Quito, la muy noble y leal

06 de diciembre de 2020 00:00

Las circunstancias únicas en las que conmemoramos 486 años de fundación de Quito, capital de los ecuatorianos, nos exige una reflexión respecto del papel que cada uno de sus habitantes cumple en su diario devenir. Si bien, en la tarea de construir la ciudad confluyen distintas perspectivas: económicas, sociales, territoriales, culturales, políticas y otras; es imperativo hacer un análisis desde lo interior de la ciudad, desde lo más sencillo, sensitivo y profundo, pero con prospectiva al futuro.

Quito, Distrito Metropolitano, como muchas ciudades del mundo, ha marcado su destino hacia el progreso, apostándole al desarrollo urbano - arquitectónico, al ordenamiento territorial, a la economía limpia y circular, a la sostenibilidad ambiental, a la conectividad efectiva, a la movilidad integrada, a potenciar el turismo, a la diversidad cultural, a la convergencia entre lo urbano y lo rural, en fin, a tantos vértices como rostros de ciudad existen, todos, sin embargo, aglutinados en una unidad que debe ser privilegiada y atendida desde sus expectativas más básicas, más aún, cuando se ha evidenciado su vulnerabilidad frente a lo que es la esencia de su acción: el ser humano que la habita.

El quiteño, sea de nacimiento, acogido o de paso, nos ha confirmado una sensible resiliencia ante las adversas circunstancias que ha atravesado. No ha perdido su gentileza, entusiasmo ni esperanza y ha dado muestras aleccionadoras de solidaridad y empatía. Son estos quiteños, los de corazón generoso y manos abiertas, el ancla en la que nuestras acciones deben verse reflejadas, de tal forma que, desde las manifestaciones más elementales hasta las más complejas, logremos enramar una comunidad que entre todos nos impulsemos hacia adelante.

Desde esa óptica cumplimos nuestro deber, entendido como el privilegio de ejercer un mandato popular, construyendo iniciativas tendientes a saldar las deudas institucionales que se han enraizado en el tiempo, aun cuando éstas resulten incómodas y complicadas en su ejecución; y, compensar la desidia de la autoridad que ha tolerado que la desigualdad, el desequilibrio y la discriminación gobiernen la gestión municipal.

Proyectamos una ciudad en donde los servicios públicos no sean un privilegio sino el ejercicio de un derecho ciudadano, prestados con oportunidad, eficacia y calidad y en la que todos sus protagonistas encuentren las posibilidades suficientes de trascender en sus expectativas y sueños y sus preocupaciones se restrinjan a decidir sobre el tiempo y el lugar para gozar de su ciudad.

Juntos, impulsando la materialización de una ciudad de encuentro y satisfacción de todos, coincidiremos en un homenaje justo a esta urbe, que entonces con sobradas razones ratificará ser la muy noble y leal, San Francisco de Quito.

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