Miguel Molina Díaz: "La crónica es como un texto literario en el que el escritor tiene que sentir que lo ha dado todo"

El primer gran relato periodístico es precisamente el viaje de Ulises desde Ítaca por el mundo antiguo.
22 de diciembre de 2020 18:00

La crónica no está en el acontecimiento sino en la mirada, y esa mirada contiene bagaje y circunspección en el caso del cronista quiteño Miguel Molina Díaz, dos elementos que le otorgan fuelle a su escritura. 

Nada de lo que dice durante la entrevista que sostiene con este diario surge de la improvisación o de simples elucubraciones, por eso dilata sus respuestas unos segundos para luego prorrumpir en ideas que van tejiendo y sumillando historias; así, bajo esa dinámica, evoca a los letrados de la antigua Roma, al autor de La Metamorfosis (abogado y escritor como él), al eterno amante de Penélope, a los primeros juglares, y al bohemio y transgresor cantante Bob Dylan. 

Podría decirse, entonces, que estar frente a Miguel Molina Díaz es sentarse frente a un profesor de Historia cuyo acervo se percibe inagotable, de ahí que cuando se le consulta por Ana Frank, protagonista de una de sus crónicas, menciona que su escritura se orienta siempre en la memoria. Y claro está, la memoria tiene un vínculo estrecho con la historia. 

Su último libro, Cuaderno de la lluvia, cuyo título es una suerte de homenaje a los cronopios de Julio Cortázar, fue presentado el jueves 17 de diciembre y diario El Telégrafo se acercó a los dominios del escritor (28 años) para entender los nubarrones de la crónica y admirar el caudal de su tinta.


Abogado, periodista, editorialista, cronista ¿cómo le gustaría que lo llamen? 


Yo fundamentalmente soy abogado, mi actividad literaria es una actividad que está conectada con mi condición de abogado, y eso decía ayer en el lanzamiento del libro en la UDLA: "cuando más abogado me siento es cuando más escribo", porque todo lo que es ser abogado lo puedo poner en ese contexto, denunciar las injusticias, argumentar a favor de lo que considero justo, y mis crónicas de algún modo se configuran con ese deseo.

Pero debe ser la excepción porque los expedientes judiciales no suelen estar bien escritos, ¿usted saca la cara por el gremio?

Bueno, sí, es terrible el lenguaje jurídico, es monstruoso, pero no hay que olvidar tampoco que hay un vínculo muy activo entre abogados y escritores, de hecho, en cierto período de la historia romana, en latín se llamaba letrado a los abogados porque en esa concepción cultural el poder del abogado era el lenguaje, esa era su herramienta para poder apelar, abogar ante la justicia que resuelve los casos.

Así que el vínculo era muy antiguo, y si vemos la historia de la literatura occidental hubo grandes abogados, el principal Frank Kafka, pero aquí, en nuestra tradición, un abogado que para mí es esencial es Pablo Palacio, un abogado totalmente escritor, un abogado que estuvo siempre ejerciendo el derecho a través del lenguaje y la creación literaria.

¿Y cómo se involucra con la crónica? ¿A partir de qué lectura o de qué experiencia?

Bueno, fundamentalmente cuando comencé a estudiar Derecho y necesitaba trabajo, así que empecé a trabajar en el diario de la Universidad de San Francisco, que se llama hasta la actualidad "Aula Magna" y, eventualmente, me parece que la editora de cultura de "El Comercio" leyó mis reportajes en "Aula Magna", así que me llamó a una entrevista, estuve en "El Comercio" como redactor de cultura y un poco el periodismo me fue atrapando.

Ya tiempo después trabajé como periodista de planta en "La Hora" y "La República", y de todos los géneros periodísticos el de la crónica es el que me resultaba más complejo y más profundo.


Usted habla sobre viajes felices y dolorosos cuando resume las fibras de su libro de crónicas, "Cuaderno de la lluvia". ¿A qué viajes dolorosos se refiere?

En el libro hay viajes dolorosos en muchas de las crónicas, por ejemplo la que yo hice de Jama durante el terremoto de Manabí en el año 2016, así que sí, hay mucho dolor en ese tipo de experiencias, de ver al otro y de ser empático con otro ser humano; eso sí lo he visto y está en una de las crónicas.

Otra crónica que incluyo en el libro y que incluso ganó una mención de honor en el premio de Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa, en la categoría opinión, es una crónica donde narro una noche de cobertura de una audiencia en la cual el Ministerio del Interior del gobierno anterior, por medio de su ministro de Gobierno, pretendía la expulsión de más de cien ciudadanos cubanos que habían huido de la pobreza en su país, y muchos estaban de paso en el Ecuador; no es que querían quedarse sino que desde aquí estaban tratando de ver cómo llegaban a Estados Unidos, sin embargo, el gobierno de Ecuador era muy cercano al gobierno de Cuba y, pese a que había normas expresas del Derecho Internacional que protegían un poco la situación de estos ciudadanos, el gobierno de Correa les entregó a Cuba.

¿Cuáles eran estas normas que se violaron? Una norma muy importante del Derecho Internacional es que cuando deportas a una persona la deportas a su último puerto de embarque, o sea ves por el registro migratorio por dónde entró y se la deporta a ese país. Muchos de estos ciudadanos entraron caminando, incluso en bus, por avión, lo que sea, desde Colombia y Perú. Había unos, me acuerdo, que habían llegado en vuelos desde Brasil, y, sin embargo, se los agrupó y se los entregó al gobierno de Cuba, donde se los iba a juzgar como disidentes, violando normas expresas de nuestro Derecho Constitucional y normas internacionales porque nunca a un deportado se lo entrega a un país donde va a ser castigado por haber huido.

Entonces, esa audiencia fue muy dramática porque yo veía a esas personas que tenían en la mirada la sensación total de que su vida era una hoja en el viento, o sea no había nada que les protegiera, ni el derecho ni las leyes ni la Constitución que decía que aquí se garantiza la libre movilidad humana sin importar la nacionalidad. Estaban en el desamparo absoluto.  Yo veía eso y veía a los funcionarios maquinando esta deportación, que no les importaba; eso me pareció impresionante: ver un dolor tan grande.

Esa es una de las cosas que me sorprendió mucho, que hay seres humanos que son capaces de ver el dolor de un modo tan profundo y no sienten nada, no reaccionan ante ese infortunio. Incluso a la Sociedad Interamericana de Prensa le gustó mi crónica sobre este hecho y yo sí creo que retrata un poco este tema del que estamos hablando, o sea de la incapacidad de muchos seres humanos de ser empáticos con otros seres humanos.

Mencionaba en la introducción a Bob Dylan y Ana Frank, si le pusieran a escoger entre ir nuevamente a la casa de Ana Frank y estar en un concierto de Bob Dylan, ¿qué imágenes preferiría para hacer una crónica? 

Bueno, el problema aquí es que con Ana Frank la historia es un poco más dura y por eso mismo fui a la que fuera su casa y la incluí en la crónica, porque a mí me gusta mucho pensar que mi escritura también se orienta a la memoria, y a que los seres humanos recuerden.

El caso de ella es el de una vida destrozada sin motivo. Bob Dylan, por otro lado, es la felicidad; Bob Dylan es la alegría de la vida, la fuerza de la naturaleza y de la música, entonces es otro contexto, y yo le puedo decir que si bien incluí una crónica de otro concierto de Bob Dylan en este libro creo que me falta mucho entender y escribir sobre Dylan.

Fui una de las personas que celebró el premio Nobel otorgado a Bob Dylan, fue un premio Nobel muy polémico porque a muchos les molestó, y yo lo celebré, y lo celebré por una razón específica: porque siempre he creído que la literatura nació de la música, probablemente en esas primeras sociedades donde la gente se reunía, en las ciudades griegas, esto era en el ágora, pero quizá antes, en Mesopotamia.

Estos primeros pueblos organizados se reunían en la plaza, en el lugar público y había alguien que en rapsoda, un aeda, un poeta, declamaba. En esa época comenzó la literatura, quizá la literatura no era escrita para nada, era simplemente oral, entonces estos poetas eran cantantes, cantautores que se paraban en medio de la plaza y comenzaban a declamar.

Ahí nace la música, nace el teatro, nace la actuación y nace también la literatura escrita, pero el premio que recibió Bob Dylan para mí reconoce esa historia de la literatura, que la literatura nació como un canto, nació como una canción.

El primer poema del que tenemos conocimiento es el poema del Gilgamesh, de la literatura griega, "La odisea" es un canto. O sea, Dylan se conecta con el origen mismo de la literatura. Y algo que es bien importante con Dylan es que uno puede abrir las páginas de El Quijote; uno puede abrir las páginas del Ulises de Joyce, o uno de los libros de Virginia Woolf y siempre va a encontrar algo potente en cualquier página al azar, y eso sucede con las canciones de Bob Dylan.

El periodista español Miguel Ángel Bastenier (+) decía que la crónica era un reportaje con ínfulas literarias y que la crónica era un invento de la Fundación Gabo. ¿Qué opina sobre esas declaraciones? 

Hay mucho que comentar al respecto. Algo fundamental es que debemos rastrear la crónica también hasta sus orígenes y yo sostengo en mi libro una crónica que fue muy dura de escribir porque fue un homenaje a los periodistas de diario "El Comercio" que fueron asesinados en la frontera con Colombia, y ahí me propuse responder la pregunta que usted está haciendo y rastreé los orígenes de la crónica.

Yo creo que los orígenes de la crónica comienzan con los orígenes de la civilización occidental, es decir el primer gran relato periodístico y el primer gran relato de viajes es precisamente el viaje de Ulises desde Ítaca por el mundo antiguo durante 20 años, narrando sus aventuras y en algún momento vuelve a Ítaca envejecido. "La odisea" es la primera expedición periodística a gran escala, el primer ejercicio de reportería para narrar pueblos y civilizaciones, costumbres, formas de gobierno, porque Ulises viaja y va narrando todo lo que va viendo con mucha descripción en el canto de "La odisea", de Homero.

Entonces, no creo que la crónica sea un invento de la Fundación Gabo, pero lo que sí creo es que la crónica es periodismo, pero también es literatura, eso es lo que le diferencia a la crónica del reportaje común y corriente.

En inglés el término es non fiction para describir este tipo de literatura, literatura de no ficción, es una literatura que no pierde la puesta estética, que no pierde el trabajo con el lenguaje, el trabajo que es profundamente artístico con el lenguaje, pero todo lo que cuenta es que este género de la literatura es real, de non fiction.

En español no hemos asumido tanto ese concepto y se habla más bien del periodismo narrativo o crónica, pero pertenece a ambos mundos, porque todo lo que se cuenta es real, pero también se maneja una propuesta que tiene que ver con la estética, que tiene que ver con narrar una historia donde el 50% son los hechos, pero el otro 50% es la técnica, darle importancia a la técnica, a la forma.

Yo le puedo contar una noticia a usted, pero quisiera hacerlo de una forma absolutamente compleja, de una forma absolutamente estructurada, entonces ahí se le da también a esta historia real un bagaje literario, que no es de invención, es simplemente la forma literaria para que esta historia tenga la fuerza de un libro de literatura. 

Sabrina Duque, que es una gran cronista dice: "yo no soy menos escritora por escribir historias reales, soy escritora y escribo muy bien, pero lo que yo narro son historias reales".

Entonces es un poco eso el debate. Yo creo que la crónica es literatura y es un género maravilloso de literatura. A veces la realidad, las historias reales sorprenden mucho más y son más increíbles que las historias de ficción.

¿La lluvia de "Cuaderno de la lluvia" es copiosa, abundante? ¿Por qué se llama así su libro de crónicas?

Es un homenaje a Julio Cortázar, que tiene un cuento en su libro de "Historias de cronopios y famas", donde dice que cuando los cronopios se van de viaje todo les sale mal, llueve, se mojan, los taxis no les quieren parar y están en esta situación de calamidad y, sin embargo, los cronopios se encuentran fascinados del hecho de seguir viajando. O sea, no importa la lluvia, porque lo que importa es el viaje.

Entonces, el título es un homenaje a ese concepto de Cortázar de que a veces llueve, pero eso no impide que podamos disfrutar de cada instante.

Decía el cronista mexicano Juan Villoro que hoy es más fácil organizar un congreso de crónica que escribir una crónica. ¿Tiene la misma percepción? 

Creo que ese tema en algún momento le preocupó a García Márquez porque en el fondo él veía que la profesionalización del periodismo iba a derivar en una teorización demasiado académica de los géneros periodísticos y él decía que la única forma de aprender periodismo es haciendo periodismo y creo que por eso fundó justamente su fundación, para armar grupos de periodistas que aprendan a hacer periodismo, redactando crónicas, haciendo entrevistas, haciendo reportajes.

Entonces eso alude a lo que usted está diciendo, es más fácil hacer un congreso sí, porque cada vez el mundo académico se apropia más de estos espacios creativos y cada vez hay más libros sobre las crónicas, pero cada vez es más difícil encontrar la manera de hacer crónicas porque uno va viendo que quizá hay que estudiar periodismo y hacer una maestría en periodismo narrativo, y quizá leer algunos manuales de cómo hacer una crónica, y creo que no va por ahí, y ahí coincido un poco con lo que García Márquez pretendía con esta reflexión. Y es que yo creo que la crónica fundamentalmente viene de dos hechos: el de leer y el de escribir. O sea, no se puede escribir una buena crónica si es que primero no se ha leído mucho, no solo a los grandes cronistas. 


La periodista Leila Guerriero, gran cronista latinoamericana, dice que para ella es fundamental leer poesía para hacer una buena crónica. Y uno se preguntará ¿por qué si la crónica es algo real? Porque la poesía es el género con mayor profundidad, trabaja el lenguaje. ¿Cómo uno no va a aprender a hacer una buena crónica leyendo a los poetas? Leyendo los grandes poemas y ver ese trabajo no tan académico como profundamente artesanal, o sea el trabajo con el lenguaje es un trabajo como el del carpintero que está cortando la madera, lijando, clavando para darle forma a un mueble. El trabajo con el lenguaje no es académico, es un trabajo profundamente artesanal y para eso hay que leer.

Para saber cómo coger esa madera, cómo pulir esa madera, hay que escribir y hay que escribir mucho. Ahora también siento que la crónica cada vez extiende más sus horizontes; la crónica clásica es sobre los grandes temas de Latinoamérica, los grandes temas de historia y de la política. Pero cada vez me doy cuenta de que hay otros tipos de crónicas que surgen de otras experiencias, la misma crónica de viajes no necesariamente habla de la destitución del presidente del Perú, de las dictaduras, pero habla de la experiencia humana del viaje y todo es real, entonces, el territorio de la crónica, pienso yo, es cada vez más grande, ya no solo son esas crónicas sobre los temas importantísimos que a todos nos interesan sino a veces también hay crónicas maravillosas sobre las cosas simples de la vida y que también son importantes.

La poeta uruguaya Ida Vitale, premio Cervantes, decía que la poesía exige y que algo "tiene que poner el lector", mientras que la lingüista argentina, Ivonne Bordelois, ha defendido la poesía con una sentencia, cuanto más, inquietante: "cuando se deja de enseñar poesía en las escuelas se comete un genocidio mental".

El sistema educativo cae en ese tipo de errores brutales porque no hay nada para el alma humana más formativo que la lectura de la poesía, de todas formas no me siento aterrorizado frente al hecho de que ya no enseñen poesía. En una ocasión tuve la oportunidad de preguntarle al poeta chileno Raúl Zurita qué va a pasar cuando se acabe la poesía y él decía que mientras viva el ser humano la poesía no se acabaría porque el ser humano no podía vivir ni un solo día sin un sueño; así seamos pocos los lectores de poesía esta sobrevivirá. 

Decía el cronista Alexis Serrano en una entrevista que le hizo El Telégrafo recientemente que no es necesario tener el título de periodista para ser un buen cronista. Supongo que usted piensa igual porque es abogado, ¿pero cree que para ser un buen cronista se debe pasar irremediablemente por una sala de redacción?   

Sí, hay excepciones que confirman la regla, algún cronista que se haya formado solo por ahí, pero es una excepción. Yo creo que para la persona que quiere contar historias reales su gimnasio para ganar músculos de cronistas solo puede ser una sala de redacción, a mí me ha servido mucho.

De hecho, yo trabajé con Alexis muchos años en "La Hora", pero también en "El Comercio", en "La República". He colaborado muchos años para Mundo Diners. No creo que una universidad pueda enseñar tanto como los editores en la sala de redacción, pero el trabajar con periodistas que ya han explorado estos géneros ayuda mucho, uno aprende muchísimo, y no desde la teoría sino desde el ejercicio de la crónica. 

Aprendí mucho con Alexis, con Damián De la Torre, incluso en la época de "La República" forjé una amistad con Jorge Ortiz, que tiene sus crónicas históricas, crónicas del mundo. No son ejercicios de reportería actuales sino de reportería histórica. Es un investigador impresionante. Hablar con una persona como él es ilustrativo y ese tipo de cosas no se pueden aprender en un formato académico. La crónica se aprende y se perfecciona leyendo a otros periodistas que también aman la crónica. 

El cronista peruano Juan Villanueva, fundador de Etiqueta Negra, decía que la crónica puede ser todopoderosa o una reverenda basura. ¿No hay término medio en la crónica? 

 

No estoy tan de acuerdo, hay grises interesantes en todos los aspectos de la vida humana, más aún en los aspectos de la escritura, pero lo que sí puedo decir es que, y eso lo conversaba con Óscar Vela, una buena crónica tiene que ser como una buena novela para el escritor. Es decir, uno tiene que sentir que entregó todo en ese texto, como lo que Cervantes sintió escribiendo El Quijote, ahí va quedando la propia vida.

Uno da todo lo que puede dar. Eso es lo que hace la buena crónica, uno no puede guardarse nada. Hay que entregarse 100%, que tu esencia quede allí, y en ese momento el texto deja de pertenecer al autor, de modo que sí puede haber un lector que diga "hay crónicas buenas y monstruosas", pero eso ya es un tema de la recepción. El tema de la crónica implica otro debate y es dar todo. Una gran crónica es como un gran texto literario, el escritor tiene que sentir que lo ha dado todo, que no se ha guardado nada para sí.   

¿Quiénes son sus cronistas preferidos?

En español, primero, los argentinos Leila Guerriero y luego Martín Caparrós. En crónica política me fascina Roberto Aguilar; me parece un cronista alucinante en temas políticos, pero sobre todo quiero rescatar a los escritores de literatura que escriben crónicas porque he leído crónicas fascinantes en ese sentido, por ejemplo a Gabriela Alemán.

Ella puede escribir una crónica cada año, es decir no es una cronista constante pero cuando lo hace es impresionante. Una de sus crónicas sobre una colonia que fundaron alemanes nazis en Paraguay ganó premios importantes; ella va a la colonia y va narrando todo lo que ve. Es una crónica que a uno le pone los pelos de punta.

Y de tradición universal, definitivamente, Gay Talesse, de hecho en mi maestría leí muchas de sus crónicas porque para dar clases de Literatura y Periodismo debía hacerlo, pero me enamoré. Él es uno de los más grandes escritores y sus historias son reales. Otro libro que me fascinó es "Voces de Chernóbil", de la premio nobel de Literatura que es periodista y escribe crónicas Svetlana Aleksiévich. 

¿Y qué está leyendo en este momento?  

Estoy leyendo "Crónicas salvajes", de Miguel Ángel Vicente de Vera, y una novela de Vargas Llosa maravillosa que se titula "El paraíso en la otra esquina", que trata sobre Flora Tristán y su nieto, el pintor Paul Gauguin. 

El cronista Villanueva señala que cuando se lee crónica uno no quiere leer, quiere en realidad vivir una experiencia...

Me hace sentido lo que ha dicho, lo encuentro coherente, fundamentalmente, porque al menos en mi experiencia con este libro y con las primeras crónicas que escribí, hace siete años, tenía mucha adrenalina. Yo escribí estas primeras crónicas porque quería vivir más, porque había ido a Roma y a Ámsterdam pero quería llevar esa adrenalina que tenía dentro a una explosión más vital. Mi aproximación a esas primeras crónicas estaba atravesada por una ansiedad por vivir intensamente, no me conformaba simplemente con haber ido.   






Miguel Molina Díaz nació en Quito en 1992. Es escritor y abogado. Es máster of Fine Arts (MFA) en Escritura Creativa en Español por la New York University (NYU). Es abogado por la Universidad San Francisco de Quito. Realizó su año de intercambio en la Universidad Autónoma de Barcelona. Entre otros medios, ha trabajado para La Hora, El Comercio, La República y Mundo Diners. Ha recibido Mención de Honor en el Premio de Excelencia Periodística 2017 de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), categoría Opinión.

En 2017 publicó su poemario Postales (Jaguar Editorial). Ha publicado cuentos en antologías y ensayos en libros colectivos y revistas. Actualmente es columnista de diario El Universo y profesor de la UDLA. Con Cuaderno de la lluvia Miguel Molina Díaz explora la narrativa sobre viajes y desplazamientos. No solo sus propios viajes, sino también aquellos que como periodista y escritor ha investigado y que lo han marcado. Hay viajes felices y dolorosos. El libro inicia con su llegada a la Roma de los cineastas Federico Fellini y Paolo Sorrentino, así como a la Ámsterdam del pintor Vicent Van Gogh y la niña Ana Frank. En las páginas de este libro constan: El cierre de la mítica librería Canuda de Barcelona, los viajes finales de Antonio Machado, Walter Benjamin y Roberto Bolaño. El último confinio político en las Islas Galápagos. El terremoto de Manabí. Las expulsiones de extranjeros durante el correato. La historia de Pancho Segura. La tragedia del equipo periodístico de "El Comercio" en la frontera con Colombia. El reencuentro de dos amigos con la tauromaquia. La historia del leprosario de Quito. Recorridos por Europa, la India y Nepal. Un concierto de Bob Dylan. La pandemia en la ciudad de Nueva York.