ¿Qué papel jugó usted para que el jugador subiera su nivel? 

Con Christian Noboa ocurrió una situación delicada. Yo lo quería mucho, pero su nivel no le daba para ser titular; en su posición teníamos al colombiano Luis Guillermo Rivera, José Luis Quiñónez y Juan Triviño, a quien a veces utilizábamos como volante de marca.  Era común que durante los partidos insultaran al cuerpo técnico desde las gradas. Había un grupo de personas que se ubicaba detrás de la banca que nos gritaba, insultaba y pedía que jugara Noboa. Yo no puedo asegurar esto, pero me contaron que él tenía unos parientes que le pagaban a gente para presionar al cuerpo técnico para que metiera a Noboa a la cancha. Incluso antes del partido empezaban a gritar “pon a Noboa”.  Un día, durante un partido,  Duffer Alman y Urlín Cangá encararon a estas personas y los expulsaron. Yo me enojé y sin pensarlo me di la vuelta, miré a Noboa y le dije: “Por tu culpa pasó esto”. Pero no había sido culpa de él realmente. 

En el entrenamiento posterior a ese partido estuvo a punto de romperle la pierna a Michael Arroyo y lo expulsé de la práctica. Noboa estaba convencido de que lo iba a botar del equipo, pero eso no pasaba por mi cabeza. Unos días después sus familiares fueron a hablar con los dirigentes para pedir explicaciones. Noboa jugaba presionado por la familia y por la naturaleza del fútbol como tal. Por eso una noche lo llamé a mi habitación en la concentración y le dije que si quería llegar lejos en el fútbol debía pedirle a su familia que no se metiera en su carrera deportiva. Ellos estaban indisponiendo al cuerpo técnico y el único perjudicado era Noboa.                   

¿Y lo hizo? 

No sé si lo hizo, pero su familia nunca más apareció y se dejaron de escuchar los insultos atrás de la banca de suplentes.

Surtió efecto entonces su consejo...

Un día Armando Paredes cometió un acto de indisciplina y lo relegué al equipo suplente. Le di la oportunidad a Noboa y la aprovechó. Se convirtió en el mejor jugador de Emelec y después se fue a Rusia. No exagero cuando digo que Noboa es el mejor mediocampista que ha pasado por Emelec.  

¿Incluso mejor que usted?

Así es, mejor entrenado. Las prácticas que se realizaban en mi época como jugador eran primitivas. Cuando estuve en El Nacional el entrenador nos hacía correr desde la Mitad del Mundo a Pomasqui. Todos los días nos hacían correr 10 kilómetros, era inhumano, nos dolían las rodillas y los tobillos. Yo corría unos cuantos metros y me subía en la primera  camioneta que pasaba. Lo hice hasta que me  descubrieron y me sancionaron.          

Usted es esmeraldeño, pero paradójicamente nunca jugó en un equipo de su provincia...

Antes de debutar profesionalmente en El Nacional jugué en el Cafi FC, un equipo de una hacienda bananera que administraban unos tíos en Santo Domingo de los Tsáchilas y a donde yo iba de vacaciones todos los años. Allí jugué hasta que los dirigentes de El Nacional se enteraron de que en Santo Domingo había un flaquito con afro que jugaba bien. Así empecé en el fútbol.

Y después de jugar 5 años en El Nacional y ganar el título de 1973 se fue a México a jugar en el Toluca...

Sí, pero no me fue bien. Jugué apenas dos partidos. Quería regresar al país. No me adapté.

¿Por qué? 

Yo había vivido en Quito, pero en Toluca hacía mucho más frío. Por suerte me llamó Emelec y pude regresar a Ecuador.

Eso fue en 1979 y un año después fue fichado por Barcelona. ¿Azul o amarillo?

Durante mi niñez y adolescencia fui barcelonista, pero cuando llegué a Emelec me hice azul, hasta ahora.

Desde su etapa como futbolista usted estuvo vinculado a organizaciones afro. Recuerdo que en su etapa como entrenador, cuando dirigía a la selección ecuatoriana Sub-20 en 1999, Luis Chiriboga Acosta, presidente de la Ecuafútbol de la época, le dijo que había que blanquear a la Tricolor. ¿Qué le respondió?   

No nos había ido bien en el Sudamericano de Argentina. Terminamos últimos en el grupo A y sin puntos. Cuando volvimos al país, Chiriboga nos convocó a una reunión en su oficina para analizar el desempeño del equipo. Allí me dijo que el fracaso de la selección era mi culpa por haber convocado a tanto negro. Recuerdo ese momento como si hubiese sido ayer. Chiriboga estaba histérico y  tenía la cara roja como un tomate, tenía un aspecto monstruoso. Y como estábamos frente a frente me escupía la cara mientras me decía que a partir de ese momento él iba a blanquear todas las selecciones nacionales.   

¿Cómo reaccionó usted?           

Solo me reí, yo no me iba a poner a discutir con un ignorante que estaba convencido de que los blancos eran más inteligentes que los negros. A ese tipo de personas es imposible explicarle que la inteligencia no es patrimonio de ninguna etnia. Pero la lengua lo castigó, porque fueron justamente esos negros los que unos años después lograron la primera clasificación de Ecuador a un Mundial.

Usted dejó la dirección técnica de la Tricolor Sub-20 y no volvió a dirigir hasta seis años después. ¿Por qué desapareció?     

La Ecuafútbol me bloqueó como director técnico y no tuve propuestas hasta que Emelec me llamó para hacerme cargo del primer equipo en 2006. Me bloquearon porque denuncié el racismo de Chiriboga. Fui al Congreso Nacional, me recibió un diputado que había sido deportista, se interesó por el tema, pero unos días después lo vi en el palco de un estadio junto a Chiriboga. No necesito explicar qué fue lo que pasó, pero la denuncia no   prosperó. 

Integró ese selecto grupo de directores técnicos ecuatorianos que ayudaron a Dusan Dráskovic a transformar el fútbol ecuatoriano a finales de los 80 e inicios de los 90. ¿Qué enseñanza le dejó esa experiencia?

A Dusan Dráskovic le debemos lo que es el fútbol ecuatoriano actual. Él sentó las bases de lo que somos ahora. Carlos Coello Martínez, expresidente de la Ecuafútbol, fue quien lo trajo y nos permitió acompañar a Dusan en esta tarea. Lo acompañé a recorrer el país en un Fiat Uno que le obsequió la Federación. Una noche decidimos viajar a Loja y cuando nos dimos cuenta estábamos en Babahoyo, habíamos tomado mal la carretera. Cuando me reúno con Dusan nos acordamos de esa anécdota. (I)  

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