Roy Sigüenza, poeta

Sigüenza: "Creo que en la poesía los excesos encubren"

- 15 de octubre de 2019 - 00:00

El poeta orense establece ciertas comparaciones entre su poesía y la de Whitman. Más allá de las distancias, cree que hay situaciones que la sociedad perpetúa.

Roy Sigüenza no quiere parecer optimista a priori, pero ha estado trabajando, ha escrito material nuevo y está contento con ello. Ha incursionado en el ensayo y piensa que en Ecuador, donde la crítica es a veces tan homogénea, diversificar los géneros podría funcionar.

Hace poco el escritor español Alejandro Morellón presentó con editorial Candaya una novela que lleva por título un fragmento de Piratería, uno de los poemas más populares de Sigüenza. El libro se llama “Caballo sea la noche”. 

Sigüenza cree en la epifanía, en la posibilidad de que el escritor no es solo quien tiene una relación física con el lenguaje, que cuando escribe su poema se escapa. Cree que hay otros contactos con el espacio que no son propiamente reales ni objetivos, pero que tienen que ver con la sensibilidad humana.

En cuanto a este poema escultórico, en el que establece lo que María Auxiliadora Balladares llamó una tríada entre el yo poético, la imagen del caballo y la noche, Sigüenza piensa en la noche como el paisaje de lo prohibido, de lo que por el día no ocurre por la mirada panóptica que expulsa, extirpa, mata. “Iré qué importa, caballo sea la noche. Simpático, ¿no”, dice mientras intenta encontrar una historia del poema. Dice que si vienen por ella tendrá que buscarla.

Vive en Portovelo y se afirma desde una identidad sexual que podría pensarse como un margen aún. ¿Cómo influye en su escritura?

Me permite plantear un territorio marginal, pero exclusivo en cuanto que sigo escribiendo vinculado con un ritmo, digamos que, habitual pero también confrontando realidades que pueden ser limitantes, pero que verdaderamente no lo son. Que el lugar donde estoy ahora sea un pequeño no ha implicado una frustración, más bien me ha generado otro tipo de aperturas con la memoria, con la referencialidad local más puntual, los animales, los seres humanos que están a mi lado, más allá de lo puramente familiar. Mi casa está cerca del río, eso permite que la imaginación reciba otro tipo de estímulos que antes no se daban por autocensura o prejuicio y ahora me llaman, me convocan.

Cuando empezó ¿cómo era?

Cuando eres muchacho crees que todo está mal, que nada sirve. Desechas más de lo que acumulas. Es lógico y hasta justificable, pero llega un momento de tu vida, al que no tengo por qué llamarle madurez, en tanto vejez, en el que te das cuenta cuando lees lo que has escrito, que generalmente estuvo bien.

Decía que encuentra muchas compatibilidades entre su poesía y la de Whitman porque lo han calificado de inmoral, lo han censurado. ¿Cómo ha sido eso?

Considerando las distancias, ya que Whitman es un ícono enorme de la historia de la poesía, me parece que ahora que he podido leer casi todo el libro de Hojas de hierba, y he podido conocer un poco más su anecdotario, encuentro que, pese a la distancia de los tiempos, hay cosas que están perpetuadas. Esa vocación represiva que existe en la sociedad y en la esfera de lo literario, de la creación, porque yo no me olvido de cómo otros autores se aniquilaron porque su voz era disidente.

¿En algún momento estuvo a punto de aniquilar su voz?

No. He asumido una cualidad personal que no sé de dónde me viene, para asumir fortaleza, porque me hubiera matado, me hubiera suicidado hace mucho tiempo atrás (risas), pero creo que es un efecto de la escritura, del trabajo con el lenguaje y de los encuentros con la poesía, con el poema final.

Su poesía casi siempre es corta, de imágenes. Dice Gabriela Ruiz que son como los instantes en que los pájaros se acercan a su casa a cantar. ¿Hay una intención?

Tiende a ser más esencial, minimal porque creo que el exceso, antes que descubrir, encubre. Considero que la poesía puede ser, más allá de la propia filosofía, también un hecho verdadero, creo que para llegar allá hay que despojar, quitar, limpiar, para el encuentro final de la escultura que puede ser el poema, una escultura figurativa o de cualquier tipo. Pero no es intencional. Escribí hace poco un poema que se llama Anotaciones de viajes, para una obra conjunta con el artista cuencano Pablo Cardoso, a partir de unas fotografías. Lo hice con el respaldo de Ítalo Calvino y acabé redactando un texto. Si lo lees vas a ver que no me he perdido, que se ha ampliado el registro nada más.

¿Limpia mucho cuando escribe?

Sí, hay textos en los que creo mucho en el azar objetivo, creo que es lo que sobrevive en el momento surrealista, todo ocurre en el momento preciso con las palabras que tienen que llegar. Se juegan muchas capas, incluso el cuerpo del escritor. Hay que limpiar y tener atento el oído para escuchar cómo discurre el ritmo del texto.

Su poesía se ha estudiado desde una distinción: lo homoerótico. ¿Está de acuerdo?

No deja de ser interesante que uno tenga una enseña. No lo niego si es por el homoerotismo pero no considero que tenga que ceder al criterio de lo que se entiende como tal, de un homoerotismo limpio, no boicoteado por el prejuicio, la violencia, la persecución y considerando que el lenguaje tiene aproximaciones tanto para una forma de ser, como para otra. (I)  

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