David Bisbal divide su show en dos capítulos

08 de octubre de 2011 - 00:00

Cada movimiento de David Bisbal, por más insignificante que sea, provocaba la histeria de las féminas que acudieron al coliseo Voltaire Paladines Polo. Y el español lo sabía. Por eso, para el final vistió una camiseta de la selección ecuatoriana de fútbol, por encima de la blanca que llevaba, empapada por el sudor.

Eran las diez y media de la noche del jueves pasado y sonaba Wavin’ flag, mientras las pantallas gigantes del fondo proyectaban el video del cantante K’naan. Bisbal alternaba en castellano con el somalí-canadiense, quien la interpretaba en inglés.

El de Almería flameaba una pequeña bandera de Ecuador con su mano derecha ante el delirio de las casi diez mil personas que fueron a verlo. Alguien levanta una de España y el ex participante del reality  Operación Triunfo se da cuenta. Pidió que se la hagan llegar a sus manos.

-Quiero juntarlas como hermanas. De esto se trata la canción. Dejemos las tonterías que nos dividen en la vida real- dijo.

Bisbal dirigía al público a su antojo, como director de orquesta.
-Quiero escucharlos, a ver los de primera fila, oh, oh, oh...
-En las gradas, oh, oh, oh...
-En la izquierda, oh, oh, oh...
-A la derecha, oh, oh, oh...
-¡Todos!, oh, oh, oh...

Esa era la esencia de un Bisbal carismático y prácticamente imparable en la tarima de 14 metros de largo por 12 de fondo, que estuvo instalada desde el miércoles pasado para la ocasión. El intérprete, de 32 años, giraba como trompo; a ratos, saltaba un par de metros y mientras descendía pateaba al aire como si fuese un ninja.

Con una voz potente, que se reproducía aún más con los 100 mil vatios de potencia que botaban las 50 cajas de sonido, que cinco personas monitoreaban desde el control máster, Bisbal recorría el escenario de un extremo a otro.

Incluso se detuvo por un rato hacia su derecha, sobre un parlante, para chocar sus manos con las de la  gente.
Pero el ibérico de cabellos rizados no es el único que sobresale en cada show.

Cuenta con una banda de apoyo, dirigida por David Palau, quien ejecutaba la mandolina y los solos de guitarra, que en ocasiones parecían de heavy metal, pese a que el estilo de Bisbal es una mezcla de pop con flamenco. Palau, quien usaba una gorra y no dejaba de chequear las partituras que reposaban en un atril a su izquierda, soltaba cuando quería algunos “tapping” (ese recurso guitarrero de presionar las cuerdas sobre el mástil).

El repertorio de Bisbal constaba de 20 canciones, pero al final regaló el “reprise” de Esclavo de tus besos, una de las más populares. Era una que ya había tocado al inicio junto con otras como Sin mirar atrás (la que da título a su gira mundial), Al andaluz, 24 horas o la balada Esa ausencia, de la que soltó algunos estribillos “a capella”.

Bisbal dividió en dos partes sus casi 120 minutos de concierto, que tuvo la participación previa del ecuatoriano Douglas Bastidas con un repaso a las canciones de Tranzas.

Durante el primer capítulo, el hispano ofreció varias de las canciones más bailables de su repertorio, entre ellas “Boom boom de mi corazón”, en las que sobresalía el baterista David Simó, desde el fondo.

Con la diversidad de tonos que salían de los 10 rayos de lámpara y las 60 luces robóticas que colgaban a 9 metros de altura, el español y su banda emularon sus recientes conciertos “unplugged’” por Sudamérica.

Fue el momento propicio para entonar Mi princesa, Ella (de su compatriota Alejandro Sanz) y una versión de “En un rincón del alma” (original del argentino Alberto Cortez), con la guitarra flamenca que ejecutaba Juan Sánchez y el contrabajo a cargo de Jordi Portaz.

Para el final reservó Ave María, Bulería,  Silencio (con “slap”, a punta de pulgar, que incluyó Portaz), Dígale y Wavin’ flag, la canción con la que empezó esta historia.

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