A contrapelo- J.K Huysmans

- 18 de abril de 2014 - 00:00

Cada quien arma sus propios itinerarios literarios de manera azarosa: en la selva de libros nos mecemos de un autor a otro como Tarzán soltando y agarrando nuevas lianas. La genealogía que más guardo apegada a mi sensibilidad es una que llega a Houellebecq vía Bukowski vía Ginsberg vía Huysmans vía Wilde. Queda claro que lo mío es lo decadente, el abandono sensual, lo simbólico y las profundidades significantes que alcanza el sinsentido…el hombre entregado a descubrir los límites de experiencia que ofrece el mundo.

 

Pero lo interesante es dilucidar las enmarañadas formas como nos enrumbamos en determinado camino de letras, la manera en que vamos hurgando por las referencias que nos señala desde chicos una pintura, una canción, o una conversación con alguien que admiras. Para mí la semilla de este árbol se sembró en la vivencia más aterradora de mi infancia, consecuencia de un acto vandálico, fruto de la histeria colectiva cuando mis compañeros de escuela y yo teníamos alrededor de 10 años. (La decencia obliga a aclarar, eso sí, que todos –y espero incluirme- han llegado a ser gente noble y proba luego de aquel período de inconciencia pre-adolescente.)

 

Pues resulta que en alguna kermesse dominguera destruimos un automóvil, eviscerándolo por completo de la manera más barbárica, pensando que encontraríamos dentro el supuesto tesoro que se suponía estaba escondido en algún lugar de aquel club campestre. Como era de esperarse al lunes siguiente se conformó un tribunal impromptu en el colegio y uno a uno fueron cayendo los responsables. A más de la expulsión temporal el castigo incluyó la confrontación con el dueño del vehículo: yo me encontraba aterrado ante la idea de mirar a los ojos a esta persona, la nausea nerviosa no me abandonó ni un minuto en las horas de espera que condujeron al encuentro.

 

Contrario a lo que esperábamos, el señor aquel resultó ser un actor de teatro, de una emotividad extraordinaria, que en lugar de regañarnos decidió contarnos un cuento –“El gigante egoísta”- de Óscar Wilde. Sobra decir que cuando concluyó la narración la mayoría, como coro con tembleque espástico, chorreaba mocos y lágrimas. No sería hasta la época universitaria cuando Wilde asumió visos de héroe cultural para mí, y su “Dorian Gray” una referencia deleitante que me perseguía en canciones de Soda Stereo y cuadros de Solá Franco. De ahí brinqué hacia aquel libro que el protagonista, al igual que yo, reverenciaba: la delirante novela “A contrapelo” de J.K. Huysmans cuyo personaje central, el excéntrico esteta Jean des Esseintes, sigue siendo una influencia.

 

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