Un apostolado que dura toda la vida

05 de mayo de 2011 - 00:00

La proximidad de la consulta popular ha minimizado las fanfarrías previas al Día de la Madre. Es como si   los ecuatorianos hubiésemos dejado a un lado esa fecha tan importante, que  celebraremos el próximo domingo.

Si bien en las últimas décadas el festejo  se ha convertido en una excusa  para que las perchas y vitrinas de los centros comerciales y almacenes se colmen de regalos  para la “reina del hogar”, en el imaginario colectivo latinoamericano continúa siendo una celebración que tiene fuertes acentos en  nuestra estructura emotiva.   

El significado de este apostolado,  en   la posmodernidad, difiere únicamente en el grado de domesticidad que la antigüedad le  asignaba   a la mujer. Sin embargo, cuando  hoy le asigna   la sociedad  un espacio productivo y el tiempo que debe compartir con su núcleo,   es indispensable  revisar el papel  de madre.

La responsabilidad de engendrar, por ejemplo, no ha sufrido  cambios;  el sacrificio antes y después del parto sigue siendo el mismo. La diferencia se encuentra en  la voraz competitividad del mercado laboral, cuando más de una mujer tiene que   decidir entre la formación de un hogar o el ingreso  a las aulas  universitarias para obtener un título profesional que le permita acceder a los circuitos empresariales. Si es madre soltera, deberá enfrentar otros escenarios que, sin tomar en cuenta el bajo sueldo y su escaso poder adquisitivo, la convertirán en blanco de prejuicios y riesgos ante la  falta de guarderías para el cuidado de su hijo, a pesar de los esfuerzos del Gobierno y de sus políticas sociales por dotar de espacios de este tipo.

Reconocer el trabajo abnegado de las mujeres, pero sobre todo de nuestras madres,  es un deber ético que no debe agotarse en las bondades de los  electrodomésticos y teléfonos de última generación con los que las condecoramos por todos los beneficios recibidos; acostumbrémonos a festejarlas todos los días con amor.