Es el momento de pasar de la inclusión a la normalización

- 28 de junio de 2020 - 00:00

Este domingo se conmemora a escala mundial el Día del Orgullo Gay. La fecha recuerda el inicio de las jornadas de protesta protagonizadas por pequeños grupos de gais, lesbianas y transexuales en Nueva York, a raíz de una redada policial efectuada en contra de un club neoyorquino de homosexuales en la madrugada de un día como hoy en el barrio Greenwich Village.

Las manifestaciones buscaban decir “basta” al trato discriminatorio y fueron el arranque de una lucha que -suena fácil decirlo- lleva ya 50 años en busca del respeto de los derechos de las personas con una orientación sexual distinta a lo que una parte de la población denomina “normal”. Al cabo de este medio siglo, esa llamada minoría poblacional ha conseguido avances sustanciales. En buena parte del mundo, la homosexualidad ya no es considerada como un delito; por tanto, ya no se realizan redadas como la ocurrida en 1969; tampoco hay riesgo de cárcel ni de que un juez condene a alguien a la castración química, como ocurrió con el escritor Óscar Wilde, en el primer caso, y al considerado padre de la informática moderna, Allan Turing, en el segundo. Sin embargo, el camino no ha sido fácil. A principios de la década de 1980, cuando se creía que el sida afectaba únicamente a la población homosexual, se lo denominó “cáncer gay” y los gobiernos demoraron en tomar acciones para su contención bajo la idea no reconocida de que era un castigo divino contra la depravación. Hoy, Ecuador es uno de los países en que el matrimonio igualitario está legalizado gracias a dos decisiones de la Corte Constitucional emitidas el año anterior. Además, una parte de la población (no la mayoría) respalda la lucha de este grupo poblacional y no muestra rechazo al trato con personas de orientación sexual diferente. Sin embargo, eso tiene que ver, todavía, más con una aceptación de las personas “normales” de aquello que se considera distinto; algo así como concederles el permiso de que vivan y la concesión de ciertos derechos, pero sin entender que los miembros del grupo LGBTI son seres humanos a los que no hay que integrar, sino que son ciudadanos como todos. (O)

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