Fernando Vargas Cambo. Intérprete, compositor y requintista

“A mí me convirtieron en artista en el colegio Vicente Rocafuerte”

- 16 de junio de 2019 - 00:00
Con su concierto “JJ y algo más” recorre el país. la última presentación que hizo este mes fue en Loja.
Foto: César Muñoz / El Telégrafo

El guayaquileño interpreta las canciones de Julio Jaramillo. Se apasionó por su música, pues desde niño escuchaba sus discos. En 2018 cantó por última vez con quien llama su mentor, el fallecido compositor Carlos Rubira Infante.

Fernando Paúl Vargas Cambo, de 29 años, jamás imaginó que sería cantante y mucho menos que interpretaría las canciones del “Ruiseñor de América”. De pequeño agarraba una grabadora y se ponía a entrevistar a sus tíos cuando hacían alguna reunión familiar.

En Guayaquil, las calles Machala y Augusto González, el barrio donde se crió, fueron testigo de que ese niño más tarde se transformaría en artista. Sin saberlo, su abuela, Letty Mendoza de Vargas, quien lo cuidaba mientras sus padres trabajaban, poco a poco le fue inculcando el gusto por la música nacional, especialmente por el pasillo.

Ella le comentaba de su amistad con Julio Jaramillo y, paulatinamente, ese niño se fue enamorando de la música del artista. “Me contaba sus anécdotas, que él la iba a visitar a su casa, que le llevaba serenatas; incluso ambos (su abuela y JJ) fueron padrinos de bautizo de un niño”.

Terminada la primaria en la escuela fiscal N° 338, Julio Reyes González, ubicada cerca del Centro Cívico, su bachillerato lo cursó en el colegio nacional fiscal Experimental Vicente Rocafuerte.

Pese a que siempre le gustó el arte desconocía que esa sería su profesión en un futuro cercano. En cuarto año de bachillerato ingresó al curso de teatro que se dictaba por las tardes. Y un día, su profesor, Gastón Molina, ensayaba con él un monólogo.

“Lo mandaron a llamar del rectorado para una reunión y me encargó que cuidara la sala de teatro. Vi unas guitarras que mandaron a comprar y estaban allí botadas y me puse a entonar”.

En este punto recuerda con añoranza que su madre, Silvia Cambo, cuando era pequeño, le regaló su primer requinto, cuyo costo fue de $ 30. Lo compró en Chimbo, provincia de Bolívar, de donde ella es originaria.

Cuando su profesor regresó a la sala lo encontró cantando y con guitarra en mano. Se sorprendió y quiso que las autoridades del plantel escucharan lo mismo y que fueran testigos de lo que él había visto. Los docentes llegaron y le pidieron que cantara “El Aguacate”. “Era la única canción que en realidad me sabía (se ríe)”.

Lo hizo y el rector de aquel entonces, Jorge Itúrburu Salvador, le pidió a Gastón Molina que preparara a Fernando Vargas para que participara en todos los intercolegiales representando al colegio. Por eso es que siempre digo que “a mí me hicieron artista en el Vicente Rocafuerte; que me hice artista por accidente, porque yo nunca lo busqué, simplemente se dio”.

Menciona que quien tuvo esa visión de ver un artista en él fue su profesor de teatro, “cuando me oyó cantar por primera vez”.

Una carrera en ascenso

De ahí en adelante su carrera como artista poco a poco fue creciendo. En sus participaciones en los intercolegiales ganó más de una docena de premios. “El profesor me preparó en dominio escénico, expresión corporal, facial y siempre me ponían en la agenda de todos los actos del colegio”.

Pero llegó el momento en que se apasionó tanto por la música que descuidó los estudios. Entonces sus padres se oponían a que siguiera cantando, pues temían que agarrara el vicio del alcohol.

Un día, angustiado por sentirse en medio de una encrucijada y pensar si realmente la música valía la pena, el joven se dirigió a la iglesia y le pidió a Dios que le diera una señal. “Iba a participar en un festival y le dije que si no quedaba entre los tres primeros puestos esa era la señal de que la música solo debía ser un pasatiempo para mí”.

Se preparó para el concurso y obtuvo el segundo lugar. “Entonces me alegré porque yo quería seguir cantando”. Pero la suerte estaba de su lado. Como una de las bases para participar en ese concurso era que los aspirantes no tuvieran un disco producido, el jurado se enteró que el ganador ya lo tenía. Entonces, automáticamente, Vargas se hizo acreedor del primer lugar.

Sus anécdotas y alegrías se resumen en que era considerado un talento vicentino y conocido por toda la comunidad del colegio. No había acto en donde Fernando Vargas no cantara.

No formó parte de los alumnos que aparecían por sus méritos en los cuadros de oro, plata o bronce, pero sí recibió menciones por sus logros artísticos.

En gratitud a lo que el colegio había hecho por él le compuso una marcha que se llama: “Viva el Vicente” y que, según él, en la actualidad se ha convertido en el himno de ese establecimiento.

Su amigo Carlos Rubira Infante

Fernando Vargas empezó a cantar profesionalmente a los 15 años y confiesa que le fue muy difícil incursionar en el mercado, pues no había mucho apoyo por parte de los medios de comunicación hacia los cantantes de música nacional.

Pero destaca que en el último concurso que ganó conoció a quien llama su mentor, quien guió sus pasos musicales y aportó para que él se desarrollara como artista: el fallecido compositor Carlos Aurelio Rubira Infante. “Le guardo especial afecto; tuve una buena amistad con él y su familia. Para mí fue un honor haberlo conocido porque en el colegio lo había estudiado en los libros y fue un impacto para mí verlo en persona en ese entonces”.

El maestro Rubira Infante trabajó en su lado profesional. Su gratitud hizo que el joven cantante le compusiera el pasacalle al cual tituló: “Al maestro Rubira”. En el año 2007 hizo el lanzamiento de este tema en el Colegio de Periodistas del Guayas. “En todo acto a él le gustaba que yo cantara esa canción”, resalta Vargas, quien conoció a Rubira en 2005.

Recuerda que el año pasado (2018), meses antes de que falleciera el compositor de “Playita mía”, “Esposa” y otros temas, el Municipio le hizo un homenaje cuando ingresó al Salón de la Fama de Compositores Latinos. “Esa noche le canté el pasacalle”.

Su cercanía y admiración por el maestro Rubira Infante influyó para que fuera parte de ese grupo de jóvenes intérpretes de música nacional. Con él cantaba a dúo cuando lo invitaba.

En 2008 se le abrió un abanico de oportunidades. En ese año se inauguró la Escuela del Pasillo Nicasio Safadi, mentalizada por la historiadora Jenny Estrada, y en donde Rubira Infante era profesor.

Vargas acudió a la audición para ser preseleccionado y fue aceptado. “Yo soy uno de los alumnos pioneros, de la primera promoción de ahí”.

“Cuando se abre la Escuela del Pasillo y empezamos a tener esa proyección y el apoyo del Municipio, instituciones afines y medios de comunicación, cambia mi historia y me doy a conocer”.

Esto definitivamente fue ese empujón que necesitaba para ser un artista público. “Desde ahí me abrí camino solo. Luego egresé de la Escuela del Pasillo... seguí luchando”.

Las invitaciones y contrataciones eran frecuentes; formó parte de diferentes proyectos municipales. “Ya van a ser 14 años de todo este camino que he recorrido”.

Cuenta que en 2012 participó en el casting que se hizo para escoger al protagonista de la producción de César Carmigniani, titulada “Mr. Juramento”, pero quien lo interpretó a JJ fue su hijo, Julio Jaramillo Arroyo. “Me tuve que conformar con ser Rosalino Quintero”.

En 2016 tuvo la oportunidad de hacer un casting en el Teatro Sánchez Aguilar, donde estaban buscando una persona que hiciera el papel de Julio Jaramillo, “y yo siempre quise ser JJ”.

Señala que habían como 30 aspirantes y fue seleccionado como el protagonista de la obra teatral, del autor Christian Valencia. “Lloré de emoción, para mí fue otra página exitosa”.

Subió un escalón más, uno “súper grande, ingresé en otra rama del arte que es la actuación. Las presentaciones superaron todas las expectativas; era teatro lleno todas las semanas. El musical dura dos horas, que no bastan por el amplio repertorio de JJ. La gente pedía discos del que cantaba”.

El Sánchez Aguilar le propuso hacer un concierto solo de Fernando Vargas evocando a Julio Jaramillo, un tributo, con banda en vivo. “Era mi primer concierto pagado, siempre lo había hecho gratuitamente y con auspicio. Lloré nuevamente por la emoción de cumplir mis sueños. Todos los años me llaman del teatro”.

Destaca que el concierto más emotivo fue el del año pasado (2018), pues tuvo como invitado de honor a Carlos Rubira, dos meses antes de que falleciera. “Terminamos cantando a dúo ‘Guayaquileño madera de guerrero’; es un recuerdo imborrable...”.

Pero su trayectoria artística no solo se enmarca en las canciones de JJ. “Tengo temas propios, pues llegó un momento en que dije: ya es hora de cambiar el formato porque a donde iba la gente me veía como Julio Jaramillo”.

Vargas ofrece a su público una propuesta con variedad. En su show hay piano e instrumentos modernos, coros, “es una adaptación diferente”.

Con su concierto “JJ y algo más” ha recorrido el país, pero también ha viajado a Chile, Colombia y Perú. “Me he comido las verdes y las maduras persiguiendo mis sueños. Soy actor, cantante, compositor, requintista, sonidista y hasta taxista (se ríe)”. (I)

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