“Hay 10.000 formas de crear diferencias que no me interesan”

03 de febrero de 2014 00:00

Daemon Producciones es una de las empresas que más montajes realizan en Guayaquil. Si bien aún no tiene un texto original, la productora se ha hecho un espacio, aprovechando el momento que vive el teatro en la ciudad. Y es que si bien el director de Daemon, Jaime Tamariz, aclara que el supuesto ‘boom’ escénico no significa que exista en la ciudad una industria del teatro establecida, ciertamente hay un surgimiento y un repentino interés del público.

Tamariz dirige Daemon junto a la escritora Denise Nader, encargada de la dramaturgia en la productora.

Al igual que Tamariz, Nader considera que el diálogo entre el público y las tablas ahora es distinto. “Las conversaciones son distintas. No se analiza la obra como se analiza un libro, pero se ha formado un lenguaje propio entre la obra y la gente”, dice, y agrega que a ellos no les quita el sueño aquella “dicotomía de lo comercial vs. lo artístico”.

Hay talvez un interés en Daemon de montar obras “que le devuelven al teatro esa premisa de que cuando vas a ver algo, te estás viendo a ti, te reconoces”, dice Nader.

A continuación, algunas de las perspectivas de Daemon sobre el teatro en Guayaquil, en palabras de su director, Jaime Tamariz.

Daemon es uno de los grupos teatrales más activos en la ciudad. ¿Cuándo lanzan una obra con guión original?
Hay unos textos ya escritos que no son para teatro. Son más bien para cine: proyectos de cortometrajes, y algunas ideas para televisión, que es un lenguaje que también nos interesa abordar. Hasta ahora no nos hemos terminado de lanzar en eso, porque de alguna forma el teatro es  lo más concreto y lo más cercano a nosotros.

Daemon está posesionado como una marca teatral.
Pero estoy seguro de que esos proyectos van a suceder. Daemon ha tomado cierto ritmo y una dinámica por la que hemos apostado. Hay un proyecto de corto que me encantaría poder realizar este año. Pero de ahí en adelante, lo demás va a ser teatro. Es que también es un buen momento en las artes escénicas en Guayaquil, y nosotros estamos inmersos. Es una forma de sentirnos parte de algo.

Aquello del buen momento escénico en Guayaquil es una idea recurrente que quedó inscrita en el imaginario colectivo del guayaquileño en 2012, cuando la apertura del Sánchez Aguilar le dio dinamismo a la escena. ¿Pero no sientes que en 2013 no ha evolucionado como debería?
Creo que hay que entender las cosas en una dimensión más amplia. Uno no puede esperar que en una ciudad donde no ha habido industria teatral, exista de repente. Pero es inevitable pensar en una especie de surgimiento. Sí ha habido cosas emergentes que hablan de un interés de la comunidad en consumir teatro. Además es normal, Guayaquil está creciendo y no es la misma ciudad de hace 10 o 20 años. En ese sentido, hay una oportunidad en la que no solamente hemos entrado nosotros, sino varios grupos que han hecho propuestas muy interesantes y que también han alimentado la producción general en Guayaquil.

Pero no hay una industria.
Es que no se puede hablar de que hay una industria establecida si no hay leyes o instituciones públicas que realmente estén participando de forma activa en la sustentación de una industria escénica como hay en otros países, donde la gente vive del teatro: actores, maquillistas, vestuaristas... En nuestro caso, hemos logrado mantener un grupo muy cercano de gente que trabaja con nosotros, y ahora con otros directores, lo que me parece fabuloso. Y, sí, hay gente que antes trabajaba en comerciales de televisión y ahora quiere involucrarse en el teatro.

Por años se ha dicho que los actores de la televisión nacional llegaron del teatro, que es un formato distinto. Pero más allá de eso, siempre esos actores eran los mismos. Era un mundo pequeño porque la producción tampoco era muy grande. En ese sentido, ¿sientes que hay una perspectiva comercial suficiente?
A mí me sorprende. Hemos tenido algunos llenos de 5 días seguidos. Pero hay otros momentos en que la gente no va. Hemos enfrentado las dos situaciones, y hemos hecho obras que no son nada comerciales, como Cenizas,una fusión de teatro y danza en la que tuvimos un nivel de producción altísimo. Trabajamos casi a pérdida para hacer la entrada barata en la casa Cino Fabiani. El cupo era para 50 personas, y a la primera función fueron 8. Para los bailarines fue duro. En general, la  gente no está esperando que llegue algo nuevo. A nosotros nos ha costado crear una red de gente que nos siga y se interese por Daemon. Es difícil la situación.

¿Se privilegia lo comercial?
Sobre este aspecto de lo comercial, de que la gente habla de obras como Scrooge, a la que van más de 5.000 personas... claro que hay una estructura comercial atrás: La obra la compró un mall, que es una máquina comercial. No por ser comercial lo dejamos fuera, pero tampoco es algo que dicta el trabajo que queremos hacer... Que si son comerciales o no, lamentablemente me parece un criterio demasiado ortodoxo. Eso no me interesa. El teatro se trata sobre el momento en que los artistas y el público están en el escenario y punto. Lo que sale en la prensa, antes o después, las críticas... honestamente, no me interesan. Yo hago las cosas para poder tener ese momento. Que un artista tenga su trabajo y no consiga llegar a su audiencia y se quede en su casa con su obra... eso es bastante triste. Nosotros queremos que más gente vaya a ver teatro. No solamente el nuestro, todo el teatro. Creo que ese diálogo es muy importante.

En la ciudad hay tres grupos que podrían definir la propuesta: Arawa, Muégano y Daemon. Curiosamente, junto a esas dos agrupaciones experimentales, ustedes aparecen como ‘los diferentes’. Pero me dices que esa dicotomía no te interesa...
Es que son estructuras que no sirven actualmente.

¿Seguro? ¿Tú presentarías una obra como ‘Karaoke’ en una sala de 800 personas?
¡Yo produje (De cómo moría y resucitaba) Lazarillo y fui asistente del director! El Lazarillo de Arístides Vargas, dirigido por Gerson Guerra, con Itzel Cuevas (que viene del teatro épico puro y duro), Alejandro Fajardo (que trabaja bastante con nosotros) y Jorge Velarde (del ITAE, donde enseña la gente de Muégano).
Esa obra nos costó un buen billete. Lo que ganamos con el Grinch, Frankenstein y las demás obras comerciales, lo invertimos en Lazarillo, un texto de teatro experimental... O como quieras llamarlo. Hay 10 mil formas de crear esas diferencias que no me interesan. Cada uno encuentra su mundo y su poética. Lo importante es que esa poética sea honesta, verdadera y propia. Y ya la gente se encargará de verla, de consumirla... Que se haga teatro comercial o no tan comercial no tiene por qué ser un estigma. Quiero decir: si voy a ver a Peter Brook, que es quizás el teórico vivo más importante del teatro más experimental que existe, las entradas cuestan $ 200, con piezas que trabajan totalmente con arte visual... ¿Y eso no es comercial?

Bueno, en Londres hay un público que lo acostumbra...
Eso es lo que te digo. Es verdad que acá hay un proyecto general, el Teatro Latinoamericano, que tiene un corte político y líneas de investigación específicas dentro de las cuales se encuentran Muégano, Arawa o La Candelaria en Colombia. Pero en Daemon no estamos especializados. No tenemos un especial interés en ese género. Nos interesa más nuestra realidad inmediata: lo que vemos en la tele, en la calle, en los sitios en los que trabajamos, y lo que sabemos también del mundo. Somos un tanto anárquicos. Este es un tema que aparece en muchas entrevistas. Al que le interese ese tema, supongo que tendrá una manera de calificarlo y ponerle el ‘sticker’ que le parezca. A nosotros no nos preocupa.

Dijiste que ‘Lazarillo’ les costó un buen billete; pero la obra tenía tres actores y lleno total todos los días. ¿Por qué?
Sí, fue la obra más cara. Superó los costos de producción y salimos perdiendo, porque los actores tenían que irse a Quito todos los fines de semana durante 3 meses. Y la producción duró 9 meses. Y fue un trabajo precioso.

Hace poco colaboraste en la obra ‘Círculos’, realizada por Depende, una productora joven. ¿Qué perspectivas tienes en cuanto al futuro del teatro en Guayaquil? ¿A quiénes te interesa seguirles la pista o quién te interesa, desde el punto de vista del espectador?
Trato de verlo todo. Somos muy pocos, trabajamos muy duro y apostamos muchísimo. Estoy muy interesado en la gente nueva. Sé que cometen algunos errores... cosas normales, novatadas que comete todo el mundo cuando comienza. Pero pueden surgir cosas interesantes, porque siempre los jóvenes -los que son buenos- llevan una especie de desestructuración de las cosas. Y eso es importante. Que no siguen el orden establecido. Espero que haya más grupos. Aún faltan. Mira que ni siquiera hay un festival de teatro joven. Solo tenemos el festival de Jorge Parra, que lucha titánicamente para  hacerlo subsistir.

¿No lanzas un nombre?
No me parece muy justo, aunque me gustaría decir que tengo ganas de ver a un director, alguien joven... Adrián Cárdenas, del grupo de Círculos, se lanzó a dirigir esa obra y creo que consiguió algunas cosas interesantes. Él trabajó conmigo como asistente de dirección en Scrooge. Es mi amigo y obviamente lo que vaya a montar yo lo voy a ir a ver. Pero lo que me gustaría es que hubiesen más chicos como él, que hubieran más propuestas  desde visiones jóvenes y propias.

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