Las tribus metaleras que conquistaron el Itchimbía

14 de agosto de 2011 - 00:00

Dos minutos antes del mediodía, el reloj de sol de la plaza del Intihuatana, en el parque Itchimbía, daba cuenta del intenso calor que caía en línea recta. La ciudad se había quedado abajo.

A esa hora sonaron los primeros “riffs” de guitarras y, sobre ellos, la soprano de Chernobyl abría el festival con el único momento gótico-doom que se escucharía durante la jornada inicial del Quito Fest, que es considerado como el evento musical más importante del año en Ecuador.

Aproximarse hacia las primeras filas todavía no era muy difícil, pero pronto lo sería, pues los cientos de rockeros fueron atraídos enseguida y antes de que los Chernobyl fueran sucedidos en la tarima por los poderosos mantenses de Réplika, la explanada ya estaba llena. Todo transcurría con puntualidad. Ahí arriba, los músicos manabitas descargaron un metal sólido y su despliegue escénico mostró la solvencia de una carrera de más de diez años en la escena “underground”, sin que muchos de los grandes medios locales se dieran siquiera cuenta de su existencia. Cada banda tuvo su tiempo cronometrado de actuación en una pantalla instalada sobre las tablas. Cada tiempo de transición para ajustar los detalles técnicos fue de 15 minutos.

14-8-11-quitofest01Entre el personal rockero (cincuentones, veinteañeros y decenas de niños) emergían los “cuernos de chivo” y se armaban los primeros tímidos círculos de “mosh”. Las espaldas negras llevaban los logos de Obituary, Metallica, Iron Maiden, Sepultura. Algunas lucían los de las bandas ecuatorianas Madbrain, Basca, Bajo Sueños, Sal y Mileto, pero el que más se veía era el de los estadounidenses Testament, encargados de cerrar el cartel del día. Andrea Mejía, portovejense de 21 años, radicada en Guayaquil, llegó para verlos, pero también para escuchar a los Confronto, porque le dio mucha curiosidad ver a una banda de metal de Brasil.

Mientras tanto, las Onírica, consideradas como una de las primeras bandas metaleras, formada solo por mujeres en el Ecuador, sacudían sus melenas con la firmeza de quienes dedican el tiempo debido a su oficio y a escribir letras con identidad. Eran las 13:40. Las “Damas del Metal”, como se hacen llamar, fueron el preludio de los cuencanos de Bajo Sueños, quizá los más aclamados hasta ese momento, pues a Mauricio Calle, el “frontman” del grupo, le bastaba con dirigir el micrófono hacia la gente para que los coros de sus temas se escucharan multiplicados por miles.

El sol se estrellaba contra los rostros empapados de sudor, fruncidos de emoción. A Bajo Sueños le ampara un gran trabajo de difusión desde mediados de los noventa. Su fórmula, posiblemente, es la estructura estándar del heavy metal para montar melodías fácilmente memorizables, con una ejecución vocal precisa, de vibrato justo y buen relacionamiento con el público. No en vano a varias adolescentes se les cortaba la voz y se les humedecían los ojos al intentar seguir el comercial estribillo: “Nada de amor, nada de amor, que aún se escucha el silencio entre tú y yo”.

Era el turno de los Notoken, de Guayaquil: hardcore al más puro estilo del punk seudoanarquista local de los noventa, con insultos y más insultos, a pesar de que arrancaron con uno de sus mensajes emblema: “Esta es la raza, es la raza única, somos seres humanos; racismo es basura. Esta es mi raza y si no te gusta…”, y de ahí el “condumio”.

Después se oyó su afrenta contra el odio racial: “Porque todos odiamos ciertas cosas, ¡pero todos somos iguales, h…!”. Ya lo decía el extinto Sid Vicious, de los Sex Pistols: “Para hacer punk, basta con colgarse una guitarra y rasgarla”.

14-8-11-quitofest03Los brasileños de Confronto, generosos, conmovidos y metaleros serios, hicieron de su show de death un acto de gratitud para Quito y su público. “¡Ustedes son uno de los festivales más importantes del mundo! ¡Ustedes son el orgullo de Latinoamérica!”, dijo su voz principal, Felipe Cheuan, en claro “portuñol”. Las luces parpadeantes en escena se encendieron cuando Andrea se acercó de nuevo a la tarima. La tarde se le alargaba para ver a Testament. Ahí llegaron los Mortero y su core metalero bastante  marcado por el hip-hop. Luego, Colapso, con una sucesión de agresivos “beats” y la pesadez de unos “riffs” rotundos: la perfecta alfombra roja para que Ecuador recibiera a los estadounidenses de Testament entre voces que repetían su nombre con los puños y los cuernos arriba.

Andrea, la portovejense, solo miraba al frente detrás de sus mechones negros. Su procesión iba por dentro. Cerca de ella, Miguel, de siete años, esperaba también con los ojos puestos sobre el tablado y sus pequeños dedos formando los cuernos del rock. Su padre lo llevaba en hombros. A las siete y veinte de la noche, al escenario, uno por uno: Eric Peterson y Alex Skolnick, en las guitarras; Greg Christian, en el bajo; Gene Hoglan, en la batería; y Chuck Billy, en la voz. Miguel gritó   “¡Testament, Testament!” y Billy llamó: “¡C’mon, Quito!”.

En la explanada del Itchimbía, tapizada de melenas y brazos levantados, se movían en círculos apretados mientras se sucedían “Over the wall” (del album “The Legacy”); sonó “Practice what you preach”, “Souls of black”; “Electric crown” (del álbum “The ritual”); “3 days in darkness” (de “The Gathering”)… Billy interactuó con la gente, pidió armar el círculo antes de cantar “Into the pit”, complació el pedido de alguien que gritó “¡Alone in the dark!”. La gente le respondió los coros de “Alone in the dark” y él dijo “¡Gracias!”, en español. Luego: “I wanna hear your voices after…”. Una hora de thrash clásico, casi tal cual sonaba en los ochenta y noventa. Cuando Billy vio al pequeño Miguel sobre una de las cercas de contención, lo señaló y le sonrió mientras cantaba, a través de él, a una tercera generación de metaleros ecuatorianos que recién ahora merecen la atención del gran mercado de la música y de los medios.

Andrea no quitó sus ojos de la tarima hasta que  desaparecieron de ella los músicos. Estaba impresionada: “¡Sonaron increíble!”, dijo. Eran las ocho y cuarenta. Solo entonces dio la vuelta y se unió a los miles de asistentes que bajaron del Itchimbía en grupos, en tribus, en familia, para repoblar la noche de la ciudad.

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