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Los ‘abue’ no solo cuidan a los nietos, son el tronco de la familia extendida, nos aportan identidad y pertenencia

Abuelos, malcriadores profesionales

Los ‘abue’ no solo cuidan a los nietos, son el tronco de la familia extendida, nos aportan identidad y pertenencia
02 de junio de 2014 00:00

Abuelo…

- Dime.

- ¿Son personas los gatos?

- Persona es todo lo que tiene alma.

- ¿La tenemos tú y yo?

- Eso solo lo sabremos tras la muerte.

- ¿Por qué?

- Porque el alma es inmortal. Quienes la conquistan no mueren.

 

Los abuelos nos cuentan cosas ‘raras’, lo sabemos quienes los hemos vivido y los seguimos sintiendo en sueños. Y lo sabe Caterina, una pequeña preguntona, nieta del escritor Fernando Sánchez Drago, a quien le contó un largo y mágico cuento: Soseki, inmortal y tigre.

Abuelos contadores de cuentos, cómplices y juguetones, acolites, de manos suaves… Hay quienes los acusan de ser ‘malcriadores profesionales’. Hay adultos contrariados que no pueden entender por qué sus padres no fueron con ellos como lo son con sus hijos y cómo así reemplazaron sus fotos por las de los nietos. Con esta señal: los padres descubren 2 verdades: que no están solos en la tarea y que han entrado en la madurez.

Hay de todo. Y que haya abuelos cerca es ¿un privilegio?

“Tienen el tiempo que se les perdió a los padres; de alguna manera pudieron recuperarlo. Leen libros sin apuro o cuentan historias de cuando ellos eran chicos. Con cada palabra, las raíces se hacen más profundas; la identidad, más probable”, dice el médico argentino Enrique Orschanski.

Y cuánta razón hay en ello si hacemos una panorámica de los últimos 50 años: la vida familiar cambió drásticamente como consecuencia de un nuevo sistema de producción. La inclusión de la mujer al trabajo llevó a que ambos padres se ausenten por largos períodos, creando lo que llaman el ‘síndrome de la casa vacía’.

Muchas niñas y niños crecieron a cargo de personas ajenas al hogar o en instituciones. “Esta tercerización de la crianza se extendió y naturalizó en muchos hogares”, reflexiona Orschanski.

Sí hay afortunados. Para Karina Palacios Guevara, comunicadora y experta en desarrollo transpersonal, “no hay relación más libre que la de la abuela o el abuelo con sus nietas y nietos. Se atraen naturalmente entre sí, sin que medie otra cosa que la intuición. Y el amor, por supuesto”.  

Pero ¿de qué está hecha esa intuición? Ser uno con y en el otro es un estado al que llegan los abuelos una vez que han transitado un largo trecho del viaje —la vida—. “Individuación o autorrealización son los términos con que C. G. Jung designa a esta empatía profunda y trascendente, que no juzga, tampoco justifica, más bien comprende cada situación, cada conducta hasta desentrañar la enseñanza que una u otra contiene. Los abuelos pasan de ser viajeros a ser fuente de conocimiento. Así es como se convierten en sabios, magos o brujas”.

Pero los padres de los padres no solo cuidan, son el tronco de la familia extendida, la que aporta algo que los padres no siempre vislumbran: pertenencia e identidad, factores indispensables para enfrentar la contemporaneidad. Orschanski llama ‘abuelazgo’ a esta forma contundente de comprender el paso del tiempo, de aceptar la edad y la esperable vejez.

En diversas culturas e intimidades, los abu, abuela/o, nona/o, bobe, zeide, tata, yaya/o opi, oma, baba, abue, lala, babi, o por su nombre, cuando la coquetería lo exige, “lejos de apenarse, sienten al mismo tiempo otra certeza que supera a las anteriores: los nietos significan que es posible la inmortalidad. Porque al ampliar la familia, ellos prolongan los rasgos, los gestos: extienden la vida. La batalla contra la finitud no está perdida, se ilusionan”.

Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día. Son incomparables cómplices de secretos. Malcrían profesionalmente porque no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. Consideran, con autoridad, que la memoria es la capacidad de olvidar algunas cosas. Por eso no recuerdan que las mismas gracias de sus nietos las hicieron sus hijos. Entonces no las veían, andaban preocupados por educarlos.

Son personas expertas en disolver angustias cuando, por una discusión de los padres, el niño siente que el mundo se derrumba. La comida que ellos sirven es la más rica; incluso la comprada. Los abuelos huelen siempre a abuelo. No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O no recordamos su aroma para siempre?

Y para que sepan los descreídos —dice Orschanski—: los abuelos nunca mueren, sólo se hacen invisibles.

- Abuelo…

- ¿Y estarás en el cielo?

- Si no estoy ahí no estaré en ninguna parte, porque habré muerto sin tener alma.

- ¿En qué cielo? ¿En el de los hombres o en el de los gatos? -

- ¡Ojalá haya un solo cielo!

TESTIMONIOS

 

‘Los abuelos ya hicieron su trabajo’

“Tengo 4 abuelos. A los 2, por parte de mi mamá, los veo cada semana. Me dan mesada, pero no es por esas cosas físicas que me siento mimada, sino que me ayudan siempre... Mi abuela me ha enseñado cosas puntuales como hacer fanesca y colada morada (jajajaja), pero ante todo a cuidar de mí misma y muchísimas más porque me encanta su manera de ver el mundo. Mis abuelos no me criaron, porque mis papás siempre cuidaron de mi hermano y de mí; casi no nos encargaban con ellos. Y me parece correcto, uno tiene que estar con sus padres; además los abuelos ya hicieron su trabajo; ahora solo tienen que mimarnos y pasar bien”. 

Abril Macías, 17 años

 

‘Los amo hasta el cielo...’

Tiene 5 años y la convivencia con sus abuelos es frecuente. Siente mucho amor por ellos. Pero recuerda: “me tratan un poquito mal porque no como, es que a veces no avanzo, pero ya voy a comer”.

Le gusta pasar tiempo con ellos: jugar, ir al cine y ver tele. “Quiero que mis abuelitos me den la comida y que no se mueran porque si se mueren ya no tengo abuelitos”. Dice que sí lo consienten y que eso lo hace feliz. Y aunque a veces les falta paciencia para corregir sus travesuras, buscaron el modo de mantenerse cerca, por eso además de abuelos, son sus vecinos. “A mis abuelitos los amo hasta el cielo y más allá”.

José Francisco Quispe Endara, 5 años

 

‘Mis abuelos me hicieron cariñoso y respetuoso’

“El olor a la comida a leña, el sonido de los caballos de paso y el arranque de alguna camioneta... es lo primero que se me viene cuando me acuerdo de mi niñez. Cada una de estas imágenes tiene que ver con mis abuelos: el ‘papito’ y la ‘mamita’. Mi abuelo Amable murió hace 6 años, fue mi ejemplo de hombre: sacó adelante a una familia tan grande, siempre muy trabajador, directo, hablaba sin rodeos; por él amo el campo y a los caballos. Mi mamita Balvina es la mujer más dulce y generosa del mundo, nunca nos ha negado una mano; valiente e íntegra. Ellos me hicieron un hombre cariñoso y respetuoso, de valores profundos”.

Daniel Aguayo, 26 años

 

‘Me crié más tiempo con mis abuelitos’

La Nena, como le dicen sus familiares, tiene 10 años. Parte de su infancia creció con sus abuelos porque sus padres estudiaban y trabajaban. Para ella sus abuelitos han sido sus profesores, sus maestros de vida. “Mi vida sería muy triste y no aprendería nada si ellos no estuvieran. Yo me crié más tiempo con mis abuelitos por eso sin ellos no podría hacer nada”. Le gusta que le corrijan, “me explican mis errores y así mejoro”. Ellos le han enseñado a ser buena estudiante y a esforzarse por lo que quiere. “Los amo mucho”. Gaby mantiene un lazo muy fuerte con sus abuelos y siempre se mantienen en contacto, viajan juntos o duerme en su casa los fines de semana.

Gabriela Alejandra Quispe Endara, 10 años

Gustavo Terán Sarzosa juega en el parque de La Carolina con su nieto José Ignacio Viteri Terán. Foto: Miguel Jiménez
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