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Ecuador/Mar.7/Dic/2021

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Domingo 7

El nuevo régimen será inviable si reniega del diálogo, si apuesta al sectarismo.
05 de febrero de 2021 00:00

Mas que una convicción, la versión ecuatoriana de la democracia en este momento, se asemeja a la práctica de una superstición.

Los desesperados llamados de algunos candidatos a ejercer el “voto responsable”, advierten el castigo apocalíptico que caerá sobre el pecaminoso elector que rompa la cadena de votar por ellos y solo por ellos. Según su libreto amplificado por su propaganda, su publicidad, sus relaciones públicas, sus encuestadoras y sus redes sociales, errar no es humano y equivocarse es conjurar el domingo 7 que depara el infortunio a toda la nación. En semejante narrativa, flotar en estas elecciones es un don divino.

Pero el tema es más complejo: entre los 13 millones de empadronados en Ecuador obligados a sufragar en plena escalada de la pandemia, muchos dudan sobre la capacidad de cualquier postulante que gane las elecciones, para gobernar con mediano éxito y hasta el fin de su período. No es una duda menor en medio de la peor crisis económica, sanitaria, humanitaria y política de la historia del país.

La justificada desconfianza en los sondeos de opinión y su recurrente publicación de percepciones pesimistas alimentando hace años el despecho sobre la política, hoy hacen difícil cualquier pronóstico sobre el resultado de próximos comicios. A esto abona la evidente falta de experiencia de la mayoría de candidatos: solo tres de los 16 tienen experiencia relevante en el sector público que sustente su aspiración de conducir el Ecuador en medio de la tormenta.

Esta campaña electoral que no pocos iniciaron anticipadamente, asistidos por encuestas que se venden como recetas para ganar una elección, derivó en su recta final, a que algunos aspirantes exploten la demagogia más inaudita y el miedo como recursos para liderar la primera vuelta.

Es grave, que de entre los 16 binomios ninguno ha tendido puentes reales con el país y con su gente. Por el contrario, algunos presidenciables han anunciado que, de ganar, no están dispuestos a dialogar con ciertas fuerzas políticas. Este desplante de envanecida “consecuencia”, elude el hecho de que ningún gobierno será viable con una Asamblea fragmentada y atomizada, en la que lo más probable será que ningún bloque alcance absoluta mayoría.

El nuevo régimen será inviable si reniega del diálogo, si apuesta al sectarismo, si prefiere negociar bajo la mesa cargos y prebendas, impunidades y obsecuencias con grupos de poder nacionales o foráneos. Se impone un gobierno capaz de juntar los fragmentos de un país azotado por años de autoritarismo, división, corrupción e incompetencia, para rearmarlo y conducirlo a salvo.

En este contexto tan delicado, acudir a las urnas pese a la frágil reputación del organismo electoral, el temor al contagio y el desapego a la clase política, para elegir con sensatez, es el voto responsable que realmente cuenta; es un acto de convicción con la democracia que, como sistema de organización social puede significar tantas cosas cuantas una sociedad y sus élites imaginen, pero indudablemente es mucho más confiable que las estadísticas que la ocultan tras el montaje de la superstición. 

Consultor Político. Docente de la UASB

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