La depredación de la tierra no termina

22 de abril de 2011 - 00:00

Los ecuatorianos nos hemos acostumbrado a  realidades que en otras latitudes son inaceptables. En Guayaquil, por ejemplo, miles de ciudadanos le ganan espacio a las riberas del Estero Salado en todos sus ramales y  arrojan en sus aguas  desechos orgánicos e inorgánicos. Cada mañana, cuando la marea conduce hacia el puente 5 de Junio los desperdicios del día anterior, sus orillas aparecen cubiertas de basura. Las partes altas de la ciudad también están amenazadas: cerros y laderas  deforestadas y convertidas en zonas pobladas. De los tupidos manglares ya no queda mucho, los inmensos árboles de ceibo se doblegan ante la insaciable voracidad del hombre; y en la vía a la Costa las canteras devoran una parte de la cordillera Chongón-Colonche para convertirla en planicie que luego será ocupada  por los operadores inmobiliarios que levantan grandes urbanizaciones. Quienes residen o trabajan en los alrededores de las  avenidas Quito o Machala han olvidado lo que es la sombra de un árbol, pues solo queda asfalto y smog de los vehículos.

Y  lo que antes eran quebradas y riachuelos en Quito, capital de la República, ahora son amplias avenidas.  Estos ejemplos se replican en el resto de ciudades y olvidamos el poder de  la madre tierra para    recuperar sus espacios arrasando todo cuanto construimos. En ese lucha hombre-naturaleza perdemos en partes iguales.

Por ello, y por todo cuanto significa para los seres humanos, hoy, cuando celebramos el Día Internacional de la Tierra, se impone una   reflexión propuesta hace muchos años por el poeta azuayo Hugo Salazar Tamariz: “Somos tan pequeños y estamos férreamente unidos a la madre tierra que de lejos se diría que somos orografía y no un pueblo”. Palabras más, palabras menos, tenemos que asumir nuestra naturaleza por encima de  la soberbia que nos ha dividido en clases. Gracias al desarrollo de la aeronavegación espacial, hay quienes tienen el privilegio de observar solamente un globo azul desde el espacio exterior, en el que los humanos  apenas somos una probabilidad.