Venezolanos se aventuran con el credo en los labios

- 20 de agosto de 2018 - 00:00
Por la carretera Panamericana, los grupos de migrantes se arriesgan a ingresar a Ecuador, pese a no contar con los documentos requeridos.
Fotos: Miguel Jiménez / EL TELÉGRAFO

La Policía identificó 30 pasos sensibles en la frontera norte, los cuales pueden ser usados para el ingreso ilegal de extranjeros. La Cancillería informó que si algún miembro del grupo familiar cuenta con pasaporte, el cónyuge y los hijos menores de edad pueden pasar con cédula.

“Cero novedades”. Esa fue la información que dieron la tarde del sábado pasado los policías acantonados en el control fronterizo de la parroquia de Tufiño. Esta es una población a 18 kilómetros de Tulcán y también es una zona de paso entre Ecuador y Colombia.

Este puesto migratorio es secundario, pero tomó importancia luego de la decisión del Gobierno ecuatoriano de exigir pasaporte a los ciudadanos venezolanos que intentan ingresar al país desde la medianoche del sábado.

Tradicionalmente esta zona es utilizada para el paso de personas y vehículos, que no lleven carga, entre la población colombiana de Chiles y Tufiño del lado ecuatoriano. Permanece abierto desde las 07:00, hasta las 19:00 y los controles los cumplen agentes de la Policía y de la Aduana.

“No se han registrado situaciones anómalas”, informó el teniente Juan Pablo León, quien lideró una de las patrullas que supervisó el trabajo en los puestos secundarios de migración.

La Policía ecuatoriana identificó 30 zonas sensibles en la frontera norte que pueden ser usadas para esquivar el control de las autoridades y cometer delitos. Es por eso que los uniformados, según explicó León, realizan controles permanentes en siete pasos en la línea fronteriza.

Mientras que para vigilar el resto de lugares se ejecutan operativos sorpresivos, fundamentales para evitar que se alerten las mafias. La misma calma se vivió en el puesto del río Carchi. Este paso es aún más pequeño que el de Tufiño. Tres uniformados (un policía, un agente aduanero y un soldado) inspeccionan los vehículos que cruzan la frontera.

Para arribar a este lugar se debe atravesar una carretera de tierra y llegar hasta un pequeño puente, de menos de 8 metros de largo, que separa a Colombia y Ecuador. El único letrero que da la bienvenida a nuestro país fue colocado por una cooperativa de transporte en una ladera de una montaña cercana. Sin este aviso no se sabría que se cruzó la línea limítrofe.

Los tres uniformados permanecen 12 horas en ese puesto fronterizo. Ellos abren las puertas metálicas de ingreso a las 06:00 y las cierran a las 18:00. Luego de eso cada uno se retira a sus cuarteles. Antes permanecían en la zona, en un vetusto puesto de vigilancia sin enlucir y sin ventanas, pero dejaron de hacerlo. Esta fue una decisión que se tomó luego de los ataques de la narcoguerrilla del Frente Oliver Sinisterra y de alias “Guacho”, para precautelar su seguridad. Así contó uno de los uniformados que pidió que no se publicara su nombre.

El teniente León explicó que, generalmente, estos pasos secundarios son dedicados para ingresar mercadería de contrabando. Pero sostuvo que en el caso de que se encuentre a ciudadanos venezolanos usando estas rutas, los uniformados deberán cumplir con los protocolos entregados por las autoridades, los cuales establecen que los viajeros no podrán ser detenidos. Sin embargo, su situación migratoria es considerada ilegal y deberán cumplir con las sanciones que se estipulan para esta infracción al ser descubiertos.

No solo en la línea de frontera se cumple con la revisión de documentos personales. Esta disposición también se ejecuta a lo largo de la Panamericana, especialmente en Mascarilla y Yahuarcocha, antes de llegar a Quito. Los venezolanos consideran a la capital un punto clave en su viaje hacia el sur del continente, porque allí pueden recuperar fuerzas y ganar unos dólares que los ayuden a sustentar su periplo hasta Huaquillas.

Para el oficial de la Policía, es fundamental que los migrantes venezolanos no se aventuren a pasar la frontera sin sus documentos en regla.

Pero la Defensoría del Pueblo y la Oficina de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) han advertido que la desesperación de los “llaneros” podría ser aprovechada por bandas criminales que les ofrezcan entradas fuera de la ley para cruzar Ecuador y llegar hasta sus destinos en Perú y Chile. La situación de los viajeros venezolanos es delicada y pueden ser víctimas de trata de personas, de migrantes y ser llevados a una espiral de otros delitos. La fría Panamericana espera a los venezolanos sin pasaporte.

Keyner Centeno tomó del brazo a su joven esposa Adrianiela y decidió seguir su camino a Perú. Él no tenía pasaporte y su cónyuge sí. Era imposible que luego de 15 días de caminata se separen en el puente de Rumichaca. Tomaron sus maletas y decidieron aventurarse por la fría Panamericana con rumbo al interior del país, pese a que el domingo 20 de agosto la Cancillería ecuatoriana informó que si la cabeza del grupo familiar cuenta con pasaporte, el resto -esposa o esposo, e hijos menores de edad- puede ingresar sin el documento.

La pareja no fue la única, ellos siguieron el ejemplo de otras decenas de venezolanos que no pudieron regularizar su entrada a nuestro país, pero tampoco quisieron quedarse entrampados en el límite nacional. Han pasado 15 días caminando, entonces siguieron. Para ellos, Ecuador es otra escala en su destino final: Perú o Chile.

No hay cifra oficial de los venezolanos que ingresaron este fin de semana al país. Extraoficialmente se informó que 2.000 de ellos sí sellaron su entrada cumpliendo el requisito de presentar su pasaporte. Pero no existe un estimado de cuántos no tenían ese documento de viaje.

Tomás Toapanta es parte de la organización no gubernamental HIAS, que trabaja con los migrantes y refugiados y este fin de semana estuvo en Rumichaca. Él contó que el número de personas que no tienen pasaporte se ha incrementado desde el sábado.

Recomienda a los viajeros que no tienen sus documentos que no sigan el camino, ya que pueden ser detenidos en los controles en las carreteras. Desde Tulcán y Quito hay tres puestos de vigilancia en la Panamericana. Uno es el control a la salida de la capital carchense, otro en Mascarilla y el último en Yahuarcocha.

Los controles preocupan pero no frenan a los venezolanos. Por la ruta a la capital se puede ver a pequeños grupos que caminan protegidos del frío y llevando a cuestas sus pesadas maletas. Ellos se unen en la diversidad, de cada 10 personas (entre jóvenes, mujeres, adultos mayores y niños) apenas uno tenía pasaporte. El resto se aventurará para ver si sus plegarias son escuchadas y cruzar sin problemas los puestos de controles.

Por suerte en la Panamericana hay gente que les da un aventón en sus camionetas y camiones. Otros los esperan con comida para que puedan seguir su camino. Adrianela dice que no pueden esperar por ayuda, ella tiene un puesto de trabajo en Tumbes, Perú, que ahí están sus familiares. Ecuador es solo una escala para cumplir con sus sueños. (I)

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