Ecuador, 26 de Mayo de 2022
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El Telégrafo
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Los trabajos se han presentado fuera de salas cerradas

Cuando la música clásica rompe todos sus formatos

Partieron de una pregunta: ¿Cuán importante es la música clásica para la sociedad? Para Simón Gangotena y Rodrigo Becerra, dos músicos que se conocen hace más de 10 años y que han tocado juntos en orquestas juveniles, la respuesta es inequívoca: vital. Pero saben que existe un divorcio, acaso natural, entre ambas y estereotipos que separan a la una de la otra.

Sucede, dice Simón en una cafetería de La Floresta, que la música clásica tiene un aura de formalidad que marca distancias entre los artistas y los espectadores. Se convierte en algo aparentemente inentendible y, sobre todo, inaccesible. Incluso los espacios donde típicamente se desarrolla este género acentúan los distanciamientos.

Un concierto de música clásica, en el imaginario de la gente, solo es posible en sitios como la Casa de la Música, la Casa de la Cultura Ecuatoriana o el Teatro Sucre. “Estos espacios tienen muchas reglas. Debes ir bien vestido. Tienes que comportarte adecuadamente, saber cuándo y no aplaudir, conocer la obra que vas a escuchar previamente, respetar y hasta venerar al músico. No hay espacios más íntimos para desarrollar esta música, como que más democráticos”, apunta Simón. Él, para saldar dicho vacío, creó junto a Rodrigo y otros 11 músicos, en 2012, la agrupación orquestal InConcerto.

Este proyecto busca romper ese elitismo de la música clásica y convertirse en una alternativa para acercar ese género a las audiencias, y llevarlo a lugares donde nunca un espectador esperaría escuchar a Ludwig van Beethoven, como un mercado o una galería de arte.

Así lo hicieron el anterior viernes, cuando presentaron en la galería Pentasiete Art Studio, en Cumbayá, el concierto ‘Nadie nos conoce’, con composiciones de J.S. Bach y W.A. Mozart. Esta presentación sucedió luego de que el grupo estuvo separado por dos años, desde 2014, cuando Simón partió a Australia para continuar con sus estudios.  

“Mucho se habla de la formación de alumnos, de crear escuelas infantiles, pero en realidad lo que más formación requiere, quizás, son las audiencias, pero unas audiencias que le exijan al músico que esté bien formado, ya sea que haga pop, rock o lo que fuera. La audiencia es lo que esta sociedad está borrando con las tecnologías, con los realities, con esta globalización que lo estandariza todo y va coartando las manifestaciones diversas culturales. Para mí es importante  crear ejemplo en el escenario, siempre”, señala Rodrigo, quien es de origen chileno, pero está radicado en Ecuador.

Tanto Simón como Rodrigo reconocen que la música clásica, originalmente, fue hecha para la aristocracia y, desde ahí, empiezan a desarrollarse ciertos códigos jerárquicos: se crean salas exclusivas, la música se encierra en sitios a donde acude un puñado de gente y la vestimenta se convierte en una condición para ir a un concierto. Además, consideran que han sido los mismos músicos quienes han reforzado esas apariencias porque quieren ser parte de la élite y necesitan que la gente los admire.

“Quien escucha música clásica, sobre todo en el primer mundo, es gente de 60 años para arriba. Se necesitan nuevas generaciones”, reflexiona Simón. Y Rodrigo añade, para sostener la idea de su amigo: “¿Quién va a defender una orquesta sinfónica que nunca se acerca a la gente? La música clásica y todas las manifestaciones culturales deben estar arraigadas en la sociedad, que el público las necesite”.

Intervenciones no convencionales

Sin que el personal encargado de La Fundación Filarmónica Casa de la Música -una institución que es fruto de la unión de dos entidades culturales de gran prestigio: la antigua Sociedad Filarmónica de Quito y la Fundación Casa de la Música Hans y Gi Neustaetter (como dice en su página web)- supiera las intenciones de InConcerto, los miembros de la agrupación decidieron alterar los rígidos formatos con los que los músicos se suelen presentar.

En un concierto que presentaron allí los integrantes empezaron, poco a poco, a aflojarse la corbata, a recogerse las mangas, a retirarse las chaquetas y hasta quitarse los zapatos. Esa comodidad se trasladó al público, que se sintió menos solemne y estático, identificado con ese grupo de personas que lo que más les interesaba en el escenario era hacer buena música. Luego trasladaron a la audiencia hacia el hall de entrada a la Casa de la Música, pues, para ellos, todo espacio tiene el potencial para ser intervenido sonoramente.

“A los sitios convencionales los tratamos de manera no convencional. En la Casa de la Música nosotros mismos cargábamos nuestros atriles, no necesitábamos que alguien más lo haga, como usualmente pasa. Y a los espacios no convencionales les damos el ambiente necesario para llegar con nuestra música, que siempre es clásica, no importa el tipo de audiencia. Lo fundamental es cómo transmites lo que sientes”, dicen ambos, al unísono. (I)