Medardo Ángel Silva: tres versiones distintas y una muerte verdadera

- 10 de junio de 2019 - 00:00
El 11 de junio de 1919, el telégrafo dedicaba más de media página a la muerte de su colaborador Medardo Ángel Silva, quien firmaba como Jean D’Agreve.
Reproducción de EL TELÉGRAFO

"La trágica muerte del poeta Medardo Ángel Silva.- El inspirado vate, en momentos de ofuscación y de locura, se quita la vida, con un tiro de revólver, en la casa de su propia novia, la señorita Rosa Amada Villegas”.

Así rezaba el titular a cuatro columnas de El Telégrafo del miércoles 11 de junio de 1919. El domingo 8, el poeta había cumplido la mayoría de edad. Un manuscrito de El alma en los labios, que conservaba Abel Romeo Castillo, su biógrafo, está firmado con esa fecha, a las 12 ¾. La dedicatoria: “Para mi Amada”.

José Joaquín Pino de Ycaza, de los primeros en llegar a la casa de los Villegas, jamás aceptó la idea del suicidio. Él acusó al comisario Segundo Savinovich de falsear la investigación.

“De nada valió el que sus amigos y discípulos -escribió en 1954- hiciéramos notar la absoluta falta del tatuaje de pólvora en la mano que debió empuñar el revólver, ni la ausencia de soflama en el cabello que cubría la parte del cráneo que recibió el impacto [… ni que el orificio de la bala estuviera…] cinco o seis centímetros, tras del lóbulo superior de la oreja”.

Pino de Ycaza da cuenta de los prejuicios del comisario al citar lo que les respondió: “Hombre, ¿a qué tanto caramillo? Tratándose de un poeta y pobre, por añadidura, es inobjetable el suicidio. ¿Quién iba a querer matarlo?”.

La investigación policial determinó que el “proyectil deformado es el mismo que corresponde a la vainilla descargada y encontrada en la manzana” del revólver Smith & Wesson, calibre 32, hallado junto al cadáver.

Según el testimonio judicial de la madre del poeta, doña Mariana Rodas, el revólver lo llevó su hijo, “de la casa de la familia Ampuero, el día 8 de junio pasado por la noche después de regresar de un baile…” y lo “conservaba en el cajón del peinador”.

La noche del suceso, Silva tomó el revólver de la peinadora, le dio a ella un beso de despedida y salió rumbo a la casa de los Villegas. Según la madre, “la muerte de su hijo, fue a consecuencia de un acto primo, ocasionado por él mismo…”.

El domingo 15, fue publicado el informe de los médicos de la Policía, A. J. Ampuero y C. C. Cucalón, que concluye: “… aseguramos que el Sr. Silva falleció a consecuencia de la herida por arma de fuego descrita en el cráneo, herida que por ser en el lado derecho, y encontrarse algunos granos de pólvora en el cuero cabelludo, indica que fue disparado el proyectil que le ocasionó la muerte, por el mismo señor Silva”.

El juez de la causa, el poeta Francisco Falquez Ampuero, dictó sentencia el 22 de julio de 1919: “… está acreditado que el Sr. Don Medardo Ángel Silva atentó él mismo contra su vida…”.

Abel Romeo Castillo, en cambio, no cree ni en la hipótesis del asesinato ni en la intención suicida de Silva, sino en “una trágica muerte”.

En una carta del poeta a Rosa Amada, publicada el 15 de junio, escribe: “-‘El dar el cuerpo, cuando se ha dado el alma, es la verdadera gracia del amor’-, dice Verhaeren, en un libro que anoche, hubiera querido leer junto a ti; un bello libro de amor y muerte, luminoso y trágico, Amada, parecido a tus ojos…”.

El poeta habría fingido una escena suicida frente a Rosa Amada, para que corresponda su deseo amoroso, levantando el revólver sin apoyarlo en la sien. Castillo añade las circunstancias de que el poeta le sacara al revólver dos balas, dejando tres, y que no escribiera una carta o un poema de despedida.

“Pero como nunca había manejado un arma, involuntariamente apretó levemente el gatillo y entonces descerrajó el tiro sin querer hacerlo…”.

En páginas interiores de El Telégrafo, aquel 11 de junio, apareció la última crónica que escribiera el poeta bajo el seudónimo de Jean D’Agreve: “El nuevo mariage de Maurice Maeterlinck”.

La crónica habla del matrimonio del dramaturgo de cincuenta y ocho años con Renée Dahon, de veinticuatro, en Niza, cinco semanas después de que el escritor se divorciara de la actriz Georgette Leblanc.

Al urgir a Rosa Amada para que acceda a sus requerimientos, en la carta ya citada, el poeta le implora: “… y una palabra tuya me haría feliz para siempre y para siempre esclavo tuyo, y cómo destrozaría, otra, mi vida que te pertenece”. Jean d’Agreve suspira al final de su última crónica: “Sueños de poeta, inefables, inextintos sueños de poetas...”.

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