Cuando los males son necesarios

28 de abril de 2011 - 00:00

Un reportaje realizado por un equipo periodístico de este diario sobre la penetración de líneas ilegales de transporte masivo, carentes de permisos de circulación y, seguramente, con muchos años de haber rodado por las calles de otras ciudades del país, denuncia una vez más  las carencias de un vasto sector de los barrios marginales ubicados al noroeste de Guayaquil.

Para quienes suelen transitar por el kilómetro once y medio de  la vía a Daule, es común que el tráfico se vuelva lento por la aglomeración de vendedores informales y personas que requieren desplazarse desde y hacia el centro de la urbe.

Este es el paradero de una de tantas cooperativas que buscan nichos lucrativos en donde nadie más se atreve. El fenómeno no es nuevo: hace más de quince años, aquellos vehículos que no  podían ser matriculados debido a su  tiempo de actividad    encontraron en las Malvinas, entre otros sectores del sur, el espacio donde su servicio se había vuelto urgente y necesario. Sin embargo,  inexorablemente, las calles en mejor estado y relativa seguridad los hicieron  desaparecer, o sus propietarios  lograron formalizarse.

Actualmente, miles de personas que trabajan o estudian y provienen de barriadas del noroeste de la ciudad, con nombres tan sugestivos como Ciudad de Dios,  La Karolina, San Francisco, Peca, La Ladrillera, Voluntad de Dios y Las Iguanas, entre otras, requieren  este servicio que se inicia muy temprano en la mañana y concluye cerca de la medianoche.

Los ciudadanos que hemos tenido la suerte de disponer de todos los servicios, incluso de no utilizarlos -como el transporte público, por ejemplo-, conocemos muy poco de las peripecias y desgracias de nuestros congéneres. La crónica roja, que viene a ser la sección social de los periódicos, suele ilustrarnos -incluso con morbo- de accidentes de tránsito, asaltos y crímenes que ocurren en  zonas tan alejadas del modelo de ciudad que enorgullece a un  estrato privilegiado que no conoce sobre equidad.