Un lustro de hablarle a las mentes inquietas

- 24 de octubre de 2016 - 00:00

En diario EL TELÉGRAFO tenemos algunos antecedentes ilustres en esta compleja tarea que es hacer periodismo cultural. Resuenan los nombres de Medardo Ángel Silva (que publicaba con el seudónimo de Jean d’Agreve), Enrique Gil Gilbert o Demetrio Aguilera Malta, en la primera mitad del siglo XX. A mediados de la década de los ochenta, empezó a circular el suplemento dominical Matapalo (de la editorial El Conejo), ese espacio cultural editado por Carlos Calderón Chico, primero, y por Xavier Lasso, después, que recogía las novedades literarias de la época. A lo largo de la historia de este diario han ido surgiendo estos pequeños esfuerzos por reseñar libros, criticar obras, plantear debates culturales o aproximarnos a todo tipo de manifestaciones artísticas. Esas cosas que le dan forma a nuestro pensamiento desde el campo de la sensibilidad.

El 23 de octubre de 2011, hace 260 ediciones, nació CartóNPiedra como un espacio para pensar la cultura, es decir, para pensarnos: ¿Qué leemos en Ecuador? ¿Qué escriben nuestros autores? ¿Qué hacen nuestras instituciones? ¿Qué programan nuestros teatros? ¿Qué tocan nuestros músicos? ¿Qué heredamos de nuestro pasado? ¿Cómo nos influye lo que está más allá de estas fronteras? Y en ese esfuerzo, por nuestros números han pasado escritores, dramaturgos, poetas, políticos, músicos, cineastas, críticos, coreógrafos, artistas y periodistas de mentes inquietas, de preguntas interminables. Personas con ideas que no suelen encontrar todo el espacio que merecen en la prensa ecuatoriana (salvando emprendimientos que —por esa misma razón—, tuvieron que crearse en Internet). Somos hijos de mucha gente, pero hermanos de muchos más. Así, el papel de CartóNPiedra es el de echar luz allí donde nos hace falta posar nuestra mirada.

Este ha sido el lugar para nutrir las discusiones, para entender a esos creadores que no suelen ser herederos de las tradiciones artísticas hegemónicas (las que inundan nuestros cines, las que llenan nuestras librerías), para replicar a esos lugares comunes de que la literatura, los versos libres, el arte contemporáneo, el teatro experimental o el cine latinoamericano son solo para intelectuales.

Y ahora cumplimos cinco años, con la esperanza de que este lustro un día parezca poco, y con la certeza de que estas páginas serán en el futuro la referencia para entender la literatura, el cine, la música y las artes —vivas o plásticas— que se vienen produciendo en Ecuador a partir de la segunda década del siglo XXI.

Un día podremos repetir una línea de la canción de Serrat que inspira nuestro nombre: «Hicimos del pasado un verso».

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