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La hermandad como trauma

El insulto es un filme valiente: enfrenta las posturas que aún se sostienen y que siguen llenando de sangre Medio Oriente.
29 de noviembre de 2020 00:00

Quizá el título debería más bien formularse como pregunta: ¿Es posible la hermandad humana, pese a las diferencias? La película libanesa El insulto (2017) de Ziad Doueiri nos lo pone de manifiesto. 

El insulto parte de un hecho trivial pero que luego se complica hasta lo indecible. Un hombre riega sus plantas, accidentalmente moja a un trabajador municipal que hace obras en la calle; este le hace notar de esta falta, oficiosamente arregla el desagüe para que no vuelva a suceder, lo cual es entendido por el primero como una ofensa. Pero el problema va más allá en tanto, uno es cristiano libanés, miembro de un partido político nacionalista y, el otro, un palestino refugiado.

Doueiri discute la problemática tras la expansión territorial de Israel, desplazando a los palestinos hacia países vecinos. Líbano se constituyó en uno de los países que, luego de una guerra civil, también fue el asiento de los refugiados palestinos. Pero la cuestión de fondo es otra: que históricamente las poblaciones de la región eran hermanas, pese a las influencias musulmanas y cristianas, pero que de pronto rompen sus lazos por efecto de la creación del Estado israelí. ¿Qué es lo que pasó para que los palestinos, antiguos vecinos, terminen siendo considerados como los parias de la región, tal como se escucha en uno de los diálogos del filme? El director trata de entender la problemática enfatizando en que el nacionalismo, que además exacerba y oscurece el entendimiento, es la causa del desastre humanitario hasta hoy.

Para denotarlo, el argumento de El insulto también enfrenta a dos abogados libaneses, un padre y su hija, uno nacionalista, manipulador –como el ejemplo de un oficio por el que se trata de sacar beneficios personales–, y la otra, cuestionadora de los valores, cuya perspectiva es más bien ética.

Es a través de la defensa de los injuriados –porque cada uno de los protagonistas no cede–, que nos damos cuenta de que el real agravio es lanzado verbalmente por el libanés contra el palestino, agravio que encierra el odio endémico y que, aunque es pronunciado a veces entre individuos, no se lo puede decir públicamente porque develaría un sentimiento que tendría que haber sido superado, pero que la política y la religión impiden que sea así. El insulto, por ello, es un filme valiente: enfrenta las posturas que aún se sostienen y que siguen llenando de sangre Medio Oriente, además de mostrar que las generaciones jóvenes están dispuestas a repensarlas. (I)