El derecho a la dignidad

31 de marzo de 2011 - 00:00

Las autoridades municipales de Guayaquil, con todo el derecho, están  ordenando el casco comercial a través del adecentamiento de  calles y plazas, la ampliación de aceras y, sobre todo, con la prohibición de que los vendedores informales  ejerzan su actividad en el sector.

La intención de cambiarle la cara a la urbe, para que deje esa apariencia de feria callejera, desordenada y sucia es buena. Pero nadie puede olvidar que las ciudades y pueblos del mundo deben su existencia  a sus habitantes. El ser humano es, y debe ser, el eje de los cambios  en cualquier jurisdicción.

La gran mayoría de quienes  deambulan por el centro del puerto  principal, comercializando alimentos o bebidas, lo hace  porque no encuentra otra forma de ganarse la vida para llevar el sustento  a sus familias.

Las condiciones de pobreza  en las que se desenvuelve gran parte de la población no han cambiado con el modelo de ciudad exitosa; es evidente que se han agudizado. Un ejemplo es el caso de  los  informales no videntes  que ocupan una mínima parte de las aceras en la avenida 9 de Octubre. Hasta hace dos semanas  no habían tenido problemas en ofertar sus productos, hasta que los guardias metropolitanos los acordonaron para impedir su presencia. Ellos solicitaron audiencia con las autoridades  y les fue concedida. El Municipio ofreció construirles kioskos en diferentes sectores de la vía, con una capacidad para cuatro personas. El lunes no se produjo la esperada reubicación y  ayer  la promesa de proveerles de un  espacio formal que  les devuelva la dignidad empezó a disiparse. Mientras tanto, siguen esperando, como siempre lo han hecho, la caridad y benevolencia  oficial.

Sus actividades   no molestan a nadie más que a quienes imaginaron una ciudad partida en dos: los espacios para la nostalgia  por Miami y   los suburbios que esconden la realidad de un conglomerado que nunca fue tomado en cuenta para progresar.