Un dios salvaje, una comedia sofisticada

14 de noviembre de 2013 00:00

En La insoportable levedad del ser, Milan Kundera abría un capítulo definiendo el sentido que tiene la palabra kitsch en la sociedad checa. Es todo aquello que niega los aspectos “inaceptables” del ser humano. “Es un ideal estético. La negación absoluta de la mierda”, decía. 

Podría decirse que el kitsch es, para los checos, lo que en lengua castellana se entiende como lo políticamente correcto.

Vale partir de esta apreciación si hablamos de Un dios salvaje, la obra que presenta desde esta noche Daemon en el Teatro Sánchez Aguilar.

Un dios salvaje es la historia de dos parejas de padres que se reúnen para “solucionar” un problema entre sus hijos, que incluye una pelea a puños y unos dientes rotos.

Si bien la reunión en cuestión es un intento de entablar una conversación y racionalizar el problema, poco a poco se empiezan a soltar criterios que ponen en evidencia -más que a los personajes- a la humanidad y el orden aparente en el que pretende vivir.

La obra transita casi con sorna por los recovecos de las contradicciones de la decencia. Llevada al cine en 2011 por Roman Polanski -en una cinta narrada en clave de drama social- la dramaturgia es más bien una comedia sobre la fragilidad del comportamiento civilizado. “Una comedia sofisticada”, la llaman las actrices Luciana Grassi (Irene Aguirre, madre del niño agresor) e Iris Arisa (Verónica Valencia, madre del niño agredido).

Con esta obra, Daemon vuelve a presentar un guión de Yasmina Reza, autora de Arte, la primera obra que la compañía montó en el Teatro Sánchez Aguilar, en junio de 2012.

Para el actor español José Burgos (Miguel Valencia, padre del niño agresor), el hecho de que haya un filme con una tónica distinta “nos viene mejor porque el referente de la gente es el drama, y acá van a poder ver algo nuevo”.

La obra tiene una sola escena que dura alrededor de 80 minutos. No hay cortes, ni salidas de los personajes... Están ahí todo el tiempo.

El elenco lo completa el director, Jaime Tamariz (Álvaro Aguirre, padre del niño agresor), un fan confeso de la autora del texto. Tanto, que cada vez que monta una de sus obras, además de dirigir, actúa, tal como sucedió en Arte.

“De Yasmina Reza me gusta la capacidad de velar la naturaleza humana”, dice Tamariz, que agrega que disfruta la visión de la autora sobre las relaciones sociales en el marco de la civilización en Un dios salvaje, obra que muestra “cómo nuestra naturaleza salvaje termina abriéndose paso dentro de estos esquemas que nosotros mismos nos ponemos”.

¿Quién es quién?
La obra encuentra fuerza en las muy marcadas diferencias que existen entre cada personaje, y que se sienten desde el vestuario.

“La gente enseguida se va a sentir identificada. La ven y dicen: yo soy este y tú eres éste”, explica Burgos, cuyo personaje -Miguel-, es “un conciliador neto”.

A Miguel no le gusta discutir, ni juzgar, pese a que tiene un punto de vista, no lo dice. “Es de esas personas que van por la vida diciendo ‘Sí, sí, claro’, y luego, cuando explota, suelta toda la mierda”.

Verónica, la esposa de Miguel, evita otros tipos de discusiones: ella argumenta, pero no le gusta pelear. Lo que a ella la atrapa es “la disciplina correcta de la ética social”.

Explica Arisa que si bien Verónica “reniega de la parte visceral del hombre. La gracia es que ella no sabe de su propia visceralidad”, pues al tratar de vender su civilidad, “es la primera que se la salta”.

Irene, el personaje de Grassi, va por otra parte. Siendo la madre del niño agresor, lo que persigue es “dignificar la situación y el nombre de su familia”, dice la actriz.

Pero a Irene la abruma el hecho de que “debe hacerlo sola. Su marido, aunque está presente, está muy ocupado para estar presente de verdad”, explica Grassi, que cuenta que la mujer a la que interpreta “empieza muy digna, pero termina comportándose como una niña”.

Álvaro, el marido de Irene, es un abogado de una farmacéutica transnacional, y “su criterio sobre la moral se guía por lo que dicen las leyes y no por lo que dicta la conciencia”, dice Tamariz.

El director cuenta que los argumentos de su personaje giran en torno a que “los niños siempre se han pegado”. Es una de sus líneas: ‘Es ley de vida’, dice".

Y en esa fauna diversa, en que los personajes muestran al inicio sus caretas, la obra pone en relación los matices que el instinto le procura a la sociedad civilizada. “Cuando el agresor es nuestro hijo, se despierta en nosotros esa naturaleza salvaje de defensa”, termina Tamariz.

Datos

Un dios salvaje se estrena hoy en la Sala Principal del Teatro Sánchez Aguilar y se exhibe hasta el sábado. Todas las funciones son a las 20:30. Entradas: $40, $30 y $20.

Tamariz conoció a Burgos y a Arisa cuando estudiaban en la Escuela de Interpretación Cristina Rota, de Madrid.

Tamariz y Burgos montaron por primera vez Arte como un ejercicio universitario. Años después, la exhibieron en el TSA. Desde entonces, han trabajado juntos en El Montaplatos, Frankenstein y Un dios salvaje.

Iris Arisa hacía un papel en la obra Los momentos del desayuno cuando Tamariz, que estaba en Madrid, la vio brillar y la invitó a Un dios salvaje. “Confío mucho en mi instinto”, dice el director.

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