UN ESPACIO DEDICADO AL LIBRO DESDE 2008

Osvaldo Rodríguez Ituarte y sus historias de viejos

- 11 de abril de 2014 - 00:00
Osvaldo Rodríguez Ituarte, librero. Nació en Uruguay. Editoriales: Alfa, Monte Ávila, Alianza y Diana. Nombre de la librería: Sur Libros. Dirección de la librería: Robles E4 - 173 y Juan León Mera. La Mariscal. Teléfono: 2908517. Foto: Santiago Aguirre.

UN ESPACIO DEDICADO AL LIBRO DESDE 2008

Si usted camina por la Robles E4 -173 y Juan León Mera, mirará una visera verde, de aquellas que en las comedias amortiguan la caída de los suicidas. Si se acerca a la vidriera hallará libros de arte de editorial Taschen, una primera edición de Sobre Héroes y Tumbas de Sabato y otra, facsimilar, de Martín Fierro prologada por Borges.

Ahora bien, si decide ingresar encontrará a Osvaldo Rodríguez, su propietario, sentado detrás de un escritorio, rodeado de afiches de actores como Buster Keaton y Charles Chaplin, y cuadros hechos con fotografías de escritores como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Augusto Roa Bastos, así como, por una litografía autografiada de Carlos Páez Vilaró.

Reconocerá a Rodríguez por su grueso bigote como de fabricante de marionetas que cobran vida y su saco de lana. Pero sobre todo, porque es el único uruguayo que no está conectado a un mate, costumbre que ha ido perdiendo de tanto transmigrar de patria.

Empezó en el mundo editorial a los quince años en Librería El Rosado, de Montevideo, pegando revistas rotas. Meses después, cuando le dieron a elegir entre vender libros usados o nuevos en una sucursal más grande, optó por los usados, porque consideró que tenían significado, que en ellos podían leerse historias, no solo de personajes, sino también de familias. “El día en que una familia decide hacer limpieza, lo primero que vende es la biblioteca, con el argumento de que acumulan polvo”, dice el librero, y subraya que salvo excepciones, las bibliotecas de Ecuador tienen todas las mismas colecciones Seix Barral y Oveja Negra que se vendieron en quioscos.

Quiso ser actor dramático e incluso interpretó, para ingresar a la escuela de actuación, Calígula de Camus, pero jamás logró vencer su miedo escénico. Así que decidió continuar vendiendo libros en oficinas. A los 19 años, haciendo su trabajo en la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Montevideo (institución encargada de comprar libros para las bibliotecas de la ciudad), conoció al escritor Juan Carlos Onetti, sentado detrás de un pequeño escritorio de tres cajones. Rodríguez recuerda que el autor tenía, bajo el vidrio, una fotografía de Peñarol y otra de Gardel, y que le pidió material del Fondo de Cultura, Espasa Calpe, Sudamericana, un diccionario Salvat de cuatro tomos y libros agotados que debió conseguirle en Buenos Aires.

En 1974 conoció, precisamente en Buenos Aires, a Mario Benedetti. El escritor colaboraba con diversos diarios, y Rodríguez formaba parte de la comisión de editorial uruguaya Alfa que le compró los derechos de La Tregua, novela que en Argentina no se seguiría editando.

En la vida de Rodríguez se condensa la historia política del Cono Sur y de editoriales del Continente como Alfa, Monte Ávila, Alianza y Diana, que lo contrataron para que trabajara, no solo en su país y Argentina, sino también en Venezuela y México, hasta que en el 2008 conoció a su esposa ecuatoriana en un avión y se instaló en Quito, donde decidió ponerse una librería de usados completamente diferente a las que había en la ciudad: Sur Libros. Reminiscencias de Uruguay en el nombre de la librería y en su asma, pues sus crisis se activan, más que por los ácaros de los volúmenes, por pura nostalgia, pues estas coinciden, en los eternos inviernos quiteños, con aquellas que sufría en los otoños y primaveras porteñas, a causa de la sequedad y el polvillo de los plátanos. Su reloj biológico tiene memoria.

Una vez jubilado de Librería Española, el conocido librero y editor quiteño Édgar Freire Rubio trabajó en Sur Libros, pero la realidad económica, dice Rodríguez, les pasó por encima y comprendieron que los pocos ingresos del establecimiento no podían ser divididos.

Los volúmenes no están, como en muchas otras librerías de viejos, colocados sin orden en improvisados anaqueles, al contrario, los alrededor de 14 mil ejemplares que conforman su local están ordenados por géneros y materias (ensayo, novela, derecho, historia, ciencias sociales, arte, poesía...) en libreros de madera en los que invirtió más de 10 mil dólares. “Para dejarla como quisiera necesito 30 mil, pero como no los tengo he debido ajustarme a las condiciones, dice Rodríguez, y rememora, en alta voz, librerías de viejo que ha visto en el DF y calles no muy concurridas de Buenos Aires y Montevideo, así como las estanterías hechas con cajones de fruta de la parisina Shakespeare and Co. Rodríguez añade que pese al poco espacio del que dispone, la suya es la librería de usados más linda de Quito, y que por eso colegas como Lucía Ponce de “Tolomeo” y Juan Carlos Morales de “El siglo de las luces”, lo visitaron antes de ponerse sus negocios.

Pese al cuidado de su librería, nadie ingresa. Rodríguez me invita uno de los caramelos con que agasaja a sus amigos y dice que Quito es una ciudad de acumuladores de libros, y no de coleccionistas ni de lectores, pues de lo contrario el flujo de clientes sería mayor.

-¿Será porque ahora hay libros electrónicos? -le pregunto.

-No, el libro electrónico es como una película pornográfica y el libro de papel como una mujer de carne y hueso. ¿Vos qué preferís?

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