Se cierra el “Sese” y con él una historia cargada de todas las emociones

20 de enero de 2013 - 00:00

La noticia ha sido más que una sorpresa, casi un dolor y hasta un suspiro profundo. No se trata de una muerte, pero como si lo fuera. No es una institución de esas que tienen banderas, estatutos y demás, apenas si el lugar donde se ha gozado de muchas maneras. Ocupa un lugar en la memoria de muchos. Allí se han gestado desde pasiones, amores, matrimonios, hijos y muchos chuchaquis saludables. Y también fue cómplice de esos amores pasajeros, plenos, intensos, que solo allí pudieron darse con la fe en la locura y en la pasión.

Como podrán leer en este número, Sebastián Rubiano (copropietario de la salsoteca) y Hugo Idrovo cuentan parte de su historia y del significado que tiene para muchos ecuatorianos y para la misma historia de este país. En otras palabras: no era un negocio ni una fuente de ingresos para una familia. Se fue forjando como un lugar al que había que ir para estar bien con el cuerpo, para el reencuentro con el espíritu más libre de cada piel, donde podía nacer una amistad infinita como reactivar otra que se había aplacado con el tiempo y las obligaciones laborales y familiares.

Para varias generaciones, este lugar también sirvió para registrar el paso del tiempo, la imposibilidad de seguir al ritmo de las nuevas generaciones y, por qué no, para revelar a algunos “viejos verdes” dando clases a los más jóvenes en el exquisito arte de la seducción.

Los que ya se fueron jamás habrían pensado que el “Sese” se cerraría algún día, para todos fue un lugar eterno y, posiblemente, lo seguirá siendo en la memoria, como una marca clara e indeleble de lo que es posible a partir de una pasión, en la ausencia de réditos o de la lógica pura del mercado.

¿Qué será ahora ese escenario vital? ¿A dónde irán muchos de los latidos que permanecen ahí como parte de su sistema circulatorio? ¿Es posible refundarlo? ¿Desde qué dimensiones vitales se podrá sostener su existencia en lo que queda de la humanidad?¿Para qué hay que cerrarlo si lo que no se olvida no se muere?

Este es, ante todo, un homenaje de doble vía: de agradecimiento por lo que se pudo vivir ahí y por lo que nos devuelve a nuestras esencialidades su desaparición.

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