La inmediatez de las relaciones humanas prioriza lo urgente frente a lo importante

07 de abril de 2013 - 00:00

El mundo está acelerado. Las relaciones personales y sociales son cada vez  más cortas. El sistema en el que nos desenvolvemos  exige que seamos  más rápidos y eficientes  en cada acción de nuestra cotidianidad. El tiempo libre que tenemos para realizar actividades por fuera de la lógica productiva,   es mínimo. Hemos intercambiado el placer por la eficacia.      

Tal vez, la idea  más comentada  al respecto de este nuevo síntoma (y la que ocupa la mayor parte de su  análisis) es la del filósofo  polaco Zygmunt Bauman, en tanto señala  que el mundo está en un  estado “líquido”, en el que nada parece estar fijo o estable. Esta  “liquidez”, que es asociada a la inmediatez  de las relaciones humanas, se manifiesta como producto de los cambios incesantes de la  tecnología y de los devoradores modos de producción y consumo. Al respecto, Bauman señalaba que:  “Es menos probable que uno lea un libro por placer, dibuje, se asome a la ventana e imagine mundos distintos de los propios…

Es menos probable que uno se comunique con la gente real del entorno inmediato. ¿Quién quiere hablar con sus familiares si tiene a los amigos a un clic de distancia?”. 

Y claro, hemos desplazado el contacto real y corporal con nuestros amigos y familiares, donde una buena charla profundizaba aún más los lazos humanos de fraternidad, por una pantalla plana que inclusive nos entorpece   la vista. Y qué decir sobre  el tiempo destinado al cine, al teatro, a disfrutar del espacio público o a la lectura. Leer una refrescante novela de 200 páginas resulta, en los actuales momentos, un esfuerzo adicional que muchos  no están dispuestos a asumir, pese a que tengan la intención de hacerlo. De alguna manera nos hemos convertido en cuerpos eminentemente productivos.          

“Hay que ser más hedonistas”, gritaba Zizek en nuestra última edición. “El problema es que no nos centramos en lo que realmente nos satisface. Estamos atrapados en una competición malsana, una red absurda de comparaciones con los demás. No prestamos suficiente atención a lo que nos hace sentir bien porque estamos obsesionados midiendo si tenemos más o menos placer que el resto”, apuntaba el filósofo esloveno.

Así, en un universo que transita con celeridad sobre nuestras vidas (y viceversa), donde  muchas veces pensamos, actuamos y sentimos, sin pensar, sin actuar y sin sentir, urge la necesidad de  rever lo que pasa a nuestro alrededor. Que no nos vaya a pasar lo que denunciaba  una particular   caricatura argentina: “Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo importante”.

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