El vuelo de la tortuga, una estrella en una galaxia llamada Ernesto Carrión

El vuelo de la tortuga es una historia de migración; la historia de ese Guayaquil que no vemos.
07 de enero de 2021 20:47

Al empezar a escribir sobre esta obra de Ernesto Carrión mi primera pregunta es ¿Cómo escribir de un autor que es todo escritura? ¿Qué palabras puedo añadir yo a las que él ya ha tomado? Ernesto Carrión es uno de nuestros más grandes escritores, no lo dicen solamente todos los premios que ha ganado, lo dice su poesía que te rompe, sus novelas que te dejan temblando. Escribir sobre Ernesto Carrión es arriesgarse a quedarse corto. Lo haré tomando en cuenta ese riesgo; sabiendo, de entrada, que quizá todo lo que puede hacerse con la obra de Carrión es leerla, toda, con el conocimiento de que Carrión es una galaxia, un cosmos, y que cualquier cosa que yo pueda hacer con esta obra, El vuelo de la tortuga, es tratar de girar sus cabezas y mostrarles con mi dedo cómo brilla una estrella.

El vuelo de la tortuga no puede resumirse en un simple argumento. Es la historia de una ruptura, una catástrofe que se va replicando hasta el más pequeño y profundo nivel: el de la persona y su identidad. El vuelo de la tortuga es una historia de migración, es también una historia de ese Guayaquil que no vemos, de los relatos que nos inventamos para sobrevivir, una historia de abandonos y también de búsquedas.

Ernesto Carrión trabaja con la palabra como materia viva. Forma y contenido van juntas, las voces de los personajes se deforman y nos deforman porque su narrativa no es cómoda, no complace; se retuerce y en ocasiones uno tiene ganas de cerrar el libro y mirar a otro lado. Ese es el momento exacto en que uno sabe que está delante de un libro que atrapa la realidad para golpearte con ella. Un libro vivo, de los que valen la pena.

Ernesto Carrión utiliza la ficción como un arma peligrosa. Al leerlo uno siente incluso envidia de este hombre que parece espiar el mundo y captar el momento exacto cuando estalla. El vuelo de la tortuga reproduce ese estallido y los ecos que permanecen. En ese sentido, nos ofrece una novela que se puede leer en muchas capas, como las mejores obras. Así, descendemos del gran cataclismo del feriado bancario hasta la vida de seis personajes: Yolanda, madre y esposa rota, cuya vida está determinada por su marido, falso intelectual de izquierdas; Caupolicán, el trabajador que parte de la provincia al puerto principal del país donde monta un negocio que morirá con él; Wong, un inmigrante chino, testigo de ese sur de Guayaquil cuyas calles son la casa de sus habitantes; Mario, el periodista que encuentra en la noticia una historia; por último Francisco e Iván, los personajes principales, cuyas vidas están atravesadas por el abandono de la madre. Las vidas de todos estos personajes son el eco de la catástrofe de un país entero y del caos que es Guayaquil, esa ciudad paridora de insectos.

Para plasmar la catástrofe y ese estallido capaz de dejarnos sordos, Carrión parece convertirse en un instrumento, como dice Mircea Cartarescu sobre él mismo, se convierte en ese alguien a través del cual la vida se escribe. La vida como un lienzo grande en el que los seres humanos estamos hechos del mismo material que todas las cosas, porque en El vuelo de la tortuga, el hombre, el lugar y la historia son uno solo. Yolanda es también el fracaso de nuestro país, Caupolicán es la promesa de una vida mejor en otra ciudad y Francisco se convierte en el río Guayas, monstruo mudo.

El vuelo de la tortuga es la obra de un artesano. No hay nada suelto. El autor escribe la historia a imagen y semejanza de la vida, pero la dota de algo más. Quizá es ese pulso poético el que convierte esta imitación en una obra superior a la original. Quizá lo que vibra todo el tiempo es esa tortuga que vemos en el fondo del relato, que se mueve lentamente, como un anciano, hacia el precipicio y anuncia nuestra caída.

Debemos agradecer a la poesía por dejar que Ernesto Carrión se desplazara al terreno narrativo. Hay que saber, sin embargo, que no lo ha soltado del todo. La escritura de Carrión está manchada de poesía. Hay mucho de narrador eficaz y atento a la trama en esta novela, pero también hay mucho de poeta y alquimista. Así, asistimos a veces a la transmutación de la palabra en materia orgánica viva:

“Un ebrio es un escaparate de cicatrices”.

“Late una verga, sí, late en su inhumanidad”.

“Y nosotros que no habíamos hecho el éxodo, éramos también el éxodo”.

“Y en medio de todo esto: el semen, las balas y los sables. O sea: el hombre y su tormento”.

“Nosotros. Los habitantes buenos y malos de esta nación familiar que respira en un edificio que parece estar siempre a punto de desplomarse”.

“No hablar es flotar sumergido en un vastísimo líquido amniótico dentro del cerebro”.

Es ese pulso poético el que nos convierte en lectores atravesados por la palabra. Pero no hay que confundirse porque en El vuelo de la tortuga vive el poeta, pero también el periodista y el escritor compulsivo. La historia se sostiene en cada uno de estos desdoblamientos del escritor. El vuelo de la tortuga es una historia sin trampa, hay belleza en la palabra, pero no se deja de lado, en ningún momento, al lector. Todas las preguntas se responden, todos los cabos se atan. En manos de Carrión nos volvemos lectores compulsivos.

En todas sus entrevistas, el autor habla de su escritura compulsiva. El vuelo de la tortuga se escribió en menos de dos meses. Mucho de ese fervor se siente en la lectura. Carrión nos atrapa y ya no nos suelta. Lorrie Moore, una escritora estadounidense, afirma que escribir y leer son actos compulsivos. La ficción literaria, dice, “es una compulsión divina que nos ha sido legada; un eco, una reducción, pero algo que debemos hacer para imitar, quizás para honrar, esa creación original, y que debemos hacer sabiendo que somos endebles, gaseosos”. Esta compulsión divina que parece perseguir a Carrión lo convierte en esclavo de sus personajes, como él mismo afirma. Divina quizá porque Dios mismo era un creador compulsivo y en seis días creó el mundo. A Carrión le ha llevado dieciséis años crear su universo, con tres tratados en los que vuelve a crearlo una y otra vez; un poemario, donde plasma, como dice Cecilia Ansaldo, los gritos atormentados de Robert Lowell, Sylvia Plath y Anne Sexton y el poemario Revoluciones cubanas en Marte, un largo poema a su padre asesinado.

Después, dejó la poesía y ha escrito nueve novelas, con las que va completando su galaxia. Cualquiera día de estos se da la vuelta y mira que su creación es buena y como aquellos que están enfermos de escritura, Dickinson, Dostoievski, Kafka o Proust, desaparece entre sus palabras. 

He corrido el riesgo de hablar de El vuelo de la Tortuga, obra que Carrión ha publicado este año en la editorial Cadáver Exquisito. Seguramente me he quedado corta. Prefiero siempre volver a sus páginas. Quizá lo que debí decir desde un principio es eso: ¡Corran! No duden y entren en esa galaxia llamada Ernesto Carrión, anímense a mirar esta estrella, tomen las palabras que él escribe, déjense romper por ellas y, sobre todo, atrévanse a seguir a esa tortuga que camina en el fondo de la novela y hagan de esta caída un vuelo. (O) 


 

 

 

 

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