La buena suerte: el amor como redención y totalidad

Rosa Montero ha sido premiada en varias ocasiones en su país, España, y fuera de él
24 de enero de 2021 00:34

Rosa Montero simula una novela de amor para sugerir la totalidad de la vida. Su voz no es la voz de La Carne (publicada en 2016) aunque aparente usar la misma estructura. Un exitoso protagonista que libra una batalla con sus dolores escondidos. Huye y no vuelve jamás. No. Su estilo es más refinado. Utiliza la sugerencia, lo sutil, lo susurrado para desnudar las verdades más complejas y desagarradoras. Su verdadera fuerza está en lo que se supone. No en lo dicho.

Técnicamente es una novela romántica contada a través de una narración policíaca, con lo cual el lector escucha su calmada y sabia voz; y de repente se sabe en una persecución criminal, buscando pistas y salidas a los nudos narrativos. Sea lo que sea que escriba posteriormente, La buena suerte es una cumbre en el quehacer literario de Montero. Nada escrito anteriormente tiene su sobriedad, dulzura y carácter.  Ni siquiera Crónica del desamor, Instrucciones para salvar el mundo o El peso del corazón.   

Para explicar lo esencial de la existencia humana les quita despiadadamente todo a los protagonistas del relato. Todo. Y mientras les va devolviendo, de forma caprichosa la sonrisa, va sumergiendo al lector en un laberinto insalvable.

Tal vez no es ella, tal vez así es el destino. “La vida es como un mar y nosotros, barquitos. Subimos y bajamos con las olas y a veces hay tormentas espantosas”, dice Montero en el clímax del relato.

¿Quién está preparado para esa tormenta? ¿Quién tiene los arrestos para sumergirse y salvar la vida del prójimo, exponiendo la suya? Tal vez la tormenta sea una época maravillosa de aprendizaje. Sobrevivencia y dolor. Acompañamiento y dolor.  

La obra de Montero es un brillante y llamativo relato respecto de la violencia. Sus letras pueden, en varios tramos, llevarnos del humor al dolor más insospechado. Esta reflexión es más fuerte cuando el dolor es el nuestro.

“Buenos días mi amor. Hoy tengo prisa, pero me voy a dedicar con calma a hacerte feliz”. ¿Es una promesa, una ilusión o un recuerdo? Tal vez son palabras que sirven de paracaídas en el vacío, bien planeado, que dispuso Montero.

Se llega presuroso al fondo. Jamás ileso. Lo cierto es que mientras se acompaña al protagonista principal en su viaje de ida y vuelta al infierno se escucha una voz de sabiduría que está detrás del bullicio. Pero hay que escuchar con atención. “Mira, a mi edad he llegado al convencimiento de que la gente no se divide entre ricos y pobres, negros y blancos, derechas e izquierdas, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, moros y cristianos. No. En lo que se divide de verdad la humanidad es entre buena y mala gente. Entre las personas que son capaces de ponerse en el lugar de los otros y sufrir con ellos y alegrarse con ellos, y los hijos de puta que sólo buscan su propio beneficio, que sólo saben mirarse la barriga.”

La buena suerte es esa luz al final del camino. Esa caricia después de un par de chirlazos de realidad. “Pinceladas de oro en la fealdad del mundo”. Es una buena idea leerla. Es una buena suerte sumergirse en el placentero mundo de sus letras para escapar de uno, para empezar de cero, para aprender en cabeza ajena. Para saborear el amor como respuesta a cualquier pregunta y conservar la esperanza y la ilusión aun en el escenario más árido e imposible. 

"La alegría es un hábito" Rosa Montero
El Telégrafo
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