Memoria y homenaje a un hombre de acción

17 de noviembre de 2013 00:00

Alguna vez escribí un homenaje a un hombre de reflexión, refiriéndome a Alfredo Pareja Diezcanseco, hermano de mi madre, escritor notable, integrante del llamado Grupo de Guayaquil del realismo social en el Ecuador y autor de Las pequeñas estaturas, una de las novelas mejor logradas en la literatura actual del país, a quien, como es obvio suponer, yo admiraba y siempre quise imitar.

En términos más contundentes fue una de las dos imágenes paternas que nutrieron mi vida.

La otra fue la de mi padre propiamente, un hombre de acción a quien también quise imitar.

Ahora pago mi deuda con el hombre de acción, Miguel Ángel Donoso Moncayo, nacido en Quito el 28 de diciembre de 1896, el día de los santos inocentes, de ahí lo de Miguel Ángel, nombre compuesto que le desagradaba por aquello de la inocencia, virtud (¿?) que no iba con su curiosidad de conocer el mundo y recorrerlo.

En 1912 se graduó de profesor en el Normal Juan Montalvo capitalino, seguramente por darles gusto a sus padres, pues era algo que no le interesaba en lo absoluto.

Poco después, con su hermano Julio César, un año mayor que él, ingresó a la Escuela Naval que en términos notoriamente macondianos funcionaba en Quito, tal vez por el centralismo capitalino.

Hombre de acción, deseoso de conocer el mundo, hábil con las manos, bueno para las matemáticas, sociable y con sentido del humor, el joven quiteño no fue un “marinero de agua dulce” porque la Escuela Naval se trasladó a la Costa, lugar donde le correspondía estar.

Sirvió algunos años en la Armada Nacional, participó en la guerra de Esmeraldas, por cuyo valiente comportamiento en combate fue elogiado en uno de sus libros por Jorge Pérez Concha.

Integrando la Marina de Guerra del Ecuador llegó a Chile, donde su hermano Julio César fue asesinado por un enredo de faldas y él se desenroló y vivió un tiempo allá hasta que se embarcó como marino mercante.

Viajó entonces por todos los mares del mundo y llegó a ser Primer oficial, es decir, jefe de cubierta y de maniobras en los puertos.

En 1923 se incorporó a la Fuerza Aérea Norteamericana, de la que fue piloto aviador y técnico en motores de aviación.

Vivió en Inglaterra (Londres) y Estados Unidos.

De regreso al Ecuador se domicilió en Guayaquil, ciudad en la que conoció a María Leonor Pareja Diezcanseco con quien contrajo matrimonio poco después.

Fue contratado por la Anglo Ecuadorian Oilfields para que fuera sucesivamente capitán de los buques gasolineros Buaro, Catalina, Juanita Béazley, Quito y Anglo.

Ya casado fue a vivir al puerto de la Anglo, llamado Puerto Rico y situado entre la Libertad y Cautivo.

Puerto Rico y Ancón estaban estructurados con todos los vicios de la mirada colonialista de los ingleses, de manera que había barrio inglés, de negros y de nacionales. En la sala de cine de la compañía había una división del mismo tipo.

Posteriormente fue gerente del puerto, hasta que se jubiló. Y fue presidente del Concejo Municipal de Salinas.

Su vida familiar fue tranquila, fiel al mar frente al que daba su casa que estaba en el barrio inglés (tal era el rango que le daba la Anglo).

No quiso ir a vivir a Guayaquil y se mantuvo en Puerto Rico, roto en su identidad natural, que cumplía con su familia, y la inglesa, adquirida a lo largo de su vida, que cumplía en su trabajo, sometido a lealtades difíciles y contradictorias, ni inglés ni nacional, multiplicado en fragmentos de lenguaje, de horarios, el inglés y el castellano, hábitos, hora del té, los huevos con tocino, el café con leche, la hora de la BBC, etcétera, y ese no ser ni de aquí ni de allá, leal a los pescadores, los Panchilique, únicos amigos de su hijo que no fue a la ciudad hasta los once años, y luego interno a Quito (para él, por eso, el infierno es frío), pero se crió en la playa, pata al suelo y libre, dueño del sol y de las olas. No socializó, en cambio, y le fue muy difícil adaptarse al mundo real.

Miguel Ángel Donoso Moncayo murió en Guayaquil en 1971, a los 75 años de edad.

Alfredo Pareja Diezcanseco escribe en El duro oficio (pág. 178) que Miguel Donoso Moncayo, su cuñado, “era una persona encantadora”.

Obviamente, tampoco lo pude imitar. Cumplo, eso si con el homenaje que le estaba debiendo.

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