Muestra de Pedro Dávila revisa la escuela que no fue

- 20 de septiembre de 2018 - 00:00

En los 80, la obra de este artista fue parte de los principios del grupo La Artefactoría. Una exhibición en Casa Cino Fabiani recoge sus primeras búsquedas.

Pedro Dávila (Guayaquil, 1959) deja un rato los pinceles con los que pinta un árbol sobre el agua, deja el mar con peces que se desprenden unos de otros y a la mujer que espera en la ventana frente al río.

Se sienta a brindar con agua en una de las mesas de Puerto Mancorita, un restaurante en Urdesa que, como otros, le ha pedido un sello suyo en las paredes.

Brinda para calmar un poco su tos de fumador y habla sobre su obra y cómo se ha transformado desde los años 80, cuando viajaba en los buses de una ciudad con menos tráfico y edificios dibujando a la gente que iba sentada: al chofer, a los pasajeros; o cuando junto con sus compañeros del Bellas Artes se hacían la “pava” para ir a pintar los barcos en mantenimiento del Astillero.

El Pedro Dávila de los 80 creó su propio lenguaje a partir de la revisión de clásicos como Leonardo da Vinci, la recreación de lo natural y lecturas orientales como el Tao Te Ching o Confucio. Lo que ejecuta ahora, la forma en la que se superponen unos cuerpos con otros, piensa que es consecuencia de lo que hacía hace más de 30 años.

Cree que hay que sacar de paseo a la línea. A Dávila no le gusta tomar como modelo obra muerta, no le gusta empezar a dibujar con una foto. Todo lo que pinta lo ha visto o sale de sus sueños; a veces hace un boceto base pero no le gusta anticiparse a lo que puede suceder.

Antes de esta entrevista terminó el cuadro de un sueño que tuvo hace años, pero que no podía terminar porque le dolía hacerlo. Cuando lo tuvo apenas si pudo dibujarlo y lo postergó por décadas. Es la imagen de un niño recién nacido, desnudo, llorando, en medio de unos matorrales. El niño está colgado por un cordón umbilical, con una persona que duerme al pie de una ventana en una cama. El niño llora y le salen gotitas de sangre.

“Oí una voz que decía: mundo moribundo / inmundo de los canales fantasmales de animales / nido hijo de animales flotándose  / enrolla moribundo / gente necia / niño recio / mirando los oscuros canales del joven sacerdote inmundo / mirando miro el fin del mundo”, dice.

Aquel poema le vino con el sueño. Dávila dice que oye voces que le dictan qué pintar. En lo suyo no hay una lógica comercial.

Su carrera fue parte de esa ruptura entre el arte moderno y contemporáneo que estableció La Artefactoría en Guayaquil, cuando tuvo su primer taller con sus colegas Jorge Velarde, Marcos Restrepo y Flavio Álava.

Juntos experimentaron una serie de trabajos que después darían con un encuentro fortuito entre Dávila y Juan Castro, en una galería en Quito. Allí Dávila le mostró algunos dibujos de sus amigos, quien finalmente los buscó en Guayaquil y contagió de la influencia europea con la que regresó de sus estudios en Alemania. 

En el catálogo de la muestra ‘Más vale renunciar. Pedro Dávila de los ochenta’, que se presenta en Casa Cino Fabiani, el curador Rodolfo Kronfle recoge el comentario de Jorge Velarde, quien ha llegado a especular que este movimiento fundado con Dávila, de haberse sostenido en el tiempo y legitimado su valía, hubiese derivado en una genuina e influyente “Escuela de Guayaquil”.

Para Dávila hubiera sido así si sus compañeros no rompían con lo que hacían en sus búsquedas individuales, contagiados por otras lógicas del arte. Para él lo suyo es “trabajar con los colores, con luces y sombras; si me quitan los colores no me interesa eso, para mí ya no es pintura.  Lo que yo hago es de modo parecido a un psicoanálisis, voy soltando, hay una manifestación directa del subconsciente”. (I)

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