Desconectados o muy conectados a la realidad

- 11 de julio de 2019 - 00:00

Si bien hace muchos años el teléfono celular era un lujo y, dependiendo del modelo y su costo este le daba a su dueño “estatus”, ahora este aparato es una herramienta básica de trabajo, hablando específicamente de los smartphones.

A su vez, este aparato se ha convertido en un arma de doble filo, pues no es de asombrarse que cuando asistimos a una reunión familiar o de amigos, haya ausencia de diálogo, el cual fue reemplazado por la conversación virtual con alguien que está del otro lado de la línea.

En dos casos recientes se optó por retirarles los teléfonos a los invitados. El uno fue la cena que la selección Sub 20 tuvo en Carondelet con el Primer Mandatario, el pasado 25 de junio. El otro, la boda de Antonio Valencia con Zoila Meneses, el 7 de julio, donde también hubo esta restricción.

Más allá de que se quiera discreción o evitar la filtración de detalles de estos eventos que luego sean distorsionados en las redes sociales, no es aislado que grupos pequeños opten por lo mismo. La finalidad: recuperar el diálogo, el intercambio de ideas, experiencias y anécdotas que enriquecen al círculo y que son una especie de oxigenación ante las diversas situaciones que pueda vivir cada ser humano.

Otro punto no menos importante es que, además de pretender recuperar el diálogo y la cercanía con quienes una persona cohabita, es prevenir ciertas afectaciones por el uso desmesurado del celular, tales como el síndrome del túnel carpiano, sobrepeso, problemas en la audición, enfermedades oculares y adicción.

En plena era de globalización y de miras hacia la modernidad es imposible que el ser humano no vaya a la par del tiempo, sin embargo, hay que hacer un análisis o reconsiderar el espacio que se le da a cada situación.

Y por qué no tratar el tema de la seguridad, también, que es inherente al uso de estos equipos tecnológicos. No se los puede exhibir con aplomo en cualquier sitio pues puede pasar algún delincuente y los arrebata. Preservar la vida no tiene precio ante las cosas materiales; allí el desapego. (O)