La zona euro siente que llega el colapso

13 de julio de 2011 - 00:00

Manifestaciones de inconformidad, caídas históricas de las cotizaciones en el mercado bursátil y una gigantesca ola especulativa amenazan con devastar a Portugal, Italia, España y Grecia; pero, además, son expresiones de una crisis que resquebraja los cimientos fundacionales de la Unión Europea y la exasperación va tocando fondo porque las excusas son poco convincentes. El dique económico, construido para proteger y mantener inoculado al primer mundo,  está fracturado y revela una grave enfermedad que mantiene en vigilia a los íconos del progreso. Detrás de ellos está el capitalismo, que nada tiene que ver con las ideas filosóficas de Adam Smith, Max Weber y Joseph Schumpeter. En “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, Weber definía los elementos que deben inspirar a los empresarios en sus acciones a favor de la acumulación del capital. ¿Y por qué debería ser de esa manera si el capitalismo, tal y como lo conocemos, es salvaje? Porque en sus orígenes suponía una unidad moral entre el ser humano y su trabajo, de acuerdo a la doctrina calvinista de la predestinación y el éxito económico, como garantía de la gracia divina.

El problema, por lo que ocurre últimamente en la zona euro, es que mientras una clase multiplica groseramente sus ganancias, las demás se degradan, y ya se sabe que el crecimiento de los beneficios va en paralelo con la exclusión.
El pasado más inmediato de Ecuador también forma parte de esta rosca, elaborada y brindada por el FMI y el Banco Mundial para que nuestra digestión sea más amarga.

El cineasta Michael Moore describió la esencia del tema en “Capitalismo: una historia de amor” (2009), documental en el que desnudaba al sueño americano y la falta de escrúpulos de empresarios y gobernantes, que desaparecieron puestos de trabajo, ahorros, e incluso ciudades. Esta relación pecaminosa e ingenua, que tiene un halo de impunidad, es unilateral: la codicia y el bienestar de pocos determina la maldición de millones. Pero los de abajo ya nos cansamos de proporcionar felicidad a nuestros verdugos. Es como si el descontento que está multiplicándose en Europa haya comenzado en tierras latinoamericanas.