Cien años de soledad (Por Abdón Ubidia, especial para El Telégrafo)

- 21 de abril de 2014 - 00:00
Portada de la edición conmemorativa por los 40 años de la primera publicación de Cien años de soledad, novela insigne de García Márquez.

Maravilla de lentitudes. Maravilla de lejanías. El tiempo y la distancia han retornado al mundo. En Macondo vuelve a resonar el tic tac de los relojes y todo queda lejos. Las cosas no necesitan ser representadas. Persisten en su ser. Son como son. Las piedras como huevos prehistóricos bañadas por un río inmemorial. Los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía, el hielo que conoció José Arcadio, el gran imán que trajo el gitano Melquíades, las casuchas de caña brava. Todo en su puesto. Todo en su lugar.

Y las cosas imaginarias, las imaginerías también. Tal y como ocurre en “la realidad real” y en las cabezas muy reales de las gentes: se cree en las creencias: las religiones, los misterios y los milagros. Y en las ideologías, por cierto.

Los mitos son reales y sagrados para la gente que cree en ellos. Son, simplemente, otras cosas del mundo, que guardan, entre sí, sus lugares y las distancias que los separan. Ursula sabe que tiene que ocuparse de la supervivencia de su familia, fabricando animalitos de caramelo y que tiene que salvar la vida de su compadre Gerineldo Márquez. Eso no le impide ver cómo el gitano Melquíades, desesperado de soledad, vuelve de la muerte o que el padre Nicanor levita cada vez que se toma una taza de chocolate.

Ella cree lo que ve y ve lo que cree. Como cualquiera en su pueblo y en cualquier pueblo de cualquier parte. Nosotros incluidos. El mundo –piensa– pudo ser mejor y completo si Dios no hubiese descansado el séptimo día.

Qué se le va a hacer. Las cosas son como son y no de otra manera. Hay que completar el mundo. El descanso de Dios es el trabajo de la gente. A lo dado hay que añadirle el resto. Esa es la diferencia entre el presente y el futuro.

Lo único que tienen las personas entre las manos es el futuro. Hay que hacerlo. Hay que fundar Macondo y construirlo. Aunque luego, al final, se lo lleve un viento bíblico. No tiene mucho sentido pero es así. Y hay que hacer la vida aunque la muerte exista. Solo la fe en la vida puede aplazar la muerte. Para eso sirve la sabiduría.

Ursula la tiene y también los desaforados varones de su familia la tienen. Uno busca inventos estrambóticos. Otro indaga en los viejos libros. Otro insiste en encontrar la piedra filosofal. Otro pierde todas sus batallas. Otro quiere ser papa. Todo en nombre de un futuro redentor. Solo que en Macondo el futuro llega demasiado tarde. Como en todas partes. La brújula ya ha sido inventada y la locomotora también. Son portentos que vienen de muy lejos. Como las alfombras voladoras y las  magias de los gitanos. Llegan nada más. Vienen de otros lugares. Del otro lado del mundo. Como el futuro. Que, en Macondo, siempre se demora.

Para Macondo el futuro es una promesa. Y no es solo porque vive en el pasado. En el retraso dirían los más: en el subdesarrollo, sentenciarían los tecnócratas.

Porque en nuestras pobres patrias el futuro que debemos cumplir también nos viene de lejos y ya está hecho: como los satélites y las computadoras. Y esa puede ser una interpretación válida.

Pero no. No solo es eso. Es porque en Macondo el tiempo existe. El tiempo humano, se entiende. El que discurre, gota a gota, o mejor, cae grano a grano, como en los relojes de arena. El tiempo que, con pasos de hormiga, o mejor, de polilla, va carcomiendo todo lo humano. El tiempo lineal de lo que transcurre. El que nos ha sido dado. El tiempo sucesivo que marchita todo lo que florece. Y que florece todo lo sembrado. No el abstracto, cósmico, relativo, de las teorías científicas.

Nada que ver con Einstein. No: el que podemos comprobar. El de la duración. El tiempo que nos devasta. Que nos lleva hasta el fin. Que transforma al niño en adulto y al adulto en viejo. El tiempo humano decimos. El único tiempo que podemos sentir y palpar en la escala humana. El que se repite en cada vida al punto de que Ursula cree que da vueltas. Nada que ver, por cierto, con el eterno retorno de Nietzsche. Macondo está hecho a esa medida.

Porque Macondo rige el tiempo y ese es su referente principal.

Y si ese tiempo existe es porque las distancias existen. Entonces se explican las largas esperas, las largas ausencias. Y, desde luego, las largas soledades. Los cien años de soledad. Porque Macondo queda lejos. Sí. Desde luego.

Pero también porque los macondianos –es decir, todos nosotros– estamos lejos: separados, unos de otros, por la distancia, como las cosas. Cada quien en su vida. Con su vida. Sumido en su ser. Persistiendo en él. Con una distancia precisa con respecto al otro. Separado de él por el tiempo justo que necesita para vencer esa distancia, que casi nunca se puede vencer.

Es decir, cada quien hecho de su propia soledad. Eso es la soledad: la distancia que no se puede vencer. Porque en Macondo, el otro referente es el espacio. La distancia. Como en todas partes.

O sea que en Macondo el tiempo y el espacio son reales. O sea que son humanos. Ciertos y comprobables. Con los sentidos que tenemos. En la vida concreta que nos ha sido dada. Es importante insistir en ello por lo que diremos luego.

Porque al tiempo y el espacio, hay que añadirles otras dimensiones, propias, consustanciales a la materia humana. Dimensiones no mensurables, frágiles como la niebla o el viento. Una de ellas, la principal: el amor humano. Solo el amor humano logra vencer la distancia. Vencer la soledad. Vencer el tiempo. Y si algo cubre a Macondo como un manto, es el amor.

Suena cursi. Pero no.

Porque el amor, es una de las otras, de las tantas dimensiones del mundo que las llamadas ciencias exactas no pueden comprender. El amor como una dimensión del avatar humano que los físicos no pueden asumir. Y los químicos tampoco. Más allá de que logren medir sus efectos inmediatos: el alboroto hormonal de feromonas, endorfinas, oxitoxinas y demás. Ellas son apenas síntomas. Como los rubores, las palpitaciones, las ansiedades. Nada más.

El amor que tiene Ursula por los suyos, el de José Arcadio que la añora cuando, al comienzo, ella se va en busca del hijo pródigo que huyó del hogar, enamorado de una gitana. El amor de Pietro Crespi, el ligero, linfático, romántico músico italiano que se suicida por el desdén de Amaranta; el amor del caballero sin nombre que muere   de amor bajo la ventana de Remedios, la bella.

El amor, sí, y sus variantes, incluso las negativas, cuando él falta, como la amargura o el remordimiento final de Rebeca, o el rencor de Amaranta, o el odio de liberales y conservadores que se matan sin misericordia.

Resulta, pues, que en Macondo la realidad es más real que la que nos cuentan los científicos y los filósofos. Porque es como la nuestra. Tal y como la sentimos, la percibimos, cualquiera de nosotros. Multitudinaria. Múltiple.    Incontenible.

Porque Macondo está hecho de literatura. Es decir, de vida estremecida. Elevada a la máxima potencia. Porque la literatura es vida. Es la ciencia de la vida como decían los rusos. Solo les faltó precisar que es vida emocionada.

La emoción. Ella explica las desmesuras de Cien años de soledad. Sus exageraciones. Sus hipérboles. Las 32 guerras del coronel Aureliano Buendía, la belleza imposible de Remedios, la naturaleza pantagruélica de Arcadio, incluso el tamaño colosal de sus partes viriles, o los 122 años que llega a vivir Ursula. O el diluvio que inundó a Macondo durante 4 años, 11 meses y 2 días. O los prodigios y milagros inacabables.

Quien quiere emocionar, exagera. García Márquez también. Exageró y emocionó. Tal y como lo hacen nuestras tradiciones orales. Tal y como lo contaba su abuela, según dijo. Pero más allá de su genio fabulador y de la herencia cultural de su tierra, nos dejó un Macondo universal en el que nos reconocemos todos. Porque trasciende, porque está hecho de sustancia humana. Como quería Chéjov: al describir bien su aldea nos describió el mundo.

En otra parte, analizamos largamente el realismo mágico*, su piso de verosimilitud, las tradiciones orales latinoamericanas que lo sustentan. No vale la pena repetir lo ya dicho. En esta vez hemos querido hablar, aunque de un modo, hasta aquí soterrado, de la vigencia de Macondo en el mundo actual. Del Macondo real y concreto, humano, hecho de tiempo y espacio, que persiste en una época de computadoras, satélites, celulares, correos electrónicos y i-Pods.

¿Por qué? Porque está de moda decir que ahora, gracias a la tecnología, hemos abolido el tiempo y la distancia. Que vivimos en el reino de lo simultáneo y lo conectado. Eso dicen los filósofos actuales. Tal y como nos lo proclama textualmente, Melquíades, el gran embaucador, en Cien años de soledad.

No nos convencerán tan fácilmente como lo hicieron con toda aquella retórica del antihumanismo teórico que tanto nos fascinó y distrajo, hace unos años, del in-humanismo práctico –con torturados y desaparecidos, atracos incluidos– que nos tomó por sorpresa a los latinoamericanos durante la noche neoliberal.

Quiero decir, que más allá de la magia, Cien años de soledad es universal por la tremenda carga humanista que contiene. Porque le habla a todos los hombres desde lo suyo, desde el único espacio en el cual todos podemos reconocernos: la escala humana, con sus grandezas y miserias, tristezas y alegrías, sueños y derrotas, audacias y límites. Soledades también. Pero, por sobre todo, con sus certezas concretas: el tiempo que podemos vivir; el espacio que ocupamos: sus distancias muy reales.

Dicen que la alta tecnología ha abolido la distancia: mentira.

La percepción del tiempo, la percepción de la distancia están en la base del fenómeno humano. El fenómeno humano: aquello que construye lenguajes, libertades, risas y llantos, amores, odios, la paz y la guerra, las tecnologías también, que nunca deben (ni pueden a la final) dominarlo, alienarlo, sino someterse a él.

Apenas contraje el compromiso de escribir estas líneas, pasé, en mi camino de todos los días, por un locutorio de Porta. En él, las cabinas se asoman a la calle y uno ve, de frente, a los compatriotas que hablan a sus lejanos familiares.

Un rostro me estremeció: era una mujer aferrada al auricular del teléfono que hablaba por detrás del vidrio con el rostro descompuesto por el dolor y el llanto: la tecnología para ella era solo un medio. En ese llanto estaba lo verdadero: la separación; estaba la distancia. Estaban los miles de kilómetros que la separaban de alguien querido que hablaba desde otro auricular, quién sabe dónde, en qué parte del mundo. Estaban, además, si no cien, muchos, muchos días o años de soledad.

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* Cinco tesis acerca del realismo Mágico.

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