Fernanda Murray, una estética de lo absurdo

- 28 de septiembre de 2018 - 00:00
La artista visual estudió en The School of The Art Institute of Chicago con un enfoque en escultura, cerámica y administración de arte.
Foto: Marco Salgado / El Telégrafo

La artista presenta Existencias Relativas, primera muestra individual en No Lugar. Pintura, escultura e instalación componen su propuesta.

El entorno que la abraza y la somete; los comentarios sutilmente violentos que afloran a su alrededor; el desasosiego que le produce el transcurrir de los días; la íntima soledad; o lo siniestro y risible de la realidad son aspectos que permean la obra de la artista Fernanda Murray.

Existencias Relativas es la primera muestra individual de esta artista quiteña graduada en el Instituto de Artes de Chicago y se presenta en el espacio expositivo No Lugar, en La Tola. Piezas en pintura, escultura, cerámica e instalación dialogan entre lo mundano y el subconsciente de Murray, uno que se revela absurdo, irónico y cuestionador.

Todas las piezas expuestas se generan a partir de la cotidianidad de la artista, de preguntarse lo que implica ser una persona en este mundo. En esta indagación, su memoria, su imaginación y sus experiencias diarias construyen un trabajo abstracto que dialoga con la estética de lo absurdo, sin perder el humor ni su capacidad crítica.  

Durante una visita guiada por su exposición, Fernanda dice que le interesan temas “como lo doméstico, lo que implica ser una mujer latina, alguien que recién está empezando en el arte. De ahí salen estas formas (indefinidas, orgánicas); mi trabajo es intuitivo. No es que comienzo con una idea y luego la plasmo. Es al contrario, el proceso dicta lo que sale, esos juegos, esos chistes internos”.

Una de las primeras obras que abre la muestra es una escultura de un rosado intenso y otro pálido que recrea una aspiradora. Este trabajo surgió luego de que alguien le dijera a Fernanda que las mujeres son como aspiradoras, pues absorben todo lo que les dicen los hombres, como si fueran una funda de basura.

Piezas en pintura, escultura, cerámica e instalación dialogan entre lo mundano y un subconsciente que se revela absurdo, irónico y, a ratos, crítico. Foto: Marco Salgado / El Telégrafo

En esa misma estética, de formas voluptuosas pero sin ninguna definición, aparece otra escultura –de tono oscuro con un mechón de pelo rubio colgando de un extremo– que nació luego de que un familiar suyo le comentara que debía andar erguida, con el cuello recto.

Las piezas de Fernanda, cargadas de una expresividad y espontaneidad únicas, como si se tratara de un juego lúdico hecho por niños, además de ser humorísticas, exponen un comentario crítico contra ese tipo de palabras “divertidas” contra las mujeres, pero que son grotescas, tétricas.

Fernanda llegó a inicios de este año desde Chicago y recuerda que en la universidad, al inicio, hacía “cosas más conceptuales, serias, nostálgicas. Usaba bastante tela, fieltro, madera. Aun cuando mis esculturas siguen siendo personales, ya no son tanto sobre el sentimiento, salen más intuitivamente, de lo que vivo a diario y, a veces, sin darme cuenta, eso lo plasmo en mis esculturas. Estoy en un momento más jovial, de solo ver lo que pasa. Antes era más pensativo”.

Existencias Relativas se complementa con una serie de cuadros que Murray (Quito, 1995) realizó el año pasado durante una residencia en España, en la que ella vivió rodeada de artistas que superaban los 50 años.

Hechos sobre un lienzo delgado en acrílico y pastel seco, los cuadros revelan estados anímicos de la artista que aluden a temas como el encierro, la soledad o lo doméstico. Este último tópico se refuerza a través de símbolos reiterados como una silla solitaria o una ventana.

Las pinturas más actuales están elaboradas sobre cerámica y en estas se avizoran paisajes –interiores o al aire libre– desoladores. Pero también hay cuadros de una gran ironía como el retrato casi caricaturesco de dos mujeres de espalda o su oda a la papa, un tubérculo con el que creó un vínculo emocional porque le recordaba a su país natal mientras vivía afuera.

Como si de una planta que crece desordenadamente, la obra de Murray ahora migra hacia la instalación, hacia la conjunción de elementos –como el video con la escultura–que crean realidades aun más ambiguas, pero no menos incómodas. (I)

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