El testimonio de 54 arrieros se resume en libro y muestra

- 12 de noviembre de 2019 - 00:00
El fotógrafo Martín Jaramillo Serrano junto a los retratos que hizo para el libro Arrieros: historias de caña y contrabando. Fueron 56 personajes. Los encuadres son tres.
Fotos: Carina Acosta / ET

Historias de caña y contrabando tienen un registro gráfico y museal gracias a la investigación de Martín Jaramillo y Fernando Saavedra, que se expondrá en el CCM hasta el 15 de diciembre.

El mayor registro sobre la memoria de la última generación viva de arrieros de contrabando se expone en la muestra Arrieros: historias de caña y contrabando, en el Centro Cultural Metropolitano, hasta el 15 de diciembre.

La investigación, realizada con base en la parroquia de San José de Minas, tuvo a Martín Jaramillo Serrano como autor y fotógrafo.

“La vida dura y sacrificada de estos arrieros habría sido distinta si se quedaban como jornaleros”, explica Jaramillo, que trabajó junto a Juan Fernando Saavedra.

Un sombrero de arriero, personaje que continuó siendo parte central en varias comunidades. A Pedro Almeida lo enterraron con gran luto y recuerdos sobre su oficio.

El año pasado, el libro sobre los arrieros fue presentado en Minas. El guion museográfico actual está basado en esa edición, y se divide en: paisajes, herramientas de los arrieros y sus retratos.

Las características geográficas que favorecen los sembríos de caña, con la que se destila el alcohol, están graficadas en la exposición. Un sombrero de arriero es uno de los objetos en las salas, que incluye un aparejo, el conjunto de elementos que usaban para el contrabando.

La ruta que usaron tiene origen en Yumbo y conecta a San José con Otavalo. Pero, hacia el occidente, en Nanegal, comprende las parroquias de Puéllaro, Perucho, Chavezpamba y Atahualpa.

El aparejo es el conjunto de cosas (arreo) necesario para montar o cargar las caballerías. Incluye herramientas para las herraduras.

La evolución de los trapiches, jalados por una yunta, a los de motor, también está representada. Y hay registro de los caseríos que desaparecieron cuando dejó de producirse caña.

La fábrica La Calera y la casa de los Guardias de Estanco, que vigilaban a los contrabandistas, también se pueden ver en tres salas. “El arriero consideraba que la prohibición era absurda, no dejaba que vivieran de lo que sabían hacer”, explica Jaramillo, junto a los jebes, en los que los caballos llevaban hasta 50 litros de alcohol, uno a cada lado del lomo.

Ambos investigadores visitaron a 54 arrieros y a dos herreros en sus domicilios, y no recorrieron la “ruta escondida” debido a la avanzada edad de varios. La muestra cuenta la historia de 30. La memoria oral de los entrevistados está resumida en sus testimonios.

La albarda es la parte principal del aparejo de caballerías de carga. Se realiza con cabuya y se rellena de paja de páramo. La expuesta seguirá siendo usada en San José de Minas.

Los mitos alrededor de sus aventuras están desentrañados junto a aciales y macanas. Hay tres mujeres en el libro, como Dolores Ortiz Serón, de 61 años, quien cosechaba la caña que, destilada, sostuvo un oficio del que solo quedan estas memorias. (I) 

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